LAS ANTENAS DE CERRO JUÁREZ
* Ha vivido 50 años en la más absoluta soledad, a 300 metros de altura * A sus 75 años el encargado de los transmisores de Radio y Televisión de Hidalgo en el Mezquital, confiesa que su vida terminará como único dueño del horizonte más grande que se pueda mirar, casi en la cima del mundo
PUERTO JUÁREZ, municipio de ZIMAPÁN.- A los 19 años de edad, Epifanio González decidió hacerse a la mar en un buque de piedra que zarpó de Puerto Juárez, municipio de Zimapán, una mañana de viento. 30 navegó sin más compañía que su alma; otros 20 acompañado por su hijo, la vida entera sin entender cómo había amarrado su vida a una antena de radio instalada en 1962 en la mera punta del cerro, a más de 300 metros de altura.
Supo que ese enorme navío con proa de roca recién dinamitada, que en un principio lo aceptó prácticamente como polizón, acabaría nombrándolo capitán eterno, sin más tripulación que su alma, y una obsesión, como todas necia, que le despertaba en las madrugadas para saber si la planta de diesel que se usaba en un principio, no empezaba a toser con ganas de ahogarse.
Su papá, Wenceslao González, y su madre, María Jesús, le dijeron que no aceptara el trabajo que le habían ofrecido los ingenieros, que un día de 1959 llegaron a su pueblo para instalar, mero en la punta del cerro, la antena que daría origen a Radio Mezquital. “Nada más te vas a endrogar si descompones los aparatos, ni leer sabes. Mejor dedícate al ixtle y al campo”.
Pero no escuchó. Por el contrario, se sumó con gusto a la tarea de subir, en una cuesta empinada, desde bultos de cemento, arena y agua, para finalmente, en el 62, ver cómo se hacía realidad el milagro de los sonidos que llegaban por el aire y se iban en el aire hasta quién sabe dónde.
La primera vez que miró el horizonte desde la cubierta del gigantesco barco que navegaba a más de 300 metros de altura sobre el nivel del mar, se supo dueño de una riqueza absoluta que pocos seres humanos podrían poseer: el cielo, las nubes, las estrellas, la noche insondable, los volcanes. Pero también tuvo conciencia que se quedaría solo y tendría como obligación aprender a saborear la soledad real, física y mental, esa de la que no se puede escapar porque a semejante altura, igual que si fuera el mar, quien se baja de la embarcación acaba por necesidad difunto.
Cerro Juárez
Para llegar mero allá arriba donde se mira un buque sin velas, ni proa, ni quilla, pero sí con una interminable ancla de roca, se debe llegar primero al lugar de donde partió don Epifanio en 1962, Puerto Juárez y así subir al cerro de mismo nombre.
En ese entonces como a la fecha, el rostro curtido del único capitán con navío que cruza los mares del cielo sin moverse un centímetro de su lugar, apenas si muestra expresión alguna de cansancio. Es el mismo que con 19 años trepaba el cerro con bulto de cemento al hombro, arena, agua, y hasta pedazos de acero que dieron origen a la antena de lo que entonces era Radio Mezquital, la primera emisora dedicada a la educación de comunidades indígenas del país.
Subir por la ladera empinada más de 300 metros ha sido en más de 50 años una tarea de todos los días. Por eso camina, correoso para el cansancio, espera, anima a los que agarran aire con resuellos como de ahogados y, respetuoso, apenas si deja mirar un intento de sonrisa.
Para don Epifanio, menos de una hora. Los otros, que se atrevieron a mirar y decidir el ascenso, más de dos y media, casi tres.
Está en el cielo. Nada que le compita a los lados. La cima del mundo.
Labor de ingeniero
Mira las letras, las pronuncia, pero reconoce que siempre se ha hecho bolas para juntarlas, que luego salen palabras que ni existen. Pero algo es cierto, desde que los ingenieros que venían de La Marquesa, allá en el estado de México, colocaron los primeros aparatos que eran de bulbos: quedó como encargado técnico del equipo de transmisiones.
Y por radio preguntaba lo que podía hacer cuando de pronto la señal se quedaba quieta, muda. Todavía en uso los bulbos, los identificaba por puras letras, el KVH, el AF y los cambiaba para recuperar de pronto los sonidos.
Pasó de ser empleado del Patrimonio Indígena del Valle del Mezquital al gobierno estatal, pero confiesa que en lo económico le fue peor porque siempre ha ganado poco, “a ver si con esto se acuerdan de mí, porque ya me hice viejo y a veces pienso que mejor me hubiera ido con mis hermanos a los Estados Unidos”.
Mejor la soledad
A sus 75 años, el hombre responsable de que las señales tanto de la radio como la televisión del estado de Hidalgo lleguen a toda la región del Mezquital, y más allá, confiesa que de no ser por las carencias que siempre le han tocado sería un hombre satisfecho con la vida.
“Aquí estoy contento. Porque en la casa ya no me acostumbro. Viera que hasta es bueno estar lejos de los que luego nadamás llegar a pedirle a uno cosas, y cuando les dicen que estoy hasta acá arriba pues no hay quien se anime. A estas alturas ya no cambia uno y ni falta qué hace. Como dices parece un barco, más con la neblina que luego se agarra del cerro y hasta parece que uno flota en el cielo. Esta es mi vida y así seguiré. Cuando llego a quedarme en la casa no duermo porque pienso que a lo mejor algo le pasó al transmisor y ahí vengo de regreso”, y por vez primera se ve hasta conmovido, porque agradece, reconoce porque muchos le han dicho que lo van a ir a entrevistar y nunca llegan.
La Radio
Por eso, cuando escuche su estación de radio, cuando vea el canal de televisión del gobierno estatal, no se le olvide que allá en el Cerro Juárez, a 300 metros de altura, don Epifanio lleva 50 años como capitán único, eterno, del gigantesco navío que lo mismo ha enfrentado tormentas, que luces que se hacen grandes y luego desaparecen. Allá, en la punta de las nubes, vive quien a los 19 años decidió que su vida era velar día y noche porque un transmisor nunca se apagara, porque a lo mejor, en una de esas, es el mismo Dios quien quiere hablarle a la gente.