OPINIÓN
La política puede ser tan cruel como el béisbol, o hasta más. Quienes hemos practicado el deporte de las manoplas y las barridas, sabemos bien lo perverso que puede ser cuando se ensaña con algún pelotero. Cualquier jugador de cuadro con buenas manos —como se dice en el argot— puede cometer una pifia. De hecho, los únicos que no cometen errores son los que nunca juegan béisbol.
Pero este juego tiene una especie de karma por la cual los batazos parecieran perseguir a quien ha cometido el error más grave o más reciente. Basta que una segunda base deje caer la pelota o tire mal a las bases para que empiecen a llegarle más batazos, como si tuviera un imán para atraer la pelota. La desconfianza del primer error lo lleva normalmente a dudar de sus capacidades y a cometer error tras error, al grado de suplicar que la bola deje de perseguirlo.
El jugador llega a pensar que simplemente ya es incapaz de levantar un roletazo de frente, de realizar cualquier jugada de rutina. Grandes carreras se han ido a pique por la desconfianza.
Estamos viendo que en la política ocurre lo mismo. El político que comete un error, parece quedarse pasmado, obsesionado con la pifia que acaba de realizar y ya no piensa en la siguiente jugada, mucho menos en el siguiente juego o la siguiente temporada. El error lo lleva al inmovilismo y a la desconfianza en cada uno de sus actos. Pone nerviosos a sus compañeros de equipo cada vez que hace uso de la palabra o toma alguna decisión, como si se tratara de un batazo que sale en dirección del jugador que en esos momentos está salado.
A nuestro Presidente y a algunos miembros de su gabinete parece ocurrirles algo similar. Durante la campaña y destacadamente en el primer año de gobierno mostraban claridad en el rumbo, ideas precisas sobre los cambios que el país demandaba y una secuencia exacta de las acciones y propuestas que irían implementando. De haber continuado esa tendencia, a estas alturas estaríamos concentrados en cosechar los frutos del Pacto por México, la reforma educativa y laboral, el cambio histórico en materia energética y muchos otros.
Pero vino el error y luego, como siempre sucede en el béisbol, llegó el hit. La cancelación del tren rápido a Querétaro y su conexión con las polémicas casas de campo y de la capital, descarrilaron el rumbo general de la acción gubernamental. Las reformas pasaron a un segundo plano ante el tema que ahora consume la atención de los mexicanos, de la transparencia y el combate a la corrupción.
Han pasado los meses y persiste la desconfianza sobre las capacidades propias para atrapar un elevado o tirar bien a primera base. En las tribunas, los aficionados se fijan más en los errores del jugador insignia que en las carreras que produzca con el bat. El jugador está más concentrado en no cometer nuevos errores que en intentar algún acierto para ir saliendo de la mala racha.
El momento del país exige que se pida tiempo al umpire y se reorganice el esquema general del juego. Era natural que la narrativa de las reformas se agotara después de ser aprobadas. Pero en estos momentos deberíamos estar en la segunda fase del gobierno, aplicando de la manera más eficiente los cambios aprobados, extrayendo los beneficios potenciales que poseen. Es tiempo de reaccionar. Todavía le quedan muchas entradas a este partido.