
El Faro
De todos es sabido que vivimos en una sociedad mediática en donde las comunicaciones brotan a borbotones y se extienden de manera acelerada e inmediatamente por todo el mundo. Conocemos, si es de nuestro interés, en tiempo real lo que acontece en todo el mundo.
Esta sobreabundancia de datos e información transmitidos por canales cada vez más al alcance, literalmente, de nuestro bolsillo genera una saturación en la capacidad de escucha, en la capacidad de sorpresa, en la capacidad de abrir nuestra vida a la de los demás. Jean Baudrillard, hace ya unas cuantas décadas, teorizaba sobre el efecto aparentemente contradictorio de la acumulación acelerada de noticias. Aunque se tienen muchas noticias, el efecto que se origina no es el de estar informado, sino que por la saturación nos es cada vez más complicado entender qué y cómo pasan las cosas.
Además del factor que estamos analizando, tenemos que añadir la rapidez no solamente de los datos, sino de los acontecimientos de nuestra vida. Nuestras agendas están tan saturadas, tenemos tan poco tiempo para el ocio (en su sentido literal latino, opuesto al nec-otio, negocio) que siempre estamos subido en el carro accidentado de la prisa. Como el conejo de Alicia en el país de las maravillas, siempre estamos corriendo, siempre tenemos pendientes que hacer. Parece que no nos alcanzan las horas de los días, ni los días del mes.
¿Y a qué vienen todas estas cosas? Entre otras muchas, a la realidad que desde hace ocho años golpea la investigación de los hechos trágicos de Ayotzinapa. Estas semanas pasadas han sido maratónicas en cuanto a la exposición de resultados. Alejandro Encinas expuso en dos ocasiones el mismo informe. Los expertos del GIEI hicieron lo propio con todos sus nuevos hallazgos. Murillo Karam fue apresado y parece que ya los cargos van remitiendo. Un general se deja entrevistar por un periodista en el campo militar número 1. El fiscal especial para el caso dimitió. La FGR anuló algunas de las órdenes de aprensión que Encinas anunció.
Los medios de comunicación, todos, han dedicado horas al análisis de todo el material. Han publicado páginas y páginas comparando la verdad histórica con lo que ahora se sabe. Han discutidos mesas de “expertos” sobre todos los ángulos posibles. Los protagonistas de la información han recorrido un viacrucis para responder a las dudas que todos tienen.
Ya sabemos más cosas de lo que ocurrió. Ya sabemos más cosas de lo que no ocurrió. Sabemos en dónde no están los cuerpos. Sabemos que hay muchas ligas de interés entre diversidad entidades del gobierno (en todos los niveles) y el crimen organizado. Sabemos que el ejército no siempre ha rendido su información para la investigación. Sabemos…
Pero lo que no sabemos aún es en dónde están los cuerpos o los restos de los estudiantes. Podemos perdernos, con buena voluntad, en todos los análisis complicados, rápidos, acelerados, mezclados con nuestras propias prisas y no llegar a una mayor claridad. Más información, cuando menos de momento, no nos ha llevado a saber en dónde está los muertos. Es una obviedad, pero como dijimos en una columna anterior, esa es la principal urgencia de los padres de los estudiantes desaparecidos. Ese es el único final posible que nos acerque a la justicia. Qué bueno que hay más información, que hay más datos, pero no se pierda de vista que los padres quieren ver lo que queda de sus hijos. No sea que la muchedumbre de información oculte la auténtica verdad que se traduce en materia, carne y hueso.