LA GENTE CUENTA
De pronto, salgo de mi ensimismamiento. El incipiente frío, un aire gélido que entra hasta en mis huesos, me recuerda que la noche está comenzando a caer sobre esta selva de concreto y, encima de mí, hay un farol cuya luz amarilla, débil y tenue, ilumina mi frustración y las ganas muertas de poder verte.
Sentado en una banca, aquellas que aún guardan el romanticismo y la añoranza de una ciudad que fue y ya no volverá a ser, he pasado mucho tiempo esperando el verte, contemplar cada una de tus pecas, rematadas con unos labios rosas y una sonrisa resplandeciente, y acompañadas de unos ojos cafés claros, un tono similar al de tu cabello.
Justo cuando el Sol se despedía de la bóveda celeste, otrora llena de nubes grises, y después iluminada de un tono amarillento, me senté cerca de unos arbustos, en un lugar oculto de la gente y su hipocresía, en donde florecían unas rosas con el mismo color de sus labios y, me emocioné, pensé que la tarde era joven y prometía mucho.
Me puse a pensar en la última vez que nos vimos, cuando tímidamente te propuse salir de nuestra rutina, pensar en un escaparate en el que dejáramos de movernos con la ciudad, y crear un mundo alterno, sin prisas, sin necesidad de escapar, solo tú y yo.
Mi mente comenzó a maquinar todo tipo de escenarios, y en todos estabas tú, con tu sonrisa remarcada por las pecas en las mejillas, mientras que yo te daba razones para quedarte a mi lado, ofrecerte un cariño incondicional, sin algún tipo de ataduras. Y mientras tú te acercabas a mí para probar el néctar de tus labios, rodeando trémulo mis manos a tu cintura esbelta.
El frío me hizo volver a mi realidad, para darme cuenta que, a quien abrazaba con tanta ternura y calidez era a mí mismo, mientras que el farol, único testigo de mis deseos, solo se dedicaba a iluminar aquella escena. Una notificación en mi celular apenas contenía una pista de tu paradero: “tuve que salir a una emergencia, discúlpame”.