Una vez más
1985-2017: similitudes y diferencias
Una vez más, y exactamente en la misma fecha que hace 32 años, México es estremecido por un sismo que echa abajo construcciones, paraliza ciudades, provoca pérdidas económicas pero sobre todo trunca vidas y destruye familias, esperanzas y planes de seres humanos que unos minutos antes discurrían en los afanes de sus vidas cotidianas, sus tareas y sus propósitos personales.
Unas cuantas horas después, aún no terminada la tragedia, las reacciones ante ella son, extrañamente similares a las de 1985. Hay similitudes notables entre las tragedias ambas de fechas, la de ese año y la que está sucediendo en estos momentos, quizá porque ocurre en el mismo país, la misma cultura y una sociedad enfrentada a condiciones similares
Un símil notable es el estado de crisis que México vivía en 1985 y el que vive en 2017. En aquél entonces, el presidente de la república Miguel De la Madrid Hurtado, enfrentaba la peor crisis económica sufrida hasta entonces por el estado Mexicano. Hoy, el presidente Peña Nieto se encuentra en una situación semejante, sólo que en condiciones de mayor debilidad institucional que en el 85.
Empero, diferencia de hoy, en 1985 el sistema político del “partido casi único” contaba aún con la capacidad pero sobre todo con la convicción y la responsabilidad suficientes como para hacer frente a cualquier amenaza contra México.
La crisis económica provocada por el endeudamiento que siguió al primer “boom” petrolero de los años ochenta, terminó no solo con los sueños de riqueza inoculado por los gobernantes, sino también con el de de un estado mexicano fuerte, responsable y, sobre todo, omnipotente.
Pero faltaba aún lo peor: más allá de la confianza que aún despertaba la fortaleza política del presidencialismo, la naturaleza quiso intervenir aportando su parte al desastre nacional. Sorprendida, incapaz e impotente ante una fuerza que escapaba a su control la clase política mexicana se vio rebasada por una sociedad que, en un instante, comprendió que nadie más que ella misma podía salvarla.
Lejos de ayudar, la autoridad estorbaba. Se vio –yo lo vi por lo menos- a tropas del ejército protegiendo negocios privados a bayoneta calada, mientras frente a ellas la gente acudía en tropel a rescatar a sus vecinos, hasta entonces, indiferentes a sus vidas. Los funcionarios llegaban acompañados de cámaras de TV a los edificios colapsados mientras que la ciudadanía trasladaba heridos, ayudaba a alimentar a rescatistas y organizaba el tráfico y la protección de los edificios.
Hoy puede decirse que las cosas han cambiado; pero si ponemos atención a lo sucedido veremos que no lo han hecho tanto. Es cierto que existen nuevas instancias encargadas de prevenir desastres como los que se viven. Lo es igual, que la población adquirió en estos años una conciencia mayor sobre lo que puede hacerse en caso de meteoros y sismos como los que vivimos. No podemos negar tampoco que entre la clase política y los gobernantes exista un grado mayor de atención a los efectos sociales causados por dichos fenómenos
Pero de ello no puede inferirse (como se está intentando hacer con el uso propagandístico montado desde los centros de poder); que estamos ante un sistema de gobierno diferente al que sorprendió el sismo de 1985; porque al igual que aquél, el que nos gobierna y dirige las acciones oficiales hoy en día, actúa bajo los mismos propósitos y desde la misma ideología que entonces nos gobernaba.
Pero a diferencia de 1985, hoy nos gobierna un estado debilitado, que ha trasladado la riqueza social a manos privadas provocando condiciones de miseria, desamparo y descapitalización social que han contribuido a hacer más grande la indefensión en la que han terminado un gran número de mexicanos; por lo que la tesis oficial de que la respuesta correcta a los desastres sociales vividos se encuentra en “una respuesta rápida y eficaz de las autoridades” es imposible sin la posesión de una estructura económica y social sólida, instituciones sociales sólidas y una economía popular más allá de los límites de la subsistencia diaria.
Pero lo que nos equipara a los tiempos del terremoto de 1985 es, sobre todo la persistencia del culto al estado y el presidencialismo, que se apodera de la narrativa del desastre con el que la clase gobernante intenta controlar la respuesta social desatada. Ante la movilización inmediata y desinteresada de la sociedad civil, la sociedad política se apresura a construir un relato que coloca en el centro de su explicación a la autoridad, tratando de mantener su liderazgo a la par que neutralizar el protagonismo real de la sociedad civil movilizada voluntariamente.
Colocado nuevamente en la cúspide del poder público, el presidencialismo priísta repite las mismas estrategias propagandísticas de 1985 y comete los mismos errores del pasado al poner en el centro de la atención su poder incontestado mientras la sociedad mexicana con toda su energía y capacidad va tomando en sus manos la parte más pesada de las tareas de rescate. La estrategia oficial no sólo es mendaz, sino impúdica y mezquina; producto de mentes incapaces de imaginar a la sociedad mexicana sin su presencia y dirección, egolatría de espíritus mediocres incapaces de ir junto al pueblo y aceptar sus mandatos con humildad y decencia.
De nada servirá, creemos, la avalancha de recursos dedicados a promocionar tal imagen: esta clase de las estrategias propagandísticas están demostrando día a día su incapacidad persuasiva. La conciencia ciudadana se acrecienta en estas tragedias, crece la reflexión y la voluntad de salir adelante, no por mandato de sus gobernantes sino por su propia iniciativa. Como en el 85, el 17 es la puerta de grandes cambios, aún incógnitos que habrán de sobrevenir en el futuro inmediato.