HOMO POLITICUS
Intoxicado de la mentira y la falsedad, harto de la monserga y la patraña, asqueado del circo y de los pusilánimes, así deambulo por la calle mientras leo que Aristegui da la batalla ante la inopia de la ideología imperante y de un establishment que quiere perpetuar su decadencia.
A nadie parece importarle nada, el marasmo de las elecciones se convierte en carnaval, allí se pasean la catrina bajo su sombrilla, mientras los niños mueren de hambre, mientras la noche anterior un migrante se despide de su vieja y sus hijos, de la última visión grata que le regaló la vida, porque en México lo ha perdido todo, no tiene nada más que la carne que lo ata al suelo, al igual como otros muchos con las manos vacías espera no ser decapitado en una ciudad cualquiera de ese espejismo denominado “la region más transparente”.
La megalomanía se cierne desde los jets privados hasta las tienda de la 5ª Avenida, no importa si me refiero a la de Playa del Carmen o a otra; allí caminan sin prisa bajo el desparpajo de sus sombreros y gafas que hacen la función de disfraz-máscara para no ser reconocidos, a dos metros de ellos, por delante y por detrás los guarros que no los dejan ni a sol ni sombra; no se trata de artistas, son de la clase política, de un celuloide que parece imponerse al celuloide tradicional.
Carmen denuncia y encara el suceso ante MVS-Sistema, quien hace días hablaba de la libertad de expresión empalmándola con la libertad política, pero ¿de qué libertad se trata?, ¿de aquella que generó el país de la desigualdad?, ¿de aquella que reparte despensas y prebendas para amarrar el voto?, este espacio mínimo de legitimidad que se usa a placer y que sólo se compite de partido a partido, porque no es el pueblo que hace la democracia competitiva sino la partidocracia.
Entonces la libertad político-jurídica es la esclavitud del pueblo, de ese pueblo que pretende respetar las reglas del juego, mientras los dados ya están cargados, mientras se ha pavimentado el juego y los jugadores, quien gana y quien pierde, mientras a vox populi se conoce que la libertad es un discurso del vacío y vacío, una de tantas demagogias que se acostumbran, pensadas para crear el país de nunca jamás, para hacer del oro de tontos la ilusión del porvenir.
La libertad-ley como lo advirtió Nietzsche, “…cesa de ser de utilidad del Estado cuando los términos morales con los que ha sido concebida se han puesto fuera de uso en el curso de las luchas de fracciones…las palabras son sólo las telas del ropaje de las ideas, y como las leyes son el ropaje de las emociones gubernamentales más que las emociones mismas, tienen su propia limitación en ello.”
La libertad-ley es un paño de lágrimas, una camisa de fuerza que desde el liberalismo político ha creado el cerrojo de una cárcel perfecta, no hay más ciego que el que no quiere ver, ni más cojo que el que no quiere coger.
Carmen Aristegui transita como tantos otros por el camino incierto de la libertad-ley, la cual tiene contrapesos, pero que ante la efectividad de los mimos, suele asestar el mazazo para disuadir o eliminar a los adversarios o los vientos incomodos; esto lo hemos visto empíricamente una y otra vez, cuando a libertad se vuelve uso de derechos, el derecho se convierte en el enemigo del Estado, cuando la libertad se vuelve justicia, suele aparecer la injusticia, lo mismo en Tlatlaya que en Ayotzinapa, lo mismo en la memoria de ese 1968, entonces ¿de la libertad hablamos?