Cuando Barack Obama insinuó que el Reino Unido tendría que “ponerse a la cola” para negociar con Washington en caso de Brexit, Johnson respondió indignado y le llamó “el presidente medio keniano” (entre una lluvia acusaciones de racismo). En un artículo en ‘The Sun’ acusó a Obama de profesar “un desdén ancestral hacia el imperio británico” y de quitar de su vista el busto de Churchill que había en el Despacho Oval.
Comparó la Unión Europea con Hitler, llamó a Obama “el presidente medio keniano” y dijo que Hillary Clinton tiene la cara de “una enfermera sádica”. Pegó tiros junto a los ‘permeshga’ con un AK-47, se puso al volante de un Jaguar deportivo y se marchó sin pagar la factura de un bar en su visita al norte de Irak. Y eso por no hablar de su fijación con Turquía, hasta el punto de ganar un premio en ‘The Spectator’ por una poesía satírica, en la que fantasea con la relación sexual de una cabra con el presidente Recep Tayyip Erdogan…
Hasta aquí la reciente experiencia “diplomática” del nuevo titular del Foreign Office, Boris Johnson, que por cierto tiene ancestros turcos por vía paterna (de ahí la melena indomable) y se maneja con propiedad en cinco idiomas, del inglés al latín (es un experto en cultura clásica), pasando por el francés, el italiano y español.
En Europa no cuestionan precisamente su fluidez con los idiomas, sino más bien su propensión al disparate, su falta absoluta de diplomacia y su relación conflictiva con la verdad, que se remonta a su época de corresponsal de ‘The Daily Telegraph’ en Bruselas y quedó en evidencia durante la campaña del ‘Brexit’.
“Pensé que era una broma, pero no lo es”, dijo el ex primer ministro sueco Carl Bildt al conocer el nombramiento de Boris Johnson. Su homólogo alemán, Frank-Walter, Steinmeier le tildó de “político irresponsable”. Y el ministro de Exteriores francés, Jean-Marc Ayrault, le llamó “mentiroso”.