Home Nuestra Palabra La democracia: pesos y contrapesos

La democracia: pesos y contrapesos

0

FAMILIA POLÍTICA

“La lengua es una bestia incontrolable”; puede causar más daño que una espada.  Hacer leña del árbol caído es una oferta diabólica que tienta hasta a aquéllos que fueron beneficiarios del sistema durante toda su vida y que hoy no pierden la oportunidad de renegar de sus orígenes, de criticar acremente, todo lo que un día practicaron.  El “chapulinismo” de un Partido a otro, en nuestros días se mira casi normal: hay quien amanece panista, en su trabajo se comporta como priísta y por la noche en una mesa de café, lo envuelve la ola triunfalista, a una vociferante oposición sin consistencia, casi clandestina

 “La Democracia es el peor de los sistemas políticos…
Con excepción de todos los demás”.

Sir Winston Churchill.

Si se acepta la definición de Democracia, como: “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, de manera simplista, se esquematiza en tres grandes principios: opinión de todos (sufragio universal), decisión de las mayorías y disciplina de las minorías.  Visto con esta simpleza, parecería  un exceso la cantidad de recursos materiales, financieros y humanos que requiere la vigencia de las instituciones.  Definitivamente la dictadura es más barata.
Lograr “carro completo” es aspiración de todo Partido político; sin embargo, este concepto, cuando se hace realidad, riñe con la esencia misma de esta “forma de vida”.  Ninguna mayoría existe sin el sustento dialéctico de la minoría.
Cuando se registra elevada participación en las casillas electorales y de manera inobjetable, además del Ejecutivo, un mismo Partido conquista todos los espacios legislativos por elección directa y otros mandatos, locales o municipales, si no existiese la asignación a las primeras minorías o a la representación proporcional, el candidato triunfador sería, algo así, como un dictador potencial ungido constitucionalmente.  La tentación del absolutismo, es grande, para cualquier político.
En un sistema como el nuestro, sólo votan, cuando mucho, seis ciudadanos de cada diez.  De los que sufragan, tres en promedio, lo hacen, en contra del triunfador.  Así, aunque el Primer Mandatario llegue con la mitad más uno, para sustentar su legítima investidura es necesario hacer la siguiente reflexión:

    •    En el mejor de los casos, el Titular del Ejecutivo contará con el respaldo de solo tres de cada diez electores.  De manera expresa o tácita tendrá en su contra a siete.  Luego, gobernará al país, la minoría más grande, aunque en el Legislativo, se logre configurar la mayoría absoluta (50% + 1) y aún la calificada (Dos terceras partes).


La elección es el punto culminante de un proceso.  Antes de llegar a ella se dieron dos contiendas, desgastantes y de gran confrontación. La primera en el seno de partidos y organizaciones por lograr una candidatura y la segunda, entre los diferentes institutos políticos o candidatos independientes.  Las alusiones personales, descalificaciones, insultos, acusaciones de corrupción, apodos, difamación en periódicos y redes, etcétera, hacen muy difícil lograr una eficaz “operación cicatriz”.  Los rencores, subyacen en la conciencia (o en el subconsciente) de los adversarios.  Es difícil perder con dignidad;  también lo es ganar sin arrogancia.  En un ejército, aunque los generales se den la mano y suscriban  pactos de unidad y reconciliación, la tropa tarda en asimilar, tanto el triunfo, cuanto la derrota (como ejemplo, baste la agresiva actitud de una “senadora electa” por Baja California, quien bajo los humos del alcohol, profirió insultos, en un triunfalismo rayano en odio).
“La lengua es una bestia incontrolable”; puede causar más daño que una espada.  Hacer leña del árbol caído es una oferta diabólica que tienta hasta a aquéllos que fueron beneficiarios del sistema durante toda su vida y que hoy no pierden la oportunidad de renegar de sus orígenes, de criticar acremente, todo lo que un día practicaron.  El “chapulinismo” de un Partido a otro, en nuestros días se mira casi normal: hay quien amanece panista, en su trabajo se comporta como priísta y por la noche en una mesa de café, lo envuelve la ola triunfalista, a una vociferante oposición sin consistencia, casi clandestina.
Cuando la gran masa se manifiesta arrolladoramente, no puede hablarse de traición.  Es su propia corrupción mucho tiempo alentada desde el poder; es el hartazgo de mirar la opulencia de quienes se enriquecieron bajo el cobijo de las instituciones, mientras los extremadamente pobres, no tienen a veces ni para llevarse un mendrugo a la boca.  La pérdida del poder es el precio que pagan los privilegiados que, sin derecho, disfrutan de lo superfluo mientras muchos carecen de lo estricto (Diaz Mirón dixit).
Cuando un partido se convierte en gobierno, tiene obligación de ser magnánimo.  Triunfadores y derrotados: todos somos mexicanos.  Los primeros deben buscar el respaldo de los segundos y éstos, asimilar que apostar al fracaso de unos poderes legal y legítimamente constituidos, en aras de intereses particulares o partidistas, sería la más abyecta de las mezquindades.  Este silogismo se ha vuelto lugar común, pero es verdad: “Si le va mal al Presidente, pierde México.  Si pierde México, perdemos todos”.
Unidad no quiere decir identidad, sino suma de esfuerzos en pro de los valores superiores de la Patria.  El respeto a las diferencias es esencia de la democracia.
Cierto: los partidos políticos abandonaron sus principios y su ideología.  El pragmatismo los llevó a corromper la naturaleza del voto popular.  Una buena cantidad de ciudadanos, acepta dádivas interesadas sin importar origen ni color.  
Es hora de volver a empezar; de redescubrir, de revalorar la naturaleza ética, política e histórica del, hoy tan devaluado, sufragio efectivo.
En un sistema de pesos y contrapesos, la mayoría, por muy relativa que sea, tiene que apoyarse en la nueva minoría, que ayer fue gobierno y hoy debe aprender a ser oposición madura, leal, propositiva…  La nueva mayoría tiene que asimilar que no puede ser gobierno y oposición al mismo tiempo.  
Cuando la representatividad partidista decrece, la espontaneidad organizativa de la sociedad, ocupa su lugar.  En política, no hay espacios vacíos.

Julio, 2018.