
Miriam Trejo supo desde pequeña que quería ser madre, cuando jugaba a que sus muñecas eran sus hijas y las tenía que cuidar. Sus muñecas tenían nombre, pero ahora; a sus 52 años; ya no se acuerda cuáles les había asignado. Aprendió a cuidarlas a través de sus tías y su hermana mayor y fue desde ahí que creció con esa “ilusión de ser mamá”
Aunque añoraba la maternidad, también le daba miedo: “miedo al dolor del parto, miedo a ser mamá”, pues había visto como sus amigas sufrían al pasar por ello. A los 19 años se casó y ocho meses después descubrió que estaba embarazada. El doctor del Seguro, con quien acudía a consulta, le dijo que “todo estaba normal”, pero algo no iba bien, su vientre no se movía ni tampoco crecía.
La placenta se había hecho vieja, ese fue el veredicto que le dio la Doctora Victoria Arreola, del Sanatorio Santa María, luego de mandar a hacerle un ultrasonido, en una época donde apenas iniciaban estos. La ginecóloga la envió a Perinatología, una clínica en la ciudad de México que atendía embarazos de alto riesgo y donde se tenía la esperanza de alimentar al bebé a través de un aparato.
En el lugar le inyectaron suero, porque carecía de líquido: “has de cuenta que trae su bolsa de agua y el mío ya no tenía agua, estaba seca, por eso nunca sentí un movimiento del bebé. Me inyectaron suero para que tuviera líquido, pero ya no le hizo nada, ya no.” El bebé estaba muerto y con ocho meses dentro de ella, la obligaron a parir de forma natural, en una labor que duró un día y medio, bajo la excusa de que: “para qué una cesárea si no iba a tener bebé”; de esta forma, aunado al dolor del parto, Miriam salió del hospital con el dolor de no llevar un bebé entre sus brazos.
La explicación que le dieron fue que tenía Toxoplasma gondii: “esa enfermedad es un parásito de gato y yo también lo tenía, no sé por qué” y que este le había robado los nutrientes a la placenta evitando el desarrollo del bebé. La esperanza de poder tener un hijo siguió y cuatro meses después volvió a embarazarse, pero le ocurrió lo mismo; a las pocas semanas se le vino un sangrado y tuvieron que hacerle un legrado. No dejaba de preguntarse “¿Por qué las demás sí y yo no?” Después de ello, inició un tratamiento.
Cuando finalizó este, el doctor le dijo que ya se podía embarazar sin ningún miedo, y que no le pasaría lo mismo, pero ella no podía evitar sentirse asustada, ya no quería pasar por la pérdida de nuevo. Consultó a más médicos para estar segura y todos le dijeron lo mismo, ya no habría ningún problema. Un día, mientras caminaba en la calle tuvo un mareo muy fuerte y algo se movió dentro de ella, ahí se dio cuenta de que estaba embarazada: “y ya, gracias a Dios está mi hijo que ahora ya tiene 28 años, va a cumplir 29” explica Miriam. Seis años después, tuvo una niña que ahora tiene 23 años.
Miriam, que actualmente es ama de casa y comerciante “por ratos”, cumplió su sueño de ser madre, ambos partos fueron por cesárea y en el segundo ya no tenía tanto miedo, no se arrepiente de nada, considera que la maternidad no es fácil y está orgullosa de sus hijos: “Me siento orgullosa de mis hijos, de los dos, para mi es el regalo más grande que Dios me dio junto con otros dos adoptivos que tengo por ahí”, dice refiriéndose a sus sobrinos.