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Trump y Ockham

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Terlenka

Con la vejez viene la rabia. Una furia interior que ha sedimentado en el ser humano y que explota cuando nadie lo espera. Como el odre viejo que se ha cansado de albergar el licor y un día comienza a escurrir vino podrido por todos lados. A cierta edad ya no se perdona tan fácilmente a los gañanes y su existencia provoca un agudo malestar que encuentra asilo en nuestras vísceras y hace que el final de la vida se torne amargo y doloroso. 

Algunas personas —repasando una frase de Joseph Conrad, leída en su cuento Los idiotas— resultan ser “una ofensa para la luz del sol.” El hombre rabioso en el que uno se va transformando ya no soporta algunos rostros, ni tampoco sentencias huecas. Le llega a ofender el ronquido del mentecato y el murmullo de las señoras cebollas, inclusive. Y así se la pasa hasta que llega un día en que se envuelve en su original posición fetal, se encierra en sí mismo y vuelve a ser piedra y proyecto de alguna próxima obra de terror.
Con la vejez viene la rabia. Y el apartamiento. Yo no me considero un viejo y todavía le pateo el trasero a la muerte; sin embargo, la rabia me visita a menudo. No tengo más remedio que ser un perro rabioso o un alma en pena, o un perro que pena, o un alma rabiosa, pero nada más. La gente que no me conoce puede tratarme mal y ello no me causa ninguna molestia. No saben con quién están tratando y por lo tanto tomo sus insultos y malos tratos como efecto de mi pésima fortuna: me he encontrado de pronto con un charco de vómito y he resbalado. ¿Qué puede hacerse? Nada, acaso aprender a caminar con más cuidado y mantenerse avispado para no resbalar en el fango macilento. En cambio, quien te conoce y te ofende provoca el resurgimiento de esa furia interior que pacientemente se ha almacenado en tu sistema nervioso (el central, el periférico, el lunar y el terrestre).
Si quien me ofende sin conocerme no me causa más que curiosidad y sólo ratifica mi mala suerte, ¿qué podría opinar respecto a alguien que ofende a un edificio o a una montaña? Lo tacharía de un loco, pues ni las piedras o los cerros pueden ser lastimados en su orgullo o en su dignidad. Tampoco los países. Es absurdo pensar en un país herido en su decencia. Y todavía parece más extravagante pensar que alguien lo defienda. Un país es una construcción de la mente y por lo tanto puede mudarse de realidad. ¿Por qué necesariamente tendríamos que definir el concepto país como el conjunto de personas que habitan un territorio limitado por fronteras geográficas? ¿Por qué no definirlo como el lugar donde habitan las personas que han leído a Aristóteles o que se visten con ropa color marrón? Nos ahorraríamos muchas penas si leyéramos, no importa a qué edad, a Guillermo de Ockham (filósofo medieval, franciscano, nominalista y destructor de mitos). O más que leerlo: volver a repasar sus ideas. Y permítanme expresar de plano una boutade: hoy en día no se necesita más filosofía que la de Ockham. El filósofo medieval nos conminaba —como después lo haría Wittgenstein— a no inventar términos fútiles ni aumentar abstracciones a las cosas concretas y a los individuos que forman una comunidad real. Por ello, ahora que un anciano analfabeta y millonario como Donald Trump tiene opiniones acerca de “algo” que él concibe como “México”, no tiene ningún caso ponerle mayor atención y menos considerar o creer que se refiere a una cultura, a una tradición o a una comunidad definida por rasgos sustanciales. Si los funcionarios del gobierno mexicano —y algunos extras— defienden a México de las declaraciones de esta extravagante figura, me gustaría recordarles que antes que defender a un país primero hay que construirlo, edificarlo y sostenerlo respetando el pacto social. Los más importantes daños al “país” son causados, precisamente, por quienes desde dentro de su concepto y territorio geográfico erosionan con su conducta, rebelión e inconsistencia civil y corrupta la idea de sociedad o de comunidad real. Ockham nos ha enseñado a no inventar problemas o palabras que carecen de realidad (incluida la realidad poética). No se defiende a un país sin antes construirlo. A mí, viejo rabioso, me ofenden más las fortunas económicas y el cinismo de los políticos locales, que las declaraciones de un payaso acerca de algo que ni siquiera conoce.