TERRAZA
La corrupción en México es un tema que sale todos los días a la luz pública, ya sea en titulares de prensa o en las conversaciones más cotidianas. Para la sociedad, es común asociar el término con políticos y empresarios de alto rango; sin embargo, no es un secreto que el tópico abarca desde sobornos millonarios, hasta las famosas “mordidas” que muchos ciudadanos utilizan para agilizar trámites o evitar pequeñas infracciones.
El término “corrupto” nos ofende, pareciera que este adjetivo se le adjudica a seres extraños y fuera de nuestro alcance, de los cuales somos víctimas indefensas. Somos duros a la hora de juzgar las malas praxis cuando la prensa ventila el desliz de alguna figura pública, siempre condenamos sus dudosas prácticas para hacerse de bienes, votos o cualquier interés en turno pero ¿y nosotros? ¿no deberíamos exigir lo que también somos capaces de practicar?
Cuando vemos a algún conocido cometiendo actos dudosos “simples”, como comprar piratería o soltar una “mordida” en alguna oficina para esquivar el proceso tradicional de un trámite, tratamos de justificarlo o de añadir que lo hizo por “necesidad”. La corrupción como tal, es una enfermedad cultural que nos afecta a todos, claro que muchos niegan el contagio, pero el diagnóstico es ineludible.
Hace unos días, el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) y el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), coordinaron un estudio denominado “Anatomía de la corrupción”, en el cual se mide este problema en varios países latinos. ¿Ya imagina los resultados en México?
La corrupción es tan habitual como costosa, pues según el estudio, una de las consecuencias más graves de este conflicto y que afecta en gran medida la economía nacional, es que las inversiones extranjeras se reducen hasta 5% debido a la desconfianza y la inseguridad. Lo anterior puede impactar de manera brutal al PIB, restando hasta 10% del crecimiento económico.
Es claro que México es un país con todos los recursos para llegar a ser considerado de primer mundo algún día, pero la incertidumbre en las inversiones que refleja hacia los interesados, lo mantienen peligrosamente estancado como una economía emergente.
Otro grave problema es la impunidad nacional, que por desgracia, tampoco es un secreto para los extranjeros. En México, 41 gobernadores fueron acusados de corrupción entre los años 2000 y 2013, pero sólo 16 de ellos fueron investigados y nada más castigaron a cuatro. En otros países esto es inadmisible e indignante, pero en lo que respecta a nosotros, hemos aprendido a vivir con este mal, es como de una de esas dolencias crónicas que aquejan con la edad: nos quejamos mucho, pero nos parece “normal”.
La cura para este mal, debe empezar de adentro hacia afuera, es difícil y un tanto incómodo exigir transparencia a nuestros representantes, bajo una mentalidad abanderada por la frase “el que no tranza, no avanza”.
Predicar con el ejemplo, será de gran ayuda para los organismos e instituciones que ya lidian de forma oficial contra la falta de transparencia.
Las oportunidades para caer en la corrupción se dan todos los días de forma directa o indirecta; depende de nosotros reconocerlas y evadirlas en pro de los valores, principios y crecimiento que queremos para México.
No será fácil, pero de forma natural, los mexicanos no poseemos un instinto que nos obligue a hacer tranzas, es cuestión de educación y de seguir el camino recto pensando en el futuro que les espera a las próximas generaciones.
Hago un exhorto a reflexionar esta problemática, bien sabemos que la solución no está por completo en nuestras manos, pero con realizar la parte que nos corresponde podemos hacer una gran diferencia.