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LAGUNA DE VOCES
Ahora es mirar el día que muy temprano se convierte en noche, agarrarse a los recuerdos, convertir el presente en un manantial de memoria, para que nutra el futuro, tan incierto; y vivir, vivir con la inmensa voluntad de quien ha empezado a contar los minutos y las horas, porque sabe que la existencia humana, de por sí frágil, lo es más al paso de los años. Pero asumirse en la buena voluntad de quien se asegura que todavía es posible sorprenderse con la insistente y necia vocación de amar y amarse, en la palabra cumplida de no darse nunca por vencido.
Todos sabemos que después de un andar casi sin parar, porque la suerte nos otorgó no caer enfermos antes de tiempo, vienen los primeros recesos para volver al tiempo en que el mar nos miró por vez primera, y nos habló de su inmensidad, de su nunca acabar, porque es así su destino, nunca terminar, nunca agotarse, nunca morir.
Deseamos con infinitas ganas que algo hayamos aprendido de su condena de ser siempre mar, y ahora con la vista clavada en el cielo, en el espacio, en el firmamento, nos damos cuenta que, después de todo, algo nos contagia ese mar trepado en las alturas.
Hace tiempo nos contaron que en toda civilización existen personas que eran eternas, en el sentido literal y simple de los que no se van, que se quedan, que nos despiertan en las mañanas de frío para decirnos que aplazar el camino es un absurdo, un tentar a que la última estación se adelante. Y no, no es ni justo, ni razonable. Es un absurdo.
Que cuando llegue el cansancio y el hastío, nos encuentre en la carrera de todos los amaneceres, y si puede nos alcance, y si no, un día por día se sumarán hasta hacerle cancelar la visita, el encuentro.
De modo que el frío invernal es otro, porque nos mira pasar por un lado, por otro, y también desiste en su intención de que sigamos en el ensayo cotidiano del último aliento que es el sueño.
Pero también soñar, de preferencia despiertos, para dejar en claro que nunca dejaremos de hacerlo, atados a la permanente voluntad de amar, de querer estacionarnos en la fuente de la querencia, como decían en el pueblo.
Esa es la única receta para cerrar bien el ciclo: amar como el personaje de la canción de Silvio, cada una de las posibilidades que el día nos pone a la mano. Y hacerlo con la sinceridad y honestidad que, a estas alturas, solo un necio intentaría aparentarlas.
Eso es, sin duda, lo bueno de estas alturas de la existencia: es imposible fingir cualquier cosa, por mínima que sea, y con más razón es un desatino intentarlo en el amor.
Así que el día ya se transformó en noche mientras, por su invitación, nos pusimos a pensar en asuntos que con bastante regularidad olvidamos, porque siempre la prisa, permite no pensar, no nada, y en otros tiempos eso resultaba bálsamo para los que fuimos.
Bella tarde, bella noche la de ayer.
Bella vida.
Mil gracias, hasta mañana.
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