Por no estar superada la gran crisis iniciada en 2008, las señales de desunión internacional siguen apareciendo, pues los gobiernos deben ocuparse más de sus propios países y menos de los efectos que sus acciones tengan en otras economías.
Así, los países de la Organización de Productores y Exportadores de Petróleo deciden mantener su producción para intentar mantener su porcentaje del mercado global de crudo, aunque con ello se desploma el precio.
Brasil intenta renegociar su acuerdo automotriz con México para poner un techo a nuestras exportaciones a ese país. Argentina redujo las importaciones de México de tajo.
El Banco Central Europeo lanza un masivo programa de compra de valores que de otra forma tendrían dudoso valor, con la desaprobación del miembro más poderoso del sistema euro; Alemania.
El gobierno australiano pone impuestos a las adquisiciones de bienes raíces en ese país por ciudadanos chinos.
Pero en donde mayormente se manifiesta la creciente desunión es en la región que llevó más lejos la integración de economías: la zona euro.
Solo un caso: Grecia no puede recuperarse si el gobierno genera un superávit presupuestal como se lo exige el sistema, para no tomar deuda nueva y, al contrario, comenzar a pagar la deuda existente. Su deuda pública es 172% del Producto Interno Bruto. Si la tasa de interés fuera la misma que la deuda estadunidense (hoy en 2.2% para bonos a 10 años), el gobierno griego necesitaría generar un exceso de ingresos contra gastos de 3.4% del PIB, tan solo para pagar el interés. Si además quisiera pagar deuda, el superávit tendría que ser mayor.
Para obtener ese superávit el gobierno debe cobrar más impuestos a la gente que lo que les regresa en servicios. Es, así, una extracción de recursos del circuito en el que se generan, para llevarlos a otro circuito que no alimenta a la economía griega. Como quitarle sangre a un anémico.
Para un país con 25% de desempleo y que ha ido desmantelando su sistema de protección social, esa política es inviable más allá de unos cuantos años, y, si lo lograra, sería a costa de descapitalizar a toda la economía.
Esto que es fácil de entender, no es aceptable para la zona euro. No porque los socios de Grecia en el euro no sepan, sino que sus líderes políticos no tienen el mandato de sus electores para dar más dinero o avales a otros países. Y la sociedad griega que ha visto su nivel de vida derrumbarse, no da el mandato a su gobierno para que se comprometa más con lo que le exigen sus socios del euro.
Ambas partes llevaron el proyecto más allá de lo que les permitían sus electores. Por eso el sistema está en un callejón sin salida. Hoy todos contra Grecia aparenta unión, instituciones y reglas, pero una contradicción así de profunda no permitirá superar el problema, ni el único ni el último que tiene el euro.
Esta situación es la que hace que lleguen partidos nuevos al poder. Aun si Syriza fracasa al tratar de renegociar mejores condiciones para su deuda con el sistema euro, entre otros, porque ya cometió demasiados errores, el problema seguirá sin resolverse. La presencia de Podemos en España o del Frente Nacional en Francia no va a menguar, y los podría hacer a ellos y a sus seguidores más radicales, aun o cuando menos, más calculadores. Pero el problema de España es el mismo.
Ahora, ver la manera ostensible como el sistema euro está apabullando al gobierno griego de Syriza, apenas electo, tendrá un costo de largo plazo en el resentimiento contra el sistema y contra Alemania, el miembro fuerte más protagónico.
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