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La desconexión electoral (y despedida)

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OPINIÓN

Leo los periódicos, sigo las campañas y como que algo no cuadra. Algo parece como inconexo, desenchufado, entre la realidad de los diagnósticos y la realidad de las elecciones; entre el México que pontifica y el México que vota. A ver si me explico. 

Por un lado tenemos un país cuya tasa de crecimiento económico durante los dos últimos años promedia menos de 2%; en el que el salario mínimo tiene un poder de compra 75% menor del que tenía hace tres décadas; y en el que 46% de sus habitantes vive en la pobreza.

Un país en el que, según numerosos informes y reportes, los índices de corrupción registran su nivel más alto en diez años; el grado de impunidad es el segundo más grande del mundo; la libertad de prensa va en franco retroceso; la tortura es una práctica generalizada; y más de 90% de los delitos ni siquiera se denuncian.

Tenemos un país que, durante 2013 y 2014, sumó un desaparecido cada dos horas; cuya tasa de homicidios sigue siendo el doble de lo que era en 2007; y en el que varias regiones están inmersas en una suerte de guerra civil que no se atreve a decir su nombre. Un país, en suma, al que le sobran dificultades y tribulaciones, colmado de impaciencia, ávido de cambios. 

Y por el otro lado tenemos un proceso electoral cuyos aspectos más relevantes parecen ser las multas millonarias que la autoridad le impone a un partido que viola sistemáticamente la ley y cuya intención de voto, entre 5 y 10%, lo perfila como la cuarta o quinta fuerza política; la viabilidad de retirarle su registro como partido a dicha organización; la incierta candidatura a diputado plurinominal de un ex gobernante de la capital caído en desgracia, por un partido que roza el 3% de las preferencias; los argumentos que esgrime un grupo muy minoritario pero muy vocal para anular su voto; los atentados del crimen organizado contra candidatos; las amenazas de boicotear los comicios; y lo frívolo, redundante, inútil, idiota o ridículo de la propaganda electoral. Un proceso, pues, en el que predomina lo anecdótico sobre lo sustantivo, con mucho color pero sin issues. 

Es decir, por un lado están los “grandes problemas nacionales” y por el otro las “pequeñas” campañas electorales. 

Quizás pasa, diría un experto, que las campañas transcurren en un ámbito aparte, apenas epidérmico o decorativo, a partir del cual no cabe esperar ninguna diferencia significativa con respecto a temas como la desigualdad, la violencia, la falta de Estado de derecho, etcétera. 

O acaso ocurre, replicaría un operador, que las campañas electorales se tratan en realidad de otra cosa, en la que se deciden asuntos muy particulares y concretos, con respecto a la cual lo epidérmico o decorativo es más bien la expectativa de que tengan algo que ver con los temas “importantes”. 

En cualquier caso, sea porque en las campañas hay mucha superficialidad o sea porque los medios no saben o no quieren ver salvo la superficie, lo cierto es que hay una severa desconexión entre la conversación pública como espacio para el debate, el disenso y la deliberación, y el mecanismo electoral como forma de llamar a cuentas, de expresar preferencias y exigir soluciones. 

Y esa desconexión, lejos de producir un fermento crítico o innovador, no contribuye más que a la reproducción del statu quo. 

Despedida. Con este artículo llega a su fin mi colaboración de cada dos semanas en EL UNIVERSAL. Bien dice el refrán que hay un tiempo para echar cuetes y otro para recoger varas. Gracias al Consejo por invitarme a escribir en estas páginas; al equipo de la Subdirección de Opinión por su apoyo; y gracias sobre todo a los lectores, siempre, por reincidir. 
@carlosbravoreg 

(Agencia EL UNIVERSAL)