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El Ágora: Muerte y patriarcado

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No acabábamos de sorprendernos por el feminicidio de Ingrid Escamilla, cuando ahora nos enteramos de Fátima, una pequeñita de 7 años de edad, también asesinada. El país amaneció, nuevamente, con un entumecimiento generalizado, como cuando un dolor de cabeza que ha durado horas se rehúsa a marcharse, penetrado desde la frente hasta el cuello. Francamente, cada vez es más difícil hablar de estos casos.

El nivel de violencia contra la mujer en México se acelera sin medida, hemos llegado a cifras indecibles, que revuelven el estómago y generan un sentimiento de entre rabia y tristeza. Y ante esto, hay todavía muchos que no se atreven a salir de su sesgo patriarcal, incapaces de reconocer la gravedad del problema. Dice mi madre, en su infinito sentido común, “están viendo el terremoto y no se hincan”.
Y es que a las niñas y mujeres les llueve por todos lados. Con el caso de Ingrid, por ejemplo, estuvo todo mal. No sólo fue brutalmente privada de la vida por su pareja, sino que además hubo quién filtró, y también quienes difundieron, las fotografías de su cuerpo terriblemente violentado. En redes sociales, desde luego, no faltaron los comentarios, de hombres principalmente, atacando a Ingrid sin siquiera conocerla, cuestionando si habría “hecho algo” para que su feminicida se “enojara”.
Es el típico macho de internet, cobarde, virulento, envalentonado por lo impersonal que resulta discutir detrás de un monitor, siempre señalando, siempre minimizando, siempre buscando cómo disculpar al agresor y culpar a la víctima; es el mismo que se indigna por la quema o pinta de monumentos y fachadas de edificios, pero calla frente a los feminicidios. La revictimización es una constante, solapada por la displicencia, el morbo y la normalización de la violencia.  ¡Qué audaces pueden llegar a ser la ignorancia y el odio cuando se escupen en forma de “opinión”!
Lo he dicho antes y lo repito ahora, el feminismo es necesario, porque es una cuestión de derechos humanos. La realidad nos abofetea y seguimos sin abrir los ojos. El patriarcado existe, la violencia de género existe. Esto que se está viviendo implica condiciones estructurales de violencia contra la mujer, lo cual no implica negar la existencia de diversas formas de violencia o de conflicto social. Y además, entendámoslo, feminismo y machismo no son antónimos. Dejémos de jugarle, convenientemente, a los “igualitarios”; nada, absolutamente nada se gana con discursos tibios, vacíos y falazmente neutrales.
Por ello nosotros, hombres, no tenemos pretexto que valga. Toca educarse, toca concientizarse, toca desarrollar empatía y solidaridad. No para constituirnos en “aliados”, mote que honestamente a mí, al menos, me causa ya mucho ruido por lo desgastado que está, sino para reconstituir nuestra forma de pensar y actuar, en el trabajo, en la escuela, en la calle y en la casa.
Diez mujeres, ¡diez!, son asesinadas cada día en este país, la mitad menores de edad. Sí, urgen leyes, políticas públicas, investigaciones ministeriales y sentencias con perspectiva de género, pero urge también que nos pongamos frente al espejo y que advirtamos en nosotros mismos el inevitablemente presente rostro del patriarcado, para entonces comenzar a erradicarlo.
Lo de fátima es también desgarrador. No puedo imaginar el dolor de sus padres, de sus familiares y vecinos. ¿Hasta cuándo operarán impunemente las redes de tráfico de órganos? No bastan ya las soluciones panfletarias, son éstas una omisión perpetua. Lo que hace falta es acción material y concreta, sólo así hablaremos de justicia.