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Falsificaciones de la realidad

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Callejón de Sombrereros        

Entre las fascinaciones que Orson Welles cultivó con fidelidad, la de la falsificación de eso que llaman “realidad” no parece la menos íntima. Practicaba la prestidigitación y el ilusionismo como algo más que un juego de asombros.

 

Uno de los últimos ensayos cinematográficos de Orson Welles fue “F for Fake”, que sólo filmó en parte porque recurrió al material de desecho de un documental de Francois Reichenbach y a ideas del montaje, que acaso procedían de las que, entre otros, experimentaron Kuleshov y Eisenstein, para conjugar la historia del irrelevante pintor estadounidense Elemyr d’Hory, que terminó siendo reconocido por sus falsificaciones de Picasso, Modigliani y Matisse, y la de su biógrafo Clifford Irving, encarcelado por haber publicado una autobiografía falsa de Howard Hughes.

Entre las fascinaciones que Orson Welles cultivó con fidelidad, la de la falsificación de eso que llaman “realidad” no parece la menos íntima. Practicaba la prestidigitación y el ilusionismo como algo más que un juego de asombros. Su adaptación radiofónica de La guerra de los mundos de H. G. Wells, transmitida el lunes 31 de octubre de 1938 desde el Mercury Theatre de Nueva York, que simulaba ser un noticiero, se sabe, instigó un pánico masivo que devino leyenda. Algunas de sus ficciones, Citizen Kane, por ejemplo, It’s All True, cuyo título puede sugerir un engaño, adoptaban la forma del documental y algunos de sus documentales, como “F for Fake”, pueden confundirse con la ficción.

También su biografía parece prestidigitación e ilusionismo. Hijo del industrial Richard Head Welles y de Beatrice Ives Welles, una sufragista diestra tiradora de rifle, pianista y amiga de Ravel y Stravinsky, Orson Welles propició algo semejante a una mitología incierta. Según Peter Cowie, en El cine de Orson Welles, de niño podía declamar cualquier pasaje de “El rey Lear”, a los 10 años adaptaba dramas de Shakespeare y escribía obras de teatro. A los 11 años emprendió un minucioso análisis de “Así hablaba Zaratustra”, de Nietzsche; a los 16 estaba en Irlanda convenciendo a Hilton Edwards y a Micheal Macliammóir, del Gate Theater de Dublín, de que era muy reconocido en Broadway. Sus amoríos solían convertirse en rumores y noticias. Su presencia en las plazas de toros imponía un espectáculo. Se dice que fue picador en Sevilla y afirmaba haber perdido todas sus fotografías de infancia y juventud en un incendio de su casa en Madrid.

 

El teatro, la radio y el cinematógrafo le depararon formas de seguir creando esa mitología ilusoria que intrincaba los hechos y las simulaciones, el deseo y el engaño, y terminaron por configurarla. Los filmes, las obras y espectáculos teatrales y radiofónicos que pudo consumar incitaron un culto, pero aquellos que se interrumpían constantemente como “Don Quixote o It’s All True”, o que hubiera podido realizar como “Salomé”, o la adaptación de la novela de Joseph Conrad, “El corazón de las tinieblas”, en la que personificaría a Kurtz, lo acrecentaron y derivaron en leyendas infinitas que no dejan de persistir. En el centro de ese laberinto inconcluso se encuentra inexorablemente Orson Welles y sus más de 100 kilos, al cual se le podría definir con la frase contundente con la cual Borges calificó “Citizen Kane” en agosto de 1941, en el número 83 de la revista Sur: “Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más moderno y más alemán de esta mala palabra”.

Y, sin embargo, la mitología que tramó Orson Welles con su biografía no ha cesado de recrearse, a veces como una evocación de aquella noche en la que los alienígenas invadieron Nueva York en su voz radiofónica como en uno de los episodios de “Radio Days”, de Woody Allen, a veces como una conjetura admirativa como “The Fabolous Orson Welles”, de Peter Noble, a veces como la remembranza de mitos derivados de la filmación de una película, “The Lady from Shanghai”, en un puerto pretendidamente mítico como Orson Welles en Acapulco (y el misterio de la Dalia Negra), de Rafael Aviña cuando los hermanos Peláez, uno de los cuales es conocido como el escritor Francisco Tario, construían allí el cine Río con aire acondicionado.

El voluminoso fantasma de Orson Welles sigue recorriendo el mundo…