
FAMILIA POLÍTICA
“No aceptes lo habitual como cosa natural.
Porque en tiempos de desorden, de confusión organizada,
de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural.
Nada debe parecer imposible de cambiar”.
Bertolt Brecht.
El 9 de julio de 1996 (hace 27 años), plasmé en mi libro Visión de un Legislador un artículo con el título “Administrar el desorden”. Su leit motiv, una frase del filósofo existencialista francés Jean Paul Sartre, la cual dice “El pasado ya no existe y el futuro no ha llegado todavía. Mientras tanto: angustia, crisis, miedo a la libertad…” En ese tiempo era válido decir, y aún escribir, que “El tiempo de México se mueve entre el orden precedente, cuya ruptura es evidente y el orden que vendrá: entre los dos, el desorden.
Hoy, julio del 2023, no podemos decir que nuestra sociedad emerge del orden precedente, tampoco que estamos en un orden emergente; la verdad es que vamos caminando entre un desorden y otro, sin visualizar una propuesta de orden sustentable, durable, verdadera. La única definición de nuestro tiempo, desde un punto de vista dialéctico, dinámico y lo más apegado que se puede a la realidad, es que el régimen de partido casi único, ante su incapacidad de cambiar, fue generador de su propio desorden. Éste llegó por la vía que menos se esperaba; por un partido político inexistente, más bien, un frente con escasa institucionalidad y un líder mesiánico que logró con altísimas dosis de demagogia, movilizar a un pueblo mayoritariamente caracterizado por su analfabetismo político.
Más de un lustro pasó ya del advenimiento del mesías tropical, quien prometió un México en el cual las instituciones se fueran al diablo y se gobernara con pragmatismo; sin programas, solo con la trilogía ética rudimentaria de: no mentir, no robar y no traicionar. La transgresión a estos tres principios, daría lugar a severísimas sanciones. Como la advertencia a los narcos y otros delincuentes, de ser acusados con sus respectivas madres y abuelas, para que ellas administraran unilateralmente los correctivos que norma la ética en la nueva generación de gobernantes.
Está claro que si un orden se rompe, para sustituirlo se impone uno nuevo, incluyendo a las personas encargadas de su aplicación. La incógnita está en el tiempo: ¿cuándo?
Vivimos en el desorden. El origen de éste es tan reciente que algunos no aceptamos o no queremos darnos cuenta de dónde procede; nos atrevemos a pensar que de veras es cierto que todos los males, escritos y no escritos, de este país, se los debe México a varias generaciones de neoliberales irresponsables, corruptos, ignorantes, apátridas y otros adjetivos. Que conocemos las distintas etapas del Poder Ejecutivo, el cual, según sus seguidores, marcha por el lado correcto de la historia y que, sin embargo, fracasa todos los días en economía, educación, deporte, seguridad pública, administración de la justicia y su procuración, salud y paz pública. En conclusión: el desorden está entre nosotros; lo vivimos, lo fabricamos y no nos damos cuenta del daño que junto con él hacemos, porque no hemos aprendido a convivir con él, a administrarlo. Sí, es una norma básica de la política: hay que administrar el desorden. Mientras no exista una clara delimitación de las clases sociales y una clarísima oportunidad para vivir dentro del desbarajuste existente, pero administrado; esto es, que no lo menospreciemos reduciéndolo, sino dándole su justa dimensión y mirándolo con claridad en los reflejos de las leyes fundamentales de este país; todas escritas con letras de oro en los mismísimos muros de la Cámara de Diputados.
A México le hacemos falta todos; no podemos ser un pueblo dividido; no debemos sobrevivir mucho tiempo en el odio y en la prioridad de los asuntos electorales, por encima de una administración pública sana y a cargo de los mejores, de los más preparados y de los que pensemos lo que podemos hacer por la Patria, antes de exigirle a la Patria que haga algo por nosotros.
En una sociedad con tantos muertos; con tan altos niveles de inseguridad pública; con tremendos fracasos en el campo, en la salud, en la educación; dentro de una obsesión mesiánica por heredar sucesor o sucesora, a cualquier precio. Esto es el desorden, antes de que llegue el nuevo orden, hay que administrar el caos; pero no podemos administrar lo que no existe o existe, pero nos negamos a verlo.
Sigo creyendo que México es y seguirá siendo más grande que sus problemas.
Cambiando de tema: debo confesar que en las primeras incursiones que tuvo Xóchitl Gálvez en la política hidalguense, presentó algunos detalles de su personalidad que me cayeron mal y creo que hasta lo escribí. Pasados los años, sé que es la única persona que puede imponerse de tú a tú con el líder de la 4T sin arredrarse, sin achicarse, sin permitir que el temor fundado le impida cumplir con su destino histórico.
Si mis escasos, pero selectos lectores consideran que con estas líneas estoy rectificando mis propias afirmaciones de ayer, les digo que sí; que mi naturaleza agnóstica hace que no me case con ninguna postura o idea preconcebida; que soy capaz de cambiar de opinión, cuantas veces la verdad o mi verdad se presente nítida ante mis ojos de observador, modesto sí, pero con grandes pretensiones de seriedad y compromiso.