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EL GOBERNADOR Y YO

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DON MANUEL, TERCERA PARTE.

Sin mayor experiencia política; sin medir totalmente la trascendencia de mis actos; en cumplimiento de la recomendación del Presidente Municipal (después Gobernador) de Durango, me entrevisté con Don Germán Corona del Rosal, en su casa de Avenida Revolución.

El hombre, elegantemente vestido, dentro de la informalidad del momento, me recibió junto a un reducido grupo de colaboradores; tomó la tarjeta, la leyó y me pidió hacer un pormenor del concurso y de la presencia de su amigo Maximiliano Silerio; lo cual realicé de manera sucinta, antes de escuchar su posición al respecto; así, me dijo: “Estamos en espera de que el Partido emita su decisión en relación con la gubernatura.

Sé que tengo muchas posibilidades. Lo felicito por su triunfo, le agradezco su visita y, si tiene oportunidad, le ruego platique de esto con mi amigo Max; yo haré lo propio; ya tengo sus datos, seguiremos en contacto”. Contento, abandoné el lugar y caminé rumbo a la Plaza Juárez.

No avancé más de una cuadra, antes de que mi amigo y compañero en la Escuela de Derecho, Tomás Moncada (entonces Director General de la Policía Judicial, eterno y cercanísimo colaborador de Don Manuel), me abordara y me dijera sin tapujos y sin la menor explicación: “Te habla el Gobernador…” En silencio, nos dirigimos al segundo piso del palacio de gobierno; sin antesala, me pusieron ante el imponente personaje quien amable, pero enérgico, me interpeló: -¿De dónde viene?

Con la consciencia más o menos limpia, le dije la verdad; entonces sobrevino la amistosa amonestación: -Mire Prisciliano: Usted es libre de hacer la visita a las siete casas y de entrevistarse con los aspirantes. De antemano le doy mi palabra: Usted va a andar cerca de El Candidato. Con los precandidatos: abracitos, besitos (hasta de lengüita) pero compromisos, sólo con El Gobernador ¿Está claro? -Perfectamente claro, Señor; no he hecho ninguno; contesté, sereno. En seguida me dio un abrazo y me despidió cordialmente.

Dedicado a mis labores como jefe del departamento de Relaciones Públicas del ITRP 20, por instrucciones de Rueda, estaría pendiente de cualquier llamado del Gobernador.

Un buen día, convocado al palacio de gobierno, sin explicación alguna, un grupo de personas (funcionarios, invitados y curiosos), salimos tras el Gobernador quien, en compañía del recién nombrado Delegado General del CEN del PRI, el joven Diputado Jesús Medellín Muñoz, político hidrocálido y del Profesor Onofre Hernández Rivera, Secretario de Conflictos del CEN del SNTE, se dirigió caminando con rumbo al gimnasio “Presidente Alemán”; el objetivo oficial, era la consolidación de un engendro político que la creatividad de Don Manuel ideó para fortalecer una decisión que muy pocos conocían: la bautizó con el rimbombante nombre de “Alianza Maestro-Campesino”.

Para esto, el graderío en la cancha de basquetbol estaba repleto de contingentes que, para el efecto, convocaran las organizaciones campesinas y populares. Hubo dos o tres discursos, los cuales, sin mayor trascendencia, cumplían con las formalidades de la naciente alianza.

En compañía de mi amigo y compañero de escuela, Francisco Díaz Arriaga, me quedé atónito cuando apareció un orador “espontáneo” quien, resueltamente, tomó el micrófono para decir con estentórea voz: “Señor Gobernador, Señor Delegado General del CEN del PRI, Señor representante del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, compañeros todos. Somos estudiantes, hijos de campesinos; de maestros hidalguenses; por ello, en pleno uso de nuestros derechos políticos, proponemos ante esta representativa reunión, como candidato al Gobierno del Estado, al ciudadano Doctor ¡Otoniel Miranda Andrade!… Al conjuro de esa voz juvenil (no era otra que la del pasante de Derecho, Miguel Abel Venero “El Coco”, Presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios de Hidalgo), juro que no sé de dónde salieron cientos de pancartas, globos, matracas, porras, confeti, serpentinas… para apoyar la propuesta.

Obviamente no era el foro institucional idóneo, pero sí, una expresión “auténtica”. Por primera vez viví de cerca la magia de El Partido, la cual me aprisionó por muchos años. Como pudieron, Medellín y Onofre sortearon la situación; no dieron el apoyo oficial de sus respectivas representaciones, pero tampoco recurrieron a la posibilidad de una negativa, dada la euforia que “el destape” provocaba en las huestes matraqueras.

Ignoro las entretelas que en el seno de El Partido tuvieron que darse para cumplir las formalidades que exigía la candidatura del destacado ginecólogo, oriundo de San Andrés Miraflores, municipio de Tlahuiltepa. Recuerdo que el Profesor Onofre y otros distinguidos dirigentes del CEN del SNTE, se quejaron de violentas agresiones verbales y físicas, por parte de presuntos elementos del gobierno. Finalmente, el Profesor Carlos Jonguitud Barrios, dio su visto bueno y las cosas no pasaron a mayores. Las convenciones de los sectores y organizaciones se verificaron sin incidentes y, aparentemente, se había roto el dogma vigente en el Instituto Político dominante: “Gobernador no pone Gobernador”.

Don Manuel había ganado esta batalla, pero la guerra continuaba. Los triunfadores escribían la historia, pero faltaba considerar la visión de los vencidos. Poderosos personajes cercanos al “Echeverriato” y al Secretario de Gobernación, formalmente se disciplinaron, pero en el fondo, la esperanza seguía viva, alentada por la declaración que hiciera el Senado de la República en el Estado de Guerrero, donde desaparecieron los poderes cuando encabezaba el Ejecutivo, Israel Nogueda Otero. 

Considero necesario mencionar que el nombre del Doctor Miranda sonaba como sucesor, pero daba la impresión de cumplir el papel de “relleno”. Si bien como médico gozaba de gran prestigio, inclusive fuera de Hidalgo, como político su dimensión era local: Secretario General de la Federación de Organizaciones Populares (CNOP). Así, cuando los analistas medían las posibilidades de cada aspirante por la naturaleza, fuerza y tamaño de sus apoyos, la aplastante mayoría se inclinaba hacia figuras con presencia en el ámbito nacional; en el universo estatal se manejaba el Profesor y Licenciado Abel Ramírez Acosta, Secretario General de Gobierno, amigo cercanísimo de Don Luis Echeverría Álvarez, con quien habría compartido múltiples peripecias políticas y personales; su amistad, repito, era del dominio público.

Mucho tiempo después, cuando sólo quedaba el recuerdo de lo que aquí relato, Don Manuel me dijo: “Yo estaba seguro de que el Presidente se inclinaría por su amigo Abel, al llegar la definición de la candidatura”. Cuando le hice el planteamiento directo, me contestó: “Ramírez Acosta no, tengo para él otros planes; mejor que sea su médico, el líder de la CNOP”. Entonces pensé: “Ya me chingó Echeverría”. 

La desaparición de poderes estaba anunciada.