Terlenka
En estos días se cumplen cinco años de la muerte de Carlos Monsiváis. Si soy sincero nunca tuve deseos ni fortaleza para escribir acerca de su literatura, aunque había leído casi todos sus libros en mi juventud enferma de lecturas desordenadas.
Su personalidad mitológica era un obstáculo para practicar la objetividad, y sobre todo el hecho de que sus temas, su escritura tan personal como un cáncer que se expresa libremente y su inclinación a narrarlo todo, o al menos insinuarlo, resultaban más que un impedimento frugal: una barda infranqueable para mí. Escribir acerca de Monsiváis se parecía mucho a entrar a un teatro popular y formar parte de un público que, por medio de un acto de magia, se convertía repentinamente en el actor principal. El escritor transformaba en tema popular y morboso todo lo que tocaba: México y él vivían un matrimonio empalagoso, indisoluble y perfecto. Monsiváis fue mi vecino pues yo viví casi una década en la colonia Portales y alguna vez un grupo e estudiantes de la Facultad de Ingeniería lo visitamos en su casa allá en San Simón, cerca de la panadería del mismo nombre en la que mi abuela se pertrechó de pan durante casi cuarenta años. Le llevábamos el primer ejemplar de nuestra revista “Moho” y, como todos los jóvenes de aquel entonces, necesitábamos su aprobación o su desprecio para continuar bregando, o al menos para tener una historia que narrar sobre nuestra experiencia en su casa llena de gatos. Pero nadie debe preocuparse: no añadiré una anécdota más acerca de su persona. Si la experiencia me ha dictado una certeza es que todos en México tenemos en la punta de la lengua una anécdota sobre su presencia mítica y concreta al mismo tiempo, fugaz y permanente. Tomabas un taxi y de él descendía Carlos Monsiváis. Subías un elevador y él estaba allí en un rincón observando a todos con su mirada escrutadora y mustia.
Ascendías los escalones de una pirámide y en la cima se hallaba sentado Monsiváis en posición de flor de loto.
Yo recuerdo habérmelo encontrado en el aeropuerto de Madrid y haber sido presa de una depresión profunda: viajar tan lejos y encontrarte de frente con uno de los Indios Verdes.
En cierta introducción a un libro de E.M. Cioran, Fernando Savater dijo que una de las características del escritor rumano era lo sencillo que resultaba citarlo o apropiarse de sus sentencias. A Monsiváis, por el contrario, es muy difícil citarlo —se trata de una limitación mía que no deseo extender como teoría— y esta limitación tiene que ver con la guerra florida que él mismo emprendió contra el lenguaje. Una batalla en la que a fin de cuentas obtuvo la victoria ya que le impuso a cierto espacio de la literatura mexicana un estilo singular y manierista que ningún buen lector podría dejar de lado al disertar sobre su presencia mitológica. Cuando me pregunto si Monsiváis era en realidad un ensayista no puedo sino responder —pese a mis serias dudas— afirmativamente: claro que lo era. En su introducción a su libro “El ensayo mexicano moderno”, José Luis Martínez dividió este género en varios apartados y en su clasificación se refirió a uno de ellos como Ensayo de fantasía, ingenio o divagación. Acerca de este apartado añadió: “Exige frescura graciosa e ingenio, o ese arte sutil de la divagación cordial y honda sin que se pierda la fluidez y la aparente ligereza.” Y como ejemplo de este género especial, José Luis Martínez cita el ensayo de Salvador Novo De las ventajas de no estar a la moda; y también Tristeza, de José Vasconcelos. Yo quisiera, un poco a fuerzas, sumar en este apartado a Carlos Monsiváis, no obstante que la fluidez no parecía ser una de sus virtudes, aunque sí la divagación cordial e ingeniosa. El origen de la gracia en sus escritos continúa siendo un misterio para mí. Algunos de sus lectores no comprendíamos a cabalidad lo que decía, pero nos sacaba una sonrisa. Aplaudíamos su crítica contra los políticos mendaces, pero no encontrábamos algo más que una sátira, o una caricatura de ellos. Leíamos embelesados o atentos su crónicas acerca de los personajes más cursis o singulares de la farándula sin saber si se trataba de un homenaje, una crítica, o un mensaje íntimo cifrado y fuera de nuestro alcance. De cualquier manera, a la manera de Montaigne, Monsiváis cabalgaba sin ningún asomo de vergüenza por la geografía social mexicana y nos entregaba crónicas ensayísticas que en realidad transgredían cualquier género literario. No te enseñaba a pensar, pues su decir escabroso se te imponía como una piedra totémica, pero sí que te mostraba la realidad a partir de un lenguaje muy personal y al mismo tiempo popular y veleidoso, simpático y críptico. Yo leí, como escribí al principio, casi todos sus libros y me acostumbré a la accidentada geografía de su temperamento verbal. Hoy, que su ausencia cumple un lustro, quise recordarlo con esta breve nota acerca de la impresión que causaron en mí sus letras y su figura.