Los equilibrios
“El poder tiende a corromper y el
poder absoluto corrompe absolutamente”
Lord Acton (1834-1902).
- No es coincidencia que, tiempo después, precisamente en esta cuna de la trilogía conceptual Libertad, Igualdad y Fraternidad, se constituyera el Consejo de Estado, remoto antecedente institucional de los tribunales de lo contencioso administrativo
“Es una experiencia eterna que todo hombre que tiene poder tiende a su abuso… hace falta que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder”.
Lo anterior fue escrito por Montesquieu, filósofo enciclopedista, ideólogo de la Revolución Francesa. El tema del abuso de poder se vivió en aquel país en su máxima expresión, con Luis XIV (el Rey Sol), quien acuñó la célebre frase “El Estado soy yo”. Entre líneas, se puede traducir: “yo soy el territorio, yo soy la población, yo soy el poder soberano; mi voluntad y mi palabra están por encima de la ley”.
No es coincidencia que, tiempo después, precisamente en esta cuna de la trilogía conceptual Libertad, Igualdad y Fraternidad, se constituyera el Consejo de Estado, remoto antecedente institucional de los tribunales de lo contencioso administrativo. Nuestro José María Morelos lo dejó escrito con gran claridad: “Que todo aquel que se queje con justicia, tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo proteja contra el fuerte y el arbitrario”.
Antes de tratar estos temas, es necesario un análisis introspectivo de la naturaleza humana, cuya concepción dentro de la historia de las ideas, se encuentra llena de contradicciones. Ya se ha escrito en este mismo espacio la afirmación de Sócrates, en el sentido de que el hombre es bueno por naturaleza, aunque también agregaba que puede ser malo por ignorancia.
En plena Italia renacentista, el verdadero padre de la Ciencia Política (el vilipendiado Nicolás Maquiavelo), afirmaba contundente: “El hombre es malo por naturaleza, a menos que le precisen a ser bueno”.
Rousseau, otro filósofo enciclopedista, decía sin ambages: “El hombre es naturalmente bueno, es la sociedad que (sic) lo corrompe”.
Las anteriores consideraciones pueden ser objetos de estudio desde diferentes perspectivas. Para lo que aquí interesa, analizaremos solamente dos puntos de vista: el ético y el jurídico.
Desde una visualización ética, si el hombre naciera bueno, no necesitaría de norma alguna; su conducta se regiría por sus simples impulsos naturales: sin códigos, sin religión, sin sistemas jurídicos, sin cárceles… Si, por el contrario, fuera la maldad su característica distintiva, ella regiría las relaciones tanto entre individuos cuanto entre naciones. Solo imperaría la ley de la selva, la supervivencia de los más fuertes.
Cuando Sócrates afirma que la ignorancia genera maldad, tácitamente sugiere que el camino hacia la bondad pasa por el conocimiento; esto es, no se trata se una condición pasiva, sino activa: para seguir sus impulsos naturales hacia lo bueno, el ser humano debe aprehender todo el conocimiento posible; si no lo logra, puede transformarse en malo.
Maquiavelo es más drástico, no admite posibilidad alguna de cambiar la maldad innata por una bondad adquirida; se puede limitar, más no trastocar; lo único que importa para la convivencia humana en sociedad, es la conveniencia, la posibilidad de vivir en paz, inclusive abusando de los demás.
Si para conseguir mis objetivos debo mentir, mentiré; si hay que engañar, engañaré; mataré si es necesario o haré la guerra… aunque de tal manera que mi imagen no sufra menoscabo. Si puedo ocultar mi perversidad, lo haré, porque finalmente “el fin justifica los medios”.
El Príncipe, dice el florentino, puede llegar a gobernar por dos vías: la voluntad popular o la fuerza. Las posiciones de poder no culminan al conseguir la investidura; el reto es conservarlas. ¿Qué es más importante para El Príncipe? ¿ser amado o ser temido? Claro, responde el tratadista, lo ideal es ser amado, “pero si tu poder está en riesgo, sin titubear elige ser temido”. Entiéndase, sostengo que Maquiavelo no es malo, no es maquiavélico; simplemente es pragmático, sigue vigente en los estados autoritarios.
Juan Jacobo Rousseau es defensor de la llamada Teoría de El Buen Salvaje; su libro Emilio, lectura obligada para todo estudiante normalista, es la historia de un niño que, por decisión de su comunidad crece en estado silvestre, sin contaminación cultural ni social de ninguna especie; se desarrolla feliz, sin complejos, sin maldad, libre de todas las taras que la convivencia trae consigo. Por eso pregona la bondad innata y la perversidad corruptora de la sociedad.
En otro orden de ideas, cuando se perfeccionó la Teoría General del Estado, los tratadistas se pusieron de acuerdo en que el poder soberano es uno, no tiene límites; no hay equilibrio; la relación entre gobernantes y gobernados es siempre de supra a subordinación. Un camino para encontrar contrapesos, es que tal potestad se autolimite en un acto de voluntad, lo cual es teóricamente imposible, ya que El Estado es una ficción jurídica; creación del Derecho; no está en el tiempo ni en el espacio; carece de entidad y de identidad, por lo tanto, no tiene voluntad propia. Así, dice Montesquieu, la supremacía tiene que dividirse en tres órganos igualmente soberanos, para que el poder detenga al poder.
El principio de División de Poderes no es un juego, tampoco una ficción jurídica; es una realidad normativa, pilar fundamental para la existencia del Estado de Derecho, más en una democracia participativa. Desde luego, hay quien lleva su pragmatismo más allá de la norma jurídica.
Sin duda, al romper voluntaria o involuntariamente este sutil equilibrio, puede pasarse de manera imperceptible del jure al facto; del derecho al hecho; de la norma al pragmatismo, antes de llegar al inevitable destino: la Anarquía, el Nihilismo.
La corrupción no consiste solamente en la apropiación ilícita de bienes pecuniarios o materiales. La ignorancia también es corrupción.