Terlenka
A lo largo de mi penosa y maltrecha vida no he detestado nada tanto como la censura. La señora María Moliner, en su Diccionario del uso del español, innumerables veces citado por este columnista anacrónico, dice que “censurar” es: “Juzgar el valor de una cosa, sus méritos y faltas”, y ver si hay algún inconveniente desde un punto de vista político y moral para publicar los escritos y exhibir las películas. He allí la definición de un diccionario de papel y prosapia. Difícil de cargar, por cierto. Incluso tengo que sentarme en una silla a la hora de leerlo.
Cuando escribió este gran libro, la señora Moliner no había sido todavía sepultada por la cascada de tonterías y dislates que supuran las redes sociales. De lo contrario, habría añadido que la censura posee otro valor o estado en el medio de la tecnología electrónica y del espacio virtual. Voy a lo mío: la censura es detestable casi en cualquier circunstancia. Quien la ejerce se arroga a sí mismo la capacidad intelectual, crítica y moral suficiente como para decirle a los otros que se callen y cierren los ojos. El censurador es un guía moral, un führer y un director de conciencia. Por lo tanto, debemos considerarlo un atorrante creativo y un enemigo a priori.
Como ustedes sabrán, yo soy, pese a ser escritor, una persona común (ser escritor me hace todavía más común). Y cuando estoy crudo o tengo resaca veo la televisión. Veo el futbol y de vez en cuando alguna mala película. Cambio de canales con la remota esperanza de encontrar alguna obra de cierto valor. Es muy difícil; y en todo caso hay que solicitar el servicio y pagar por ello. Al cambiar, cada cinco segundos, de canal, no estoy ejerciendo la censura, sino sólo brinco de un lado a otro para ver si logro encontrar algo que me seduzca. Es una terapia: el ir y venir sin rumbo determinado. Y no obstante la ausencia de estrategia en este vagar por la televisión, me encuentro a menudo con la censura artera, el límite impuesto y la moral gallinera prodigada sin control a diestra y siniestra. Por medio de sofisticados recursos técnicos (es decir: borrones, cortes, velos y tachaduras), se ocultan nalgas, senos, coños, palabras inconvenientes, sangre y otras expresiones de la vergonzosa naturaleza humana. No exagero al decir que esta conducta discriminatoria hace al televidente más pobre y traumado, se le pega virtualmente en la nuca para que agache la cabeza, se le trata como a una zanahoria y se le corta en pedacitos, se le prepara para ser un soldado que marcha y aniquila a otros sin preguntarse por qué. Y luego se le exige que vote, que cumpla con sus deberes civiles y que sea un buen ciudadano: la zanahoria modelo, el Juanito castrado, el salvaje que no debe ver la línea que parte en dos las nalgas. ¿Quién lleva a cabo esta censura? ¿Quién puede ser tan rústico y primitivo como para tener el descaro y la desvergüenza de imponernos sus creencias acerca de lo que significa lo bueno y lo malo? Como se habrán dado cuenta estoy algo indignado cuando debería haberme ya acostumbrado a las dictaduras parciales ejercidas por las personas menos capaces intelectual y críticamente para tomar decisiones que le conciernen a todos. El Estado (el gobierno que lo representa y administra) nos ha dejado en manos de policías rapaces y espontáneos, de religiosos de pacotilla, de abarroteros de la moral, de artistas de la televisión que ahora son nuestros salvadores (la atrofia, escarnio y burla de lo que era una buena idea: las candidaturas independientes); pero sobre todo, nos ha puesto en manos de empresarios —probablemente iletrados y puritanos (en la moral o ética de las costumbres, no en la economía)— que deciden cuando un coño debe o no aparecer en televisión.
Sé que mi reclamo es reiterativo y personal, pero me resisto a que los peores tomen decisiones por mí, que las personas menos sensibles y preparadas se suban a un púlpito electrónico y desde allí decidan lo que es el bien y lo que es el mal. El libre mercado tendría que construirse sin vejar ni denostar la libertad de las personas que han aceptado la democracia como horizonte político. Terminaré este artículo con una frase probablemente retórica, mas yo creo veraz: hoy en día son los peores quienes toman decisiones en nuestro nombre. ¿No lo creen? Enciendan la televisión.