OPINIÓN
A partir del domingo 7 de junio la ciudadanía manifestó su voluntad mediante el voto. Aquel México teñido de un solo color partidista quedó atrás y abrió pasó a otra imagen bicolor durante un tiempo, para llegar ahora a las expresiones de los diversas ideas e ideales que nos muestran mapas de varios tonos, de diversos matices y que nos enseñan, también, la sociedad plural que hemos logrado construir en convivencia.
Así está pintado el mapa de México; así se ha manifestado la voluntad de los electores en una democracia que se consolida y avanza. Ahora, los ciudadanos en general buscamos objetivos y metas para nuestro país, seguramente equivalentes, ubicados esos anhelos en un país mejor y bueno para todos. Las vías pueden variar en el espectro político e ideológico; los caminos para un buen y rápido arribo a ese ideal mexicano se mueven de las izquierdas a las derechas y pasan por un centro también democrático. Los instrumentos diversos de cada posición en esa muy polémica geometría política se debaten y quieren abrirse paso para lograr sus correspondientes métodos y rutas. En eso consiste la acción y el pensamiento político.
La visión política y de los políticos miran esa policromía geográfica y hacen cálculos, miden fuerzas, trazan escenarios en el avance de su respectiva manera de mirar al país. De eso trata una democracia: de una confrontación de ideologías y por ello, de rutas a seguir en la búsqueda del destino común. Eso no sólo es correcto, sino bueno y necesario para mantener a un pueblo vivo y en movimiento constante. La variedad política en la distribución del poder político nos garantiza a los ciudadanos mayor control y mejor autocontrol de cada gobierno y de cada fracción parlamentaria. La competencia política beneficia a los ciudadanos.
Pero hay que decirlo, en la rama judicial no se ve así el mapa del país o de cada entidad federativa. Para quienes ejercen la función jurisdiccional, esos mapas son en blanco y negro, sin colores ni matices. Todos son iguales, ningún mexicano es diferente ante la ley y la justicia.
Esa diferencia de percepciones ante las diversas composiciones geográficas del país, ya sea por ideología, como el caso que ahora se comenta, o por niveles de ingreso, o de educación, o de composición étnica, para citar algunos extremos conocidos, no existe ante las lentes de la justicia. Se debe dar a cada quien lo suyo, y cada quien es cualquiera, ante la inmensa gama de circunstancias humanas que puedan informar sobre determinada persona.
Esa visión en blanco y negro de la justicia es carretera de ida y vuelta, pues a la justicia tampoco debe mirársele teñida de algún color o ideología, que mantienen por supuesto, sus miembros, los juzgadores, a título personal, pero nunca como órgano del Estado.
Los Tribunales del país mantienen una saludable lejanía de esa policromía ideológica del interior al exterior, al resolver conflictos de personas sin reparar en sus perfiles y circunstancias personales, salvo para lograr igualación en trato y resultados.
Pero del exterior al interior de esos Tribunales debe repetirse la operación, pues ningún órgano judicial puede asumirse teñido de algún color. Su neutralidad ideológica es garantía de una justicia saludable y no politizada, pues en ese caso, se advertirían patologías inadmisibles en una democracia.
El país vive una revolución pacífica de la justicia desde hace años y todos los tribunales del país, conjuntamente, trabajan sin tregua para implementarla de buena manera y a tiempo; sin filias ni fobias de ninguna especie, que si en política son naturales, en justicia no lo son.