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Darwin en México: un diálogo descortés     

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Las polémicas sobre el darwinismo en México evidencian un problema clave para la vida nacional aún importante: el laicismo. 

Entre las formas de expandir nuestro conocimiento del mundo la ciencia tiene un papel privilegiado. Todo avance científico, todo nuevo descubrimiento amplía y transforma nuestra visión de la realidad; sin embargo, son pocas las aportaciones que tienen un impacto tan profundo para la concepción que el ser humano tiene de sí mismo como el evolucionismo.

 

Uno de los propósitos de Charles Darwin al proponer su teoría de evolución por selección natural fue explicar el origen natural del ser humano, por lo que no resulta sorprendente que en diversos lugares en los que la teoría fue difundida los ataques del clero no se hicieran esperar.

En el México decimonónico, el rechazo visceral de algunos personajes religiosos al darwinismo y su enfrentamiento intelectual con sus defensores quedó documentado en la prensa. Tal es el caso de la discusión pública entre Justo y Santiago Sierra, y algunos católicos que atacaron el darwinismo y rechazaron la publicación de un libro de texto de historia escrito por Justo Sierra para los alumnos de la Escuela Nacional Preparatoria (Compendio de historia de la antigüedad), en cuya primera versión se defiende la teoría de la evolución de Darwin y se establece que el Génesis entra en contradicción directa con las explicaciones modernas de la ciencia.

El primero en responder a las afirmaciones progresistas de Justo Sierra es el diario “La Voz de México”. En una de sus críticas, publicada el 25 de enero de 1878, censura la propia existencia del libro, declara como falsa la teoría científica de Darwin, exalta la importancia de la fe católica y califica a la educación oficial como un “manantial de errores”.

Por su parte, desde “La Libertad” los defensores del darwinismo responden que las críticas católicas son dogmáticas y se rehúsan a entablar un debate con quienes esgrimen como argumentos “afirmaciones ignorantes”; prefieren proceder, por considerarlo más fructífero, a defender la educación científica que se imparte —hoy todavía, afortunadamente— en las escuelas oficiales.

 

Encolerizados, los autores de “La Voz de México” y “El Centinela Católico” acusan a los redactores de “La Libertad”de ignorantes y de no conocer ni al autor al que defienden y menos a su obra, ya que los Sierra sostienen que Darwin nunca dijo que el hombre desciende del mono. Para justificar que Darwin sí dijo que uno desciende del otro, los católicos argumentan que en “El Origen de las especies” se afirma que el hombre y los monos “tendrían un tronco común”; a lo que en “La Libertad” responden que es muy diferente descender del mono a tener un ancestro común. Por supuesto, los Sierra tenían razón, en tanto que Darwin jamás afirmó que el ser humano descendiera del mono, sino simplemente —como cada vez es más evidente— que tenemos ancestros comunes con simios y monos. En este tono continuó la polémica por un mes, con publicaciones casi diarias y plagadas de toda clase de afirmaciones, como la recomendación inverosímil y aberrante de los católicos a las familias de no llevar a los jóvenes a la escuela.

De este asunto y de esta etapa de nuestra historia es importante rescatar que, más allá de las antipatías naturales entre los exponentes de dos posturas filosóficas diametralmente opuestas, las polémicas sobre el darwinismo en México evidencian un problema fundamental para la vida nacional que sigue siendo importante en la actualidad: el tema de la laicidad en todas las esferas de la vida social, especialmente en el ámbito de la educación pública.