Terlenka
Rafael Sánchez Ferlosio, filósofo español de alta envergadura y de estilo enredado y prosa culta, decía que, en dirección contraria a Goebbels había quienes apenas escuchaban la palabra cultura firmaban de inmediato un cheque en blanco (se refería a la España de inicios de los años ochenta)
“Cada vez que escucho la palabra cultura, amartillo la pistola.” Es la anterior una frase famosa y adjudicada a Joseph Goebbels, ministro y encargado de la propaganda nazi. ¿Qué clase de noción o idea de lo que significa cultura debe tener una persona para desenfundar o preparar las armas apenas escucha nombrarla? Una noción pobre en extremo o, quizás, una idea sobrevalorada al respecto.
Rafael Sánchez Ferlosio, filósofo español de alta envergadura y de estilo enredado y prosa culta, decía que, en dirección contraria a Goebbels había quienes apenas escuchaban la palabra cultura firmaban de inmediato un cheque en blanco (se refería a la España de inicios de los años ochenta). ¿Qué conclusión o consejo obtengo de tales posturas? De entrada creo que ambas son posiciones desmesuradas y amedrentadas: fobias y fantasías en dos épocas distintas: la Alemania gobernada por un maniático y la España liberada del franquismo. ¿Qué sucede hoy, en México, camino a cumplir la segunda década del siglo XXI con respecto a la cultura? ¿Estamos más cerca de desenfundar el arma o de extender un cheque en blanco? Yo diría que, pese a las notables excepciones, nos hallamos más cerca de una especie de devaluación de la cultura e incluso más próximos a su menosprecio social. No voy a definir lo que significa cultura en este breve espacio, mas diré que con tal palabra se intenta describir el cultivo de la diferencia. La cultura coloca todos los bienes humanos, las ideas y las cosas en la mesa para que podamos comprender nuestra modesta posición en el mundo, para que nos percatemos de las diferencias y elijamos una butaca desde la cual mirar transcurrir el tiempo. Y, sin embargo, más allá de las definiciones por demás generales, amplias y oscuras, me gustaría decir a título personal que yo preferiría causar tal disgusto en el dictador que cada vez que me leyera, escuchara o supiera de mi presencia, amartillara su pistola. Desearía ser peligroso y no sólo ornamento ni parte de una decoración social. No quiero decir, por supuesto, que tal sea el papel de un escritor o del artista ya que su posición y la descripción de su quehacer resulta de una mayor complejidad. No obstante, si pudiera, además de representar la diferencia, intentaría volverme una pieza mal formada e inservible del rompecabezas social. Al menos, de ese modo, no podría estar presente en la fotografía de un poder dañino, en ningún club de los oprobios, y tampoco serviría como conserje de la injusticia o del abuso. Cuando fue ampliamente entrevistado por Krisna Fleischmann, Thomas Bernhard llegó a decir. “Siempre he sido una persona libre, no tengo ninguna pensión y escribo mis libros de una forma totalmente natural, de acuerdo con el curso de mi vida, que le aseguro, es distinto del curso de esas personas (los escritores que se acomodan). Sólo quien es de verdad independiente puede, en el fondo, escribir bien.” ¿Por qué se expresaba así Bernhard? Aunque estoy al tanto de sus fobias y creo comprenderlo, no lo conocí más que a través de sus libros. No obstante mi ignorancia acerca de su persona física, creo, sin poner demasiados obstáculos, en lo que él sostuvo. Por una parte hizo explícito el papel de la cultura a través del arte; es decir: acentuó la diferencia. Por otro lado, intentó ser libre a toda costa y brincar de la fotografía que lo paralizaba y situaba: sabía odiar, pero su odio era un estímulo vital para la creación literaria: logró mantenerse alejado de un poder político y literario que él consideró ignominioso. ¿Un megalómano? ¿Un santo?.
W. G. Sebald escribió que la idea de que Bernhard era un megalómano estaba refutada por el diminuto papel que él mismo concedía a su literatura; la libertad de Bernhard implicaba el auto desprecio. Yo sólo quiero hacer notar su extravagante postura aunada a su calidad literaria y a su insignificante papel social. Podría explayarme en otros ejemplos similares a Bernhard; tal vez Swift, o Karl Kraus, e incluso George Orwell, mas para la fortuna de quienes me leen no lo haré. Toda opinión es un juicio y un asentamiento moral, un sitio mundano e intelectual, pero ello no me detiene a la hora de afirmar que prefiero una idea de cultura que empuje a Goebbels a amartillar su pistola en vez de sonreír complacido. Y permítanme, una vez más, ser algo ingenuo y romántico: Creo que desde la cultura uno tendría que seguir peleando contra cualquier poder político que nos reduzca a cosas, aun cuando perdamos la batalla: qué humillante sería ganar. Por lo menos el descastado cree en su libertad y tal certeza, en México y en la sociedad global, ya representa un gesto humano; tal vez un desperdicio, sí, pero un gesto humano y culto. Hoy, si viviera, Goebbels se reiría de la cultura y ni siquiera desenfundaría su arma. Estamos en tiempos de “paz.”
NO VOY A DEFINIR LO QUE SIGNIFICA CULTURA EN ESTE BREVE ESPACIO, MAS DIRÉ QUE CON TAL PALABRA SE INTENTA DESCRIBIR EL CULTIVO DE LA DIFERENCIA. LA CULTURA COLOCA TODOS LOS BIENES HUMANOS, LAS IDEAS Y LAS COSAS EN LA MESA PARA QUE PODAMOS COMPRENDER NUESTRA MODESTA POSICIÓN EN EL MUNDO, PARA QUE NOS PERCATEMOS DE LAS DIFERENCIAS Y ELIJAMOS UNA BUTACA DESDE LA CUAL MIRAR TRANSCURRIR EL TIEMPO