“La vejez:
es la más dura de las dictaduras;
la grave ceremonia de clausura
de lo que fue la juventud,
alguna vez”
Alberto Cortés.
Mi amigo el septuagenario Maestro, Ingeniero y crítico de oficio, Don Francisco Nahúm Cruz Ángeles me hizo llegar la popular composición del argentino Alberto Cortés, quien la interpreta, ahora, en un doble papel: autor y protagonista del tema “La Vejez” a sus casi ochenta años de edad.
“Me llegará lentamente / y me hallará distraído / probablemente dormido / sobre un colchón de laureles”… Sí, complemento: considero que es un demonio; subrepticiamente toma posesión de todos los cuerpos (y algunas almas) de jóvenes víctimas para acompañarlas hasta que llega el ángel de la muerte.
“Se instalará en el espejo / inevitable y serena / y empezará su faena / por sus primeros bosquejos”… Sí, el espejo cambia, pero no es el de Dorian Gray que reflejaba a un viejo, mientras el sujeto que en él se miraba era eternamente joven. El espejo: cruel dictador de la realidad, comienza por dibujar unas discretas “patas de gallo” e interesantes sienes blancas, propias de la madurez, para transformar a quien las presume en un feo ente, lleno de arrugas, ojos cansados, boca sin dientes y mirada triste. El espejo, el espejo… La vejez vive potencialmente en él y desde ahí comienza a hacer su trabajo. En alianza con el tiempo, si es de cuerpo completo, registrará lentitud de movimientos, una tercera extremidad inferior, una gran panza y una infinita sensación de soledad y tristeza.
“Con unas hebras de plata / me pintará los cabellos / y alguna línea en el cuello / que tapará la corbata”… Cuesta mucho trabajo, muchas horas de vida, bastas experiencias, intensas vivencias… ganarse las canas y las arrugas. Algunos (as) pretenden engañar al tiempo y al espejo con tintes, afeites y cirugías; pero éste es inexorable.
“Aumentará la codicia / las mañas y los antojos / y me dará un par de anteojos / para sufrir las noticias”… Puede ser la codicia de saber más, aunque se recuerde menos; las mañas sí crecen y los antojos también, pero la diabetes, la hipertensión y la próstata inflamada les ponen límite. Los anteojos se instalan para siempre, como inseparables compañeros de las malas noticias pero también de la bella literatura.
“La vejez… está a la vuelta de cualquier esquina / ahí donde uno menos imagina / se nos presenta por primera vez”… Es invisible para quienes comienzan a ser viejos. Plenos de juventud, según lo expresan, se topan con ella de manera intempestiva en una dolorosa confrontación entre sus convicciones platónicas y la pragmática realidad.
Continúa Cortés: “Con admirable destreza / como el mejor artesano / le irá quitando a mis manos / toda su antigua firmeza”… Y agrego: comenzarán los temblores y las inseguridades, las torpezas, las artritis, más venas y más pigmentos…
“Asesorando al galeno / me hará prohibir el cigarro / porque dirán que el catarro / viene ganando terreno”… Se apreciarán las ventajas de no fumar, la ausencia del enfisema y otras crueles enfermedades respiratorias.
“Me inventará un par de excusas / para menguar la impotencia / que vale más la experiencia / que pretensiones ilusas”… Sin comentarios.
“La vejez… es la antesala de lo inevitable / el último camino transitable / ante la duda ¿Qué vendrá después?”… Se acabará la incertidumbre, la duda. Vivirá la certeza de la muerte. Sólo quedará por despejar la última, personalísima incógