- “En mi familia hay negros, en el metro hay negros. Pero cuando entro en mi empresa, no hay negros”
- En Brasil, el país del mundo con más afrodescendientes, el 75% de los pobres son negros. Muy pocos alcanzan la universidad.
EFE.- A Liliane Rocha una infancia en la extrema pobreza no le impidió trazar una reputada carrera en el mundo corporativo. A sus 38 años, la empresaria tuvo que superar otro obstáculo, el del racismo, que en Brasil también se practica sutilmente y es muchas veces sinónimo de una muerte precoz.
Rocha creció y vivió hasta sus 9 años en una humilde choza de 18 metros cuadrados en Guarulhos, en la región metropolitana de Sao Paulo, pero su vida cambió después de que entró a la universidad y logró una práctica en una multinacional, donde iniciaría una exitosa carrera.
Fue solo cuando empezó la pasantía que se percató por primera vez del abismo racial que separa Brasil: “en mi familia hay negros, en los lugares que yo circulo hay negros, en el metro hay negros. Pero cuando entro en mi primera empresa, me doy cuenta de que no hay negros”, reflexiona en entrevista.
En Brasil, el país del mundo con más afrodescendientes, el 75 % de los pobres son negros. Muy pocos alcanzan la universidad y, entre los que trabajan, muchos lo hacen de forma precaria.
La vida le enseñó a Rocha que el racismo no depende de clase social, currículo o cargo profesional y se presenta en los más variados espectros, ya sea en el ambiente corporativo o en una noche con los amigos.
“Una de las historias que más me marcó fue cuando una supervisora me dijo durante una evaluación de trabajo que yo debería alisar mi pelo y usar ropas refinadas porque yo era negra”, rememora Rocha, quien a la época ocupaba un cargo ejecutivo y gestionaba un equipo en diversos países de América Latina.
En ese momento, dice, se dio cuenta de que para los negros “no es suficiente la competencia técnica, la inteligencia o la experiencia”, porque lo que se exige es que “seamos otra persona” y “escondamos trazos de nuestra etnia”.