Cuando Sebastián Piñera Echenique encuentra en el comercio alguna camisa que le gusta, aunque sea de una sencilla marca nacional, no se compra una, sino una docena del mismo diseño. Las corbatas generalmente se las regalan. Hasta antes de llegar a La Moneda en 2010, los trajes no los confeccionaba a medida, por lo que casi siempre le quedaban anchos y largos.
Su peculiar estilo —informal, descuidado, avaro o austero, como quiera verse— da cuenta de un personaje que tiene su cabeza mucho menos enfocada en las cotidianidades diarias -como el vestuario- que en sus dos grandes pasiones: la política y los negocios.
De 68 años recién cumplidos y casado desde 1973 con Cecilia Morel —con quien tiene cuatro hijos—, Piñera combinó durante muchos años la cuestión pública con sus empresas. A fines de los años 70 obtuvo la representación para Chile de las tarjetas de crédito y, desde entonces, sus consecutivos emprendimientos fueron creciendo en ambición y éxito.
Fue el principal accionista de la aerolínea Lan Chile (actual Latam), el canal de televisión Chilevisión y de Blanco y Negro, la sociedad que maneja uno de los clubes de fútbol más populares del país, Colo-Colo. Pero ese cruce entre dinero y política no fue gratuito para Piñera: tanto su habilidad para ganar dinero como para usar los vacíos a su favor han sido su principal talón de Aquiles en su vida política.
Piñera es un hombre rico: tiene una fortuna estimada por Forbes en unos 2.700 millones de dólares, la séptima más grande del país. Pero es un millonario de primera generación.
Es impulsivo, incontrolable —incluso para sus asesores y su gente de confianza—, pero preparado y con experiencia, como le reconocen sus adversarios. Con el 36,6% en la primera vuelta de noviembre pasado, este domingo intentará que los chilenos apuesten por sus promesas de estabilidad y crecimiento.