El Faro

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Las venas abiertas mexicanas

En 1971, el autor uruguayo Eduardo Galeano, publicó su famosísima obra Las venas abiertas de América Latina. Con unas bases analíticas muy propias de esa época, descubre con datos y reflexiones muy propias, cómo América Latina ha sido esquilmada durante siglos por diferentes fuerzas políticas, militares, económicas de países coloniales. Desde España a los Estados Unidos pasando por el Reino Unido y Canadá, han dejado sus huellas de dolor y pobreza en todo el continente. Sus políticas extractoras que conllevaban el empobrecimiento de las tierras y la esclavitud práctica de la población a través del mercado capitalista han sido las herramientas históricas más utilizadas por estas fuerzas extrañas.

En la actualidad el gran fetiche, el poderoso señor don dinero, sigue siendo el centro de nuestras sociedades latinoamericanas. Nos valoramos por lo que tenemos, despreciamos a quien creemos que no tiene, medimos nuestra felicidad por cuanto podemos comprar, el símbolo del bienestar se replica en las zonas residenciales con grandes mansiones y, por último, borramos de la escena real a los indígenas que se mantienen fuera de la dinámica económica.

Desde mi punto de vista, aunque el dinero se mantiene como referencia fundamental para explicarnos, ni las venas ni lo que fluye por ellas hacen ya referencia a países extranjeros que vienen a dominarnos. La historia, en este aspecto, ya caducó. Nosotros mismos somos suficientes para explicar las causas de nuestro propio dolor y explotación.

Nuestro territorio mexicano está surcado por numerosos oleoductos y gaseoductos. En cualquier parte de nuestra tierra se pueden ver los señalamientos que avisan de estos ductos. Son como si viviéramos metafóricamente por los líquidos que por ellos fluyen. Pero no todos ellos son de gas o de gasolina. De manera simbólica, por esas venas metálicas, corre el huachicol, la trata de personas, el crimen organizado, la violencia contra las mujeres, los desaparecidos, los muertos en fosas comunes, los pobres históricos que no tienen para comer, los asesinados en cualquier calle de cualquier ciudad, los cuerpos sin identificar en varios estados, las muertas de Juárez, los tiroteados ocultos de Allende, los estudiantes sin locación de Ayotzinapan, los caídos anónimos del 68, los yaquis esclavizados ya desde hace un siglo, las acciones mañosas de los corruptos, el cinismo de los impunes, los periodistas caídos, los luchadores sociales cuyos restos aparecen en los verdes bosques, los migrantes casi olvidados de San Fernando, los niños prostituidos, los órganos biológicos malvendidos, las niñas comprometidas con sus esposos oaxaqueños…

De todo esto y muchas otras situaciones más, nosotros somos los únicos responsables. No encuentro a otros a quienes echarles la culpa. ¿En qué momento perdimos tanta dignidad para vivir en silencio estas realidades? ¿Cuándo fuimos tan capaces de generar tanto miedo y dolor a los más cercanos? ¿Hasta dónde llegó el sufrimiento que mejor nos acostumbrarnos a él para poder sobrevivir?

Nuestras venas mexicanas están abiertas, surcan nuestro país en todos los sentidos de la rosa de los vientos y solamente en nuestras manos, está la posibilidad de hacer algo para ya no sufrir tanto.