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Fiestas y tradiciones normalistas

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FAMILIA POLÍTICA

“La misma noche que hace
blanquear los mismos árboles…
Nosotros, los de entonces,
ya no somos los mismos”
Pablo Neruda.

Dicen los especialistas en Psicología, que la personalidad es genérica y evolutiva; genérica porque todos tenemos una; evolutiva, porque diariamente aprendemos algo nuevo, así tengamos cien años de edad.
    Recientemente recibí una invitación para la presentación del libro, cuyo título corresponde al de este artículo, del Grupo Renovador Normalista. Son destacados miembros de él, mis maestros y amigos Bonfilio Salazar Mendoza y Jaime Flores Zúñiga. Tan significativo acto se celebró en las impresionantes instalaciones de la Feria Universitaria del Libro, el pasado sábado 24, con nutrida asistencia de profesores, egresados de diferentes normales, docentes en activo, jubilados y estudiantes de perfil heterogéneo. El Doctor Gonzalo Aquiles Serna Alcántara moderó los trabajos y tuvimos el privilegio de comentar, la Profra. Rosa María Flores Pelcastre y quien esto escribe.
    Abrir las evocadoras páginas del precioso texto que se integra por testimonios, fotografías, crónicas, anécdotas y todo cuanto imaginarse pueda, en relación con decenas de generaciones que compartimos un origen y un perfil, cuyo eje central es la vieja casona de Mina, sin desconocer otros espacios en otros tiempos.
    La vida nos da sorpresas, como dijera el clásico. Así, el eternamente joven Bonfilio Salazar me sorprendió, cuando en las páginas de su amorosa creación, me presumió las letras de los primeros sonetos que mi pluma dio a luz y que, para mí, a través de los años, siguen siendo fuentes de contradictorios sentimientos. Me explico:
    Al año siguiente de mi egreso, el inolvidable Gaudencio Morales, me pidió que dijera el florilegio a Elva Rosalba I. Autosuficiente, pagado de mí mismo (lo confieso con rubor), contesté al viejo Maestro: -Con mucho gusto, Licenciado; lo quiere usted en verso o en prosa -¿Lo puedes hacer en verso? Preguntó. -¡Claro! ¿Qué forma poética le gusta? -El Soneto, contestó sin titubear; -Creo que con doce sería suficiente…
Hasta entonces comencé a darme cuenta del tamaño que tenía el compromiso adquirido; yo no sabía con claridad lo que era un soneto.  Después de leer, leer y leer; me puse a escribir, escribir y escribir… Cuando presenté el resultado al Director, me dijo: -Me parece muy buen trabajo, pero yo no sé de esto, muéstralo a mi amigo, el Profesor y Licenciado Jesús Ángeles Contreras; es un laureado poeta, muy versado en estas artes.
Ni tardo ni perezoso busqué al Maestro, quien me pareció impresionante: gigantesco, enorme, elegante… Después de leer mis sonetos, me dijo más o menos lo siguiente: -¡Esto no es suyo, compañero! Salvo muy pequeños detalles, su métrica y su rima son perfectas; acusan marcada influencia de los poetas novohispanos del siglo XVIII ¿Qué preparación tiene? ¿Cuánto tiempo tardó en escribirlos? -Acabo de salir de La Normal, tengo primer año de Literatura en la Normal Superior y empecé a redactar el martes (era viernes). -¡Lo dicho! continuó con energía: Manuel José Othón tardó ocho años para componer los siete sonetos de su Idilio Salvaje, y usted me dice que escribió doce en cuatro días. Los versos no son suyos, a menos que nos encontremos en presencia de un genio.
-Licenciado, le dije, mi condición ética me impide ser plagiario; puedo mostrarle paso a paso cómo nacieron mis versos; es más, ponga un tema y deme media hora para hacer uno. -¡Tráigame sus notas! dijo. Lo hice, y se dio cuenta de que sus dos juicios estaban equivocados: no soy plagiario, mucho menos, genio.
Llegó el día en que debía ofrecer el florilegio. Con malévola influencia, mi amigo Jaime Ibarra Chavarría (quien recientemente pasó a ocupar su columna en el Eterno Oriente), me dijo minutos antes: “Tómate una ginebrita, para darte valor”. Así lo hice, fueron dos. Al subir al escenario, yo, que me había aprendido de memoria las letras de los doce sonetos, aparecí en la tribuna con la mente absolutamente en blanco. Ni una palabra salía de mi boca, totalmente desconectada de mi cerebro atrofiado por el pánico. La providencial presencia de la Profra. Elisa Aguado, con mi texto en la mano, salvó la situación. Ya no leí; mi memoria se restableció; la seguridad me dio fuerzas para seguir adelante. En el libro está, con caracteres de imprenta, aquel testimonio de mis primeras letras que propiciaron el elogio del gran poeta y mi rotundo fracaso como declamador e intérprete de mí mismo.
Sé que hablar en primera persona es una majadería; siempre que me encuentro en una situación similar, alego en mi descargo la afirmación de Don Miguel de Unamuno: “Hablo de mí porque soy el hombre que tengo más a la mano”.
Todo lo anterior tuve que decirlo al comentar las “Fiestas y Tradiciones Normalistas”. El libro, como ya dije, está formado por vivencias personales; apreciaciones y sentimientos que la tradición imprimió en la memoria colectiva. Entre el público estaba una colección de mujeres normalistas que, en su tiempo, tuvieron el privilegio de portar sobre su pecho la emblemática flor que las identificaba como las más bellas entre las bellas y soberanas entre sus iguales. Todos éramos súbditos simbólicos bajo el cobijo de la estrella roja de cinco puntas, con una “N” blanca en medio. ¡Oh, nuestra amada Normal! No egresamos como eruditos, ni expertos en el conocimiento de las Ciencias de la Educación; tampoco tuvimos a nuestro alcance las máximas teorías pedagógicas del siglo; eso sí, fuimos axiológicamente formados en los principios de la escuela rural mexicana, dentro de un patriotismo que hoy parece anacrónico.
Cerca de trescientas páginas guardan múltiples nombres y recuerdos. Así, por ejemplo, se sabe que la institucionalización del símbolo Flor Normalista, se debe a la iniciativa de Jesús Ángeles Contreras, Isaac Piña Pérez y Benito García Torres; los tres, sensibles poetas; siempre románticos, adoradores de la belleza femenina. En cada una se honra a la mujer mexicana; en ninguna envejecen los arquetipos: el pasado, el presente y el futuro de la educación en México se reflejan en los bellos ojos de las maestras y en la personalidad de quienes tuvimos el privilegio de abrevar en las mismas aguas.
Efectivamente, pienso con Neruda que “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” aunque, reflexiono: ¡No!, no somos los mismos, somos más viejos, pero mejores porque no nos fuimos de La Normal, ella viene con nosotros; no está en una chamarra o en una camiseta; es parte de nuestra piel; es un eterno tatuaje espiritual.