LAGUNA DE VOCES
Atesoramos cosas inútiles en la mayoría de los casos, porque poco o nada tienen que ver con la memoria de nuestra existencia. Llenar álbumes de estampas en la niñez mostró, apenas llegada la adolescencia, que era un absurdo presumir las que traían al pato Donald, y que lo mejor era guardar esa planilla siempre incompleta por una pieza que nunca apareció, pero que estábamos seguros costaría una fortuna si en algún momento nos descubríamos con ella en las manos.
Resultó que ni costaba tanto, y que si dejó cientos de álbumes mochos, no fue porque le rodeara algún misterio o una conjura interplanetaria, sino que simplemente se les había olvidado; de tal modo que cuando repararon en su error y se vieron en la obligación de hacer un tiro extra, cuando aparecieron en el mercado casi todos nos habíamos olvidado del asunto.
Perdió sentido conservar el tesoro fundamental de la infancia, y a la fecha no sé dónde fue a parar la versión “mini” que me tocó llenar.
En la edad adulta nos da terror pensar siquiera en la posibilidad de regalar ropa que ya casi nunca usamos, bien sea porque la panza impide ponerse el pantalón, o porque simplemente el traje predilecto brilla de tanto uso. En algún momento cedemos ante esta necesidad, y dejamos sobre la cama o el sillón de la sala, las prendas que deberán ir a parar quién sabe a dónde.
Apenas sentimos que el primer traje, saco o chamarra digamos decente que tuvimos, está por partir a un viaje sin retorno, marcamos presurosos a la casa para que cancelen la operación porque después de todo, con una buena compostura y llevada a la tintorería, servirá para determinadas ocasiones.
Y no, no es cierto, porque un día cualquiera finalmente nos deshacemos de lo que alguna vez representó la mejor “muda de ropa” que hayamos tenido.
Cuando aparecieron los discos compactos, casi estuve seguro que igual que con los libros, por fin estaba al alcance una oportunidad única para configurar la mejor fonoteca del mundo que duraría por los siglos de los siglos. Y está claro, a estas alturas, que empiezan a ser más las personas que se preguntan la manía de coleccionar cajas de plástico si las nubes del internet tienen todo al alcance.
Total que, -cada quien en su nivel-, los millonarios seguro se preguntarán para qué coleccionar tantos billetes y depósitos bancarios, si tarde o temprano perderán su sentido de ser, salvo que una mala jugada del más allá les conceda una que otra canonjía con algún diablo y uno que otro ángel dispuesto a la tranza.
Sin embargo lo único que si debemos tener como deber y camino, es atesorar el amor, porque sin duda es un artículo que se puede llevar, llegada la muerte, sin ningún problema. Y vea usted el porqué de lo que le digo: no ocupa espacio, salvo el corazón o el alma, que para casos prácticos es lo mismo a la hora buena. Se lleva sin llevarse. Es decir que no necesita ajustes de ningún tipo como la ropa; dura todo el tiempo que uno quiera y, por sobre todas las cosas, nunca pasa de moda.
El problema es que un buen número de personas dedican la mayor parte de sus esfuerzos a coleccionar cosas, y estas pueden ser las estampas que ya le conté, discos, coches, dinero, casas, relojes, en fin, todo eso que hace bulto en la mirada y despierta admiraciones.
Y tiene que pasar mucho, muchísimo tiempo, para descubrir un día cualquiera que estamos huecos por dentro, con un corazón-alma que suena como coco carcomido por el sol, y que llegado el momento último, ese que se dice postrero, nos iremos sin nada, pero nada de nada.
Entonces nos damos cuenta que esa frase de que llegamos sin un grano de arena que sea nuestro y así nos iremos, es falsa en todo el sentido de la palabra.
Venimos a atesorar amor, y amor del bueno, para que llegados al otro mundo, nos midan el premio o castigo por lo mucho que nos amaron, por lo mucho que amamos, por lo mucho que ese amor nos convirtió en mejores personas cada día, cada instante, cada día vez que abrimos los ojos y abrazamos la existencia… porque amar, vale la pena.
Mil gracias, hasta mañana.
jeperalta@plazajuarez.mx/historico/historico
twitter: @JavierEPeralta
CITA:
Venimos a atesorar amor, y amor del bueno, para que llegados al otro mundo, nos midan el premio o castigo por lo mucho que nos amaron, por lo mucho que amamos, por lo mucho que ese amor nos convirtió en mejores personas cada día, cada instante, cada día vez que abrimos los ojos y abrazamos la existencia… porque amar, vale la pena.