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DESE POR ENTERADO

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LO ENCUENTRAN DECAPITADO

La policía investiga si se lo ejecutaron o se suicidó. Es uno más que se suma a la lista de crímenes sin resolver. Ahora fue en Tepeji del Río, Hidalgo. Todo comenzó el jueves por la noche, cuando encontraron un cadáver que ya se lo estaban acabando los animales del monte; le faltaba la cholla. Algunos se espantaron porque pensaron que era el Jinete sin cabeza. Ya se había echado a perder, y apestaba muy feo.

La noticia se corrió de boca en boca en la colonia Tlaxinacalpan, la noche del jueves pasado. Su chirimoya estaba a unos cuantos metros del cuerpo. Todo era un misterio. La gente pasaba caminando rápido, diciendo: “Ave maría Purísima”.
Dijeron las autoridades que como a las 8 de la noche, les reportaron que había un muerto cerca del rancho La Palma, que olía muy feo, y no querían ir, pensando que a lo mejor era un perro muerto. Pero, por las moscas, llegaron al lugar.
Los agentes de la Coordinación de Investigación fueron los que encontraron el cadáver, que no estaba completo, porque los animales ya se lo estaban comiendo, solo le quedaba un brazo. Dieron el banderazo para comenzar sus investigaciones, y por la ropa que vestía, dieron con sus familiares. Así lo reconocieron, se llamaba Martín Basurto García, de 30 años, vecino de la calle Reforma Agraria, colonia Tlaxinacalpan de aquel municipio.
Comentaron sus parientes que le gustaba mucho empinar el codo, y era muy parrandero. La última vez que lo vieron con cabeza fue el lunes pasado, pero no saben quiénes se lo echaron al plato. Que les toca a ellos investigar.
 
SE LLEVÓ DE CORBATA A UN MOTOCICLISTA
El chofer de un Volkswagen placas HJS-5329, de nombre José Luis García, de 71 años, iba comiendo camote, y cuando se dio cuenta, ya le había dado en la madre a Mauro Arroyo, de 34 años, con todo y su motocicleta, en una de las calles de Tulancingo, Hidalgo.
Escuchó un madrazo y luego un pujido. Sintió que pasó por algo blandito, y freno. Pensó que le había dado en la madre a un perro callejero. Se bajó y vio a un señor con la cola para arriba, y su máquina hecha charamusca. Se quejaba y no se movía.
El viejo se bajó y le preguntó: “le duele algo, joven”. Estaba todo raspado, con golpes en su humanidad. Muy amable, el señor le ayudó a sacarse el teléfono celular de la bolsa al accidentado, para que avisara a su familia, que lo habían desmadrado.
Cuando llegó la policía, José Luis les dijo a las cuicos: “yo tuve la culpa, señores, no lo vi de dónde salió. Estoy a su disposición”. Llegó la ambulancia de la Cruz Roja. Cuando lo estaban revisando, les preguntó: “¿Cómo lo ven? Está golpeado, pero creemos que no tenga fracturas”.
El viejito, limpiándose el sudor y soltando el aire, dijo en voz alta: “qué bueno, si no me lo hubieran cobrado como nuevo”.
Se lo llevaron al hospital. Los pedazos de su moto, marca Italika, último modelo, los echaron en la camioneta patrulla, y se los llevaron a la delegación, para sus investigaciones; que lo único que servía era un espejo. El atropellado declaró: “iba a salir por la calle 20 de Noviembre de la colonia del mismo nombre, cuando vi al bocho, que venía a vuelta de rueda, pero cuando pasé le aceleró y nada más vi estrellitas. Me duele todo el cuerpo. Solo pido que me pague mis curaciones y mi caballo de acero, que tiene un mes que lo compré, y me costó 12 mil chuchos. Me duele una pata y todo el cuerpo. 
Por su parte, el viejito dijo: “la verdad, no lo vi de dónde me salió. A mi carrito modelo 79, que compré cuando era joven, se le sumió el cofre y le quebró la calavera, pero estoy dispuesto a pagar todos los daños y curaciones”.
Uno de los oficiales le hizo señas a Mauro, que aceptará. Tener al ruquito en las galeras, se les iba a morir. Quedando un acuerdo, don José Luis fue llevado a su casa. Le dijo a su viejita: “por poco me echo a un cristiano. Saca tus ahorros y vamos a pagar, para no tener broncas con la policía, y luego vamos a la iglesia a dar gracias a Dios, que no le di en la madre”.

