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“Cambiar todo para seguir igual”

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El Ágora

Los que tenemos oportunidad nos encontramos total o parcialmente en cuarentena. Las semanas pasan y la mente vuela. Por ratos se siente uno como perdido en el desierto; las horas se alentan, la incertidumbre se convierte en una constante. Este encierro ha originado toda clase de lamentos, pero también de optimismos; una dicotomía intermitente.
No obstante, algunas personas, dependiendo la gravedad y avance del coronavirus en sus respectivos países, ya no pueden siquiera detenerse a contemplar la existencia, pues se encuentran ocupados sobrellevando la catástrofe que significan la enfermedad y la muerte. Otros, en cambio, aún conservan la voluntad mental y espiritual de comunicar ideas. Sea como sea, pareciera que la serenidad es un privilegio del que no todos gozan en estos tiempos.
En lo colectivo, además, libramos una dura batalla contra la desinformación y la indolencia. “Una cosa se puede decir, nunca habíamos sabido tanto de nuestra ignorancia, ni sobre la presión de actuar en medio de la inseguridad”, dijo hace apenas unos días Jürgen Habermas, renombrado filósofo y sociólogo alemán. Señaló, además, que en nuestras sociedades complejas nos enfrentamos permanentemente a grandes inseguridades “pero estas aparecen de forma local y no simultánea y son resueltas en uno u otro subsistemas de la sociedad por expertos. Ahora, en cambio, la inseguridad existencial es global y simultánea y está incluso en la cabeza los individuos conectados a las redes de comunicación”.
Sin embargo, aún de entre la angustia surgen cuestionamientos que captan la atención y obligan a pensar a futuro. ¿Qué haremos después?, ¿podremos regresar a un mundo como el que “conocíamos”?, ¿cómo es que nos pusimos a nosotros mismos, humanidad, en esta circunstancia?
Habría, por consiguiente, que preguntarse también, ¿qué hemos hecho para construir un entorno así de frágil, que con pasmosa facilidad se cimbra ante una contingencia?, ¿qué condiciones sistémicas y estructurales son las que permiten que haya tanta gente en una situación de tan profunda vulnerabilidad frente a una sacudida como esta? Las respuestas las sabemos o, al menos, las intuimos. Pero le tenemos más miedo a transformar nuestro sistema de vida que al propio coronavirus.
Porque no, la problemática no se limita al virus, tampoco es un tema que se circunscriba solamente a una discusión acerca de salud pública. Esta pandemia ha desnudado, en el planeta entero, la incapacidad política, el individualismo social y la iniquidad económica. Estamos poco o nada preparados para afrontar la naturaleza de la sociedad egoísta y frívola que nosotros mismos creamos.
Desde hace muchos años se oyen voces que llaman a la cordura, pero si ahora no reflexionamos estas cosas y si fallamos en darle un nuevo sentido a las dinámicas sociales y económicas, seremos presa fácil para que el establishment reaccione con toda ferocidad, durante y después del problema sanitario, acrecentando las desigualdades y recrudeciendo la restricción de libertades y la vigilancia sobre la población.  Y si no pensamos en eso, y si no hacemos nada, entonces la pandemia habrá llegado, efectivamente, para cambiarlo todo, pero para que las cosas sigan igual o, tal vez, peor. Y eso es algo que no podemos ni debemos aceptar.
Sí, vendrán otras crisis tras el coronavirus, más sucumbir ante miedo no es la respuesta. Para toda oscuridad hay un correlativo de luz. Y la luz no está en lo individual, sino en lo colectivo, sepámoslo.