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CADÁVERES EN EL CLOSET

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CADÁVERES EN EL CLOSET

Familia Política

En el año 1500, el célebre Cesar Borgia logró conquistar la Romagna, región de Italia Central. Durante varios años, este territorio vivió prácticamente en la anarquía, bajo la égida de una serie de amos codiciosos que tenía la certeza de que gobernar, era saquear las arcas oficiales en su propio beneficio. Carecía de policía y de cualquier tipo de fuerzas disciplinarias; áreas enteras eran dominadas por bandidos que combatían todos contra todos, incluso contra sí mismos. 

Un día, César Borgia (hijo del Papa Alejandro VI) decidió establecer orden; para ello designó Teniente General a Ramiro de Orco: “hombre vigoroso, cruel y despiadado”, según Maquiavelo. Es lógico entender que, para cumplir dicho encargo, el militar debería tener poderes absolutos; mismos que le fueron concedidos.

Recurriendo a la energía y a la violencia, de Orco instauró un sistema de justicia severo, brutal, sin límites… Con acciones de horca y cuchillo, en un tiempo relativamente corto, la región quedó limpia de todos los que vivían al margen de la ley; sin embargo, lo que se siembra, se cosecha. Como el hombre solía extralimitarse en su celo, un día la sociedad medieval comenzó a murmurar, incluso a odiar a quien, durante un tiempo, consideró su salvador. 

Al corroborar la información, Borgia no se sorprendió; tomó cartas en el asunto personalmente. En primer lugar, hizo saber a la población que él jamás aprobó los hechos; la crueldad y la violencia eran productos de la naturaleza brutal de su lugarteniente a quien encarceló. Un día después de Navidad, los ciudadanos se encontraron con un extraño y terrible espectáculo: en la plaza pública, el cuerpo decapitado de de Orco, elegantemente ataviado con lujoso traje y cubierto con una capa color púrpura; su cabeza sobresalía a su lado, clavada en una pica; el cuchillo ensangrentado y otras herramientas del verdugo, se exhibían como claras señales de una venganza popular, ejecutada por el propio gobernante, aun cuando el decapitado fue hombre de sus enteras confianzas. Maquiavelo resume así su comentario sobre el histórico incidente: “La ferocidad de aquella escena dejó al pueblo, a la vez, perplejo y satisfecho” (yo añadiría: trémulo de pavor).

César Borgia era un Maestro en el juego del Poder. Perverso, frío genio de la planeación, siempre veía varios pasos adelante y tendía a sus adversarios las trampas más habilidosas. El politólogo florentino le dedicó múltiples menciones en El Príncipe.

Este personaje visualizó con claridad admirable el futuro inmediato del territorio que ordenó pacificar. Sólo una justicia despiadada lograría establecer el orden; el proceso llevaría años. Al principio, la gente de bien se sentiría satisfecha, pero después se gestarían enemistades graves; los ciudadanos terminarían por rechazar la imposición de una justicia tan implacable. Borgia no podía aparecer como responsable, porque el odio causaría heridas, casi imposibles de curar, si no existiera un chivo expiatorio idóneo para tales efectos. De Orco estaba destinado desde el primer momento a cumplir su triste destino; quienes compartieron responsabilidades con él, prudentemente se apartaron y lo dejaron a su suerte; mientras el jefe de todos no sólo se mostró ajeno al problema; se erigió ante la comunidad como el gran resolutor.

En otro ejemplo, escribe Robert Green: “Franklin D. Roosevelt tenía reputación de ser sincero, honesto y justo. Sin embargo, a lo largo de su carrera tuvo que enfrentar situaciones en las que ser “El Chico Bueno” habría significado un desastre político. Él no podía mostrarse como instigador o defensor de ningún juego perverso; su secretario Louis Howe, era encargado de manejar ciertos negocios entre bambalinas: las manipulaciones de la prensa, las truculentas maniobras de las campañas electorales, etcétera. Cada vez que se cometía un error o se hacía pública alguna sucia estratagema que pudiera contradecir a la cuidada imagen de Roosevelt, Howe servía de chivo expiatorio sin quejarse jamás”. En toda posición de poder, hace falta un hombre activo con valor y decisión, también un sujeto pasivo capaz de inmolarse por su amo hasta el sacrificio o hasta la ignominia.

Como se ve, el pensamiento bíblico “Nada hay nuevo bajo el sol” continúa vivo y aplicable: el buen nombre y la reputación de un político, dependen más de lo que oculta que de lo que revela. Todos cometemos errores, pero quienes son realmente hábiles y sagaces, se las arreglan para ocultarlos y hacer que otros carguen con la culpa. Al respecto, se dice que todos tenemos algún cadáver en el closet. ¿Qué líder moderno ha asumido, asume o asumirá la responsabilidad de sus errores? Siempre buscará a quienes culpar, uno o varios chivos expiatorios. 

En la política contemporánea, los participantes se dan a la tarea de hurgar por todos los closets de sus adversarios, en busca de cadáveres que exhibir. Si algunas verdades vergonzantes se descubren, son gajes del oficio; si no se encuentran, se inventan. Siguen siendo válidas las siguientes premisas: “Competir implica exponerse”. “El que no sepa nadar, no debe meterse en lo hondo”. “Juego que tiene desquite, ni quien se pique”. “A puñaladas iguales, llorar es cobardía”. “Calumnia, que algo queda”.