LE PEGABA SU VIEJO; SE AVENTÓ AL VACÍO
Laura Hernández Pérez, de 25 años, diario peleaba con su viejo borracho. Parecían perros y gatos, armaban mucho ruido en el condominio de la colonia del Juan C. Doria, en Pachuca.
Se sacaban sus trapitos al sol, y se mentaban la madre. Ella era la que pagaba el pato. Siempre quedaba desmadrada. Muchas veces la salvaba la campana, cuando los vecinos se metían a defenderla.
Vivían en el edificio, departamento 5, de la mencionada colonia. Ya era una costumbre que todas noches discutieran. Los vecinos les tapaban las orejas a sus hijos, para que no fueran a repetir las mentadotas que escuchaban. El día de ayer, en la madrugada, se escuchó el mismo cantar, pero ahora era en serio. Le dijo la mujer, que se le puso al brinco: “ya me tienes hasta la madre, es la ultima que te la paso. Desde que nos casamos, hace 5 años, nunca te he visto en tu juicio. Desde este momento me regreso con mi jefa, y cuídate, porque un día te va a llegar una puñalada trapera”.
La respuesta fue muy violenta por parte del hombre, que se sentía muy machín: “Si quieres irte, hazlo; pero te juro, por la memoria de mi jefa que está en el panteón, comiendo pinole, que nunca entrarás por esa puerta”. Se escuchó que rompieron vidrios, quebraron las cazuelas, y luego, un golpe seco, acompañado de un grito, de terror, que al escucharlo, se les enchinó el cuero.
Después, un silencio sepulcral. Cuando los vecinos prendieron la luz, vieron que a la mujer la habían aventado, o ella se había echado un clavado de cuarto piso. Los vecinos del edificio, hombres y mujeres, chiquillos y chiquillas, sin importarles la hora, que eran las 2 de la mañana, salieron a ver que pes.
Encontraron a la joven mujer, tirada a lo largo, con los brazos en cruz. Llamaron a la ambulancia de la Cruz Roja, que llegó acompañada de dos patrullas, llenas de cuicos, que buscaban al marido, que ya les habían dicho que se la sonó.
Los vecinos, señalando con la mano, les contaban a los gendarmes, que la mujer se había venido de chirimoya desde lo alto, dándose un ranazo, que sonó a bote viejo. Los uniformados empuñando su carabina, subieron y detuvieron al espantado esposo, que estaba escondido debajo de la cama. Lo sacaron jalándolo de las patas, y dijo llamarse Arturo López Ramírez, de la misma edad. Les contó, tartamudeando, que su vieja estaba enojada y se aventó al vacío.
Cuando él la quiso detener, no pudo. Se lo llevaron para hacer la averiguación, y a la señora se la llevaron al Hospital General, donde se encuentra muy grave. Al preguntarle a los vecinos, qué es lo que sabían o cómo ocurrió, les dijo el señor Juan Pérez, de 50 años, encargado del edificio, que posiblemente el hombre, la cargó y la aventó porque diario, se peleaban. Veces la dejaba con los ojos de cotorra, marcada de la cara. Tenía los labios como el Memín, de que le daba de madrazos en el hocico.
Les dijo que lo investigaran porque a lo mejor es drogadicto, porque no entendía razones, y él le dio en la madre. La otra vez llegó como loco. Su mujer no se encontraba, había ido a la casa de sus padres, y este, como no tenía a quién pegarle, correteó a su perro y no lo dejó hasta que no lo alcanzó, y lo mató a patadas.

VIERON QUE TENÍA CARA DE BUENA GENTE, Y LA ROBARON
Ivonne Flores, de 25 años, sufrió vil engaño. Le tranzaron 6 mil chuchos que iba a depositar en un banco de la calle de Matamoros, en Pachuca. Cayó redondita. Ni siquiera supo de qué lado masca la iguana.
Dijo al MP, de Seguridad Pública y Tránsito del Estado, que como a las 11 de la mañana, se metió al banco HSBC y como había mucha gente, se formó en la cola, para depositar la cantidad mencionada. De momento, se acercó una vieja chaparra, prieta, pelo corto, blusa blanca, y nagua verde, de huaraches.
Le preguntó a un mono grandote, que iba delante de ella, que si conocía a un licenciado que se llamaba Manuel Hernández. Le contestó que no. Pero qué es lo que quería, él la podía ayudar. La vieja mañosa, le enseñó un cheque. El señor le dijo: “este es de Banorte”. La mujer hizo cara de preocupación, y contestó: “!Híjole! El cheque es al portador, por 10 mil pesos.
Le contó fuerte, para que la mujer, que estaba de babosa, escuchara, que venía de la sierra, que no conocía a nadie, que si por favor le ayudaba. La muchacha le dijo que sí, que ella podía hacerlo, que nada más la esperara un round, mientras cobraba una lana. Lo mismo le dijo el señor.
Salieron del banco. La vieja chaparra, movió la cabeza para todos lados, y gritó: “Mi hijo, Dios mío. Aquí lo deje”. Se le doblaron las patas, y se cayó. Entre el señor y ella, la cargaron y atravesaron la calle. La sentaron afuera de la Compañía de Luz y Fuerza, y le preguntó Ivonne, echándole aire con las manos: “¿Ya está bien?”. Pero la vieja no dejaba de decir: “mi hijito, lo dejé sentado afuera del banco, y ya no está. Me lo robaron”. El señor le dijo que fueran a buscarlo. Él por un lado y la muchacha, por el otro, y que se quedara la señora por si regresaba.
La muchacha estaba muy preocupada, tratando de ayudar. Como le estorbaba la bolsa de mandado, se la dejó a la mujer, mientras que recorría varios locales comerciales, preguntando que si no habían visto un niño como de 4 años, que era un indito como los que llevan a La Villita el 12 de diciembre.
En todas partes le dijeron que no. Recorrió el Reloj. Le preguntó a unos policías. Le dijeron que fuera a levantar una acta. Les contestó que no era nada de ella, que estaba ayudando a una señora. Cansada, regresó, muy triste, para darle la noticia a la mujer, que a su hijo, parece que se la tragó la tierra, pero al llegar no encontró a la vieja, ni al grandote. Le habían robado su bolsa, donde llevaba la pachocha. Llorando, fue a poner su demanda, que la despojaron de su dinero. Juró jamás buscar a un niño perdido.