Niños de trece y catorce años, en uniforme de combate, lloran de impotencia sentados sobre un montón de escombros, rodeados de cadáveres y miembros amputados de sus compañeros. Minutos antes, en su primera, última y ridícula acción de guerra defensiva cuando no hay ya nada que defender, han matado a un soldado ruso en un barrio de Berlín, a uno americano en un pueblito de Baviera, a otro canadiense o británico junto al Rin o en un bosque sajón. Las muertes más ridículas de una inconcebible tragedia que comenzó con flamantes desfiles en 1933.
La escena se repite en estos primeros días de mayo de 1945, hace setenta años, por toda la geografía de las regiones occidentales de lo que había sido el imperio alemán. Los enemigos han capturado a estos cachorros nacionalsocialistas que nunca han recibido otra formación, información y educación, otro mensaje y otra orden que la entrega incondicional al Führer, Adolfo Hitler, y el odio mortal e incondicional a todo lo que entorpeciera la gloria imperial de la Alemania eterna. Son «la juventud sin Dios» que auguró años antes Ödön von Horvath. El nacionalismo elevado a religión delirante.
Desde su primera niñez han sido educados para dar la vida por el caudillo de la nación, el Führer. Lo han jurado. Y muchos de ellos no han dudado en matar en estas semanas, al grito de «traidores» y «cobardes», a compañeros de armas adultos que habían decidido rendirse para salvar la vida y acabar aquel absurdo derramamiento de sangre. Muertes aun más terribles y absurdas si cabe que las que las precedieron. Niños alemanes, jóvenes rusos o americanos, muertos en una guerra que ya no es. Bombardeos masivos sobre ciudades ya inermes para forzar la claudicación de un loco en un búnker que ya está muerto desde el 30 de abril. Presos políticos como el pastor Bonhoeffer o el almirante Canaris o Von Moltke, ejecutados semanas, días u horas antes de huir los guardianes de los campos y cárceles.
Días de colapso
El 30 de abril se encontraron en Torgau en el Elba las fuerzas soviéticas y las norteamericanas. Alemania estaba tomada. Desde hacía dos años, el célebre frente oriental, «die Ostfront», objeto de tanta literatura épica en aquellos años, se había ido acercando a los alemanes. Si en 1941 estaba en los suburbios de Leningrado y junto a Moscú, ahora estaba en los barrios obreros de Berlín. Ya solo combatían desperdigadas unidades muy ideologizadas de las SS y esos niños de las juventudes hitlerianas (HJ). Además de los restos del 9º Ejército al sur de Berlín, cercados en Halbe, que luchaban por algo que aún valía la pena: romper el cerco, cruzar el Elba y entregarse a los americanos para escapar al cautiverio soviético. Del que no solo la propaganda decía que apenas salía alguien vivo. Murieron en Halbe 60.000 en apenas cinco días.
En aquellas jornadas de colapso vagaban por Alemania millones de seres humanos sin destino. Muchos apenas se sabían vivos, recién liberados de los campos de concentración y de exterminio en el este, llevados hacia el corazón de Alemania en marchas forzosas en las que moría todo el que flaqueaba, la mayoría. Otros intentaban esconderse, mezclarse entre los soldados que volvían derrotados del frente, para ocultar sus cargos y sus culpas en el mayor aparato criminal, la más compleja industria del asesinato en masa jamás construida por el hombre. Las mujeres aterradas rezaban por ver entrar a los ingleses o americanos y no a los rusos en su casa. Aunque violaciones masivas se producían en todos los frentes y por todas las nuevas fuerzas ocupantes, las experiencias en el colapso de las provincias orientales prusianas habían llevado a la convicción de que con el Ejército Rojo era la norma. Hacía tiempo que ancianos, mujeres y niños se robaban los unos a los otros para alimentarse ellos y a los suyos. Que casi todos eran capaces de casi todo por sobrevivir en el infierno en el que ardía toda Alemania en el pago implacable por sus entusiasmos pasados, su soberbia y la ideología del desprecio al sufrimiento ajeno.
Millones de soldados y un pueblo enfervorizado por sus líderes en la guerra total habían logrado en doce años la más absoluta y radical destrucción que un país, el propio, que jamás se ha visto. La raza superior que asaltaba el cielo para imponer la perfección a la humanidad había quedado convertida en una inmensa tribu derrotada, hundida y confundida, hambrienta y culpable. (Agencias)