La leyenda del tigre mulato
Nació en el barrio Da luz de la vieja ciudad de Sao Paolo, Brasil, el 18 de Julio de 1892. Su origen mestizo fue premonición de la ardua existencia que habría de afrontar y sus goles, el motivo olvidado de la grandeza que alcanzó.
Era casi imposible que los jugadores mulatos o de raza negra pisaran las canchas a principios del siglo XX. Por eso es que para Arthur Friedenreich fue tan duro el comienzo.
Explotar su gambeta, burlar las patadas y confiar en su habilidad para resquebrajar a los defensores, rompiéndoles la cintura de cara a la portería, fue su carta de presentación ante el deporte más hermoso de todos. Aprendió a jugar en la calle, en medio de una vida complicada, defendiendo su honor en el barrio, con la pelota como su íntima aliada.
Dicen los registros de quienes lo alcanzaron a ver que jugaba como los dioses, que poseía un excelso dominio del balón con ambas piernas, una depuradísima técnica y la cadencia artística de una habilidad sublime.
Cuentan también que en alguna ocasión, directivos del organismo rector del fútbol en Brasil le pidieron que blanqueara su rostro con polvo de arroz y dominara su cabello con gomina, para poder vestir la canarinha, a la que después conduciría a los triunfos continentales de la Copa América en 1919 y 1922.
Fuera de la cancha fue un trotamundos, un romántico que disfrutaba de los placeres efímeros que le ofrecían la bohemia, el tabaco y el alcohol. Un dandy, un casanova, que sabía perfectamente la clase de magia que llevaba en los botines. Maestro del dribling, descarado y grosero a la hora de atacar, uno de esos monstruos deportivos que aparecen, como los cometas, en ciertas generaciones.
Ahora, desde luego, la gente conserva la memoria de distintos grandes. El talento de Pelé, la genialidad de Johan Cruyff, el carisma de Diego Maradona, incluso la velocidad y el desborde de Garrincha. Sin embargo, la historia del fútbol no puede contarse sin el “Tigre” Friedenreich.
Las bases que sentó aquel mulato de los ojos verdes, apoyado en sus más de mil trescientos goles, son esenciales para comprender los orígenes del fútbol. No sólo por haber sido el tremendo goleador que fue, sino porque su presencia abrió las puertas a otros jugadores que, como él, habían sido despreciados por su color de piel o su clase social. Y es que cuando el balompié estaba reservado para una élite de aristócratas y burgueses blancos, llegó “Freid” para transformarlo todo.
Por ello, en un deporte como este, donde los aficionados estamos ávidos de héroes y de leyendas, deberíamos dar su justo lugar a Friedenreich, quien es quizás el menos recordado de los titanes del esférico.
Murió en 1969 y varios son los debates que persisten sobre su trayectoria. No obstante, más allá de si es correcto o no reivindicarle como el máximo artillero de todos los tiempos, de lo que estoy seguro es que hoy, frente a un juego que se encuentra capturado por intereses económicos y comerciales, recordar las hazañas del “Tigre” es un verdadero acto de rebeldía, respeto y justicia.
Abogado y profesor del Tecnológico de Monterrey
Twitter: @GerardoVela