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LAGUNA DE VOCES

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* El compadre Bárcenas

Desde que lo conozco, hace más de 27 años, el compadre Bárcenas afirmaba orgulloso que era bombero, que si Dios le había otorgado un don era precisamente la pasión por ayudar a quien se encontraba de frente con la muerte y le extendían la mano para salir de un incendio, de un automóvil apachurrado, de un barranco. Quienes lo conocen saben que es verdad y que cuando deja que los recuerdos regresen, lo hace sin presunción de ningún tipo, y que la respuesta siempre será la misma a la pregunta del porqué se metía entre el fuego, bajaba a rappel una hondonada o se metía al canal de aguas negras para rescatar un cuerpo, “es mi trabajo, a eso me dedico y lo hago con gusto”.

    Salvó muchas vidas a lo largo de su carrera como bombero en activo, perdió mucho de su salud cuando una pipa llena de ácido cianhídrico se volcó y llegó junto con sus compañeros a impedir una tragedia, pero también se contaminó los pulmones. Sin embargo dejar de hacer lo que hace, afirma, es hacerse un lado en la vida y los que son una especie de héroes anónimos no saben hacer otra cosa que esa, ser héroes.
    Este fin de semana perdió a su esposa, Minerva Pérez Contreras. Él, que con tanta frecuencia acudió presuroso para entrar por una ventana a una casa en llamas y ayudar a salir a quienes pusieron su vida en sus manos, recibió a cambio nada, el dolor de su mujer en un pasillo de la clínica del ISSSTE de Pachuca, luego su muerte, luego el enojo, luego simplemente aceptar que las cosas son así de canijas.
    La tragedia siempre se ceba en los más buenas gentes, a lo mejor porque sabe que aguantarán, porque igual que el compadre Bárcenas hay muchos bomberos que  de plano recibieron como único pago a toda una vida de trabajo sacrificado, el aplauso en los desfiles y a estas alturas la posibilidad de una pensión, que de tan raquítica mejor los lleva a seguirle en el trabajo hasta que el cuerpo aguante.
    Padre de la primera mujer bombera en el Estado de Hidalgo y el país, Lupita Bárcenas, el compadre que tiene su casa en la colonia con el nombre de su difunta esposa, sigue sin entender lo que pasó y solo se distrae con la plática de sus buenos tiempos en la H. Corporación.
    Recuerda que fue preparado en los Estados Unidos con cursos que ofrecieron a los bomberos, no todos, de la capital hidalguense. Sus tiempos de maratonista, de cuando bajaban a toda velocidad de lo alto de Palacio de Gobierno en una cuerda, de las noches en que no dejaba de sonar la sirena cuando las inundaciones.
    Sin embargo no es de los que lamentan su suerte, o reniegan del destino. No, es un hombre que agradece lo que ha sido toda su existencia, porque no hay como ser bombero y ayudar a los demás, “se aprende a ser buena persona, porque en una de esas el incendio te mata si se cae la techumbre y qué razón le vas a dar a Dios si te pregunta qué hiciste”.
    Lamenta que su esposa no haya tenido una muerte digna, es decir por lo menos en una cama y atendida como cualquier enfermo, pero afirma que seguro fue bien recibida a donde se haya ido, porque hasta donde pudo miró la vida con alegría y eso se contagiaba a todos.
    “No, no es asunto de arrepentirse o maldecir a otros. No, a lo mejor si estar un poco sentido porque en mi trabajo es asunto del diario ayudar con gusto a los que están heridos, maltrechos. Pero hasta ahí. He visto la muerte tantas veces que sé, estoy seguro que algo bueno viene para todos. Mi mujer se fue y está bien, porque pese a todo no sufrió tanto, apenas en unos días y murió. Yo creo como cuando joven, que la vida es una oportunidad de ayudar a otros, de servir para algo y con gusto”, dice.

Mil gracias, hasta mañana.

jeperalta@plazajuarez.mx/historico/historico
@JavierEPeralta

CITA:
    Este fin de semana perdió a su esposa, Minerva Pérez Contreras. Él, que con tanta frecuencia acudió presuroso para entrar por una ventana a una casa en llamas y ayudar a salir a quienes pusieron su vida en sus manos, recibió a cambio nada, el dolor de su mujer en un pasillo de la clínica del ISSSTE de Pachuca, luego su muerte, luego el enojo, luego simplemente aceptar que las cosas son así de canijas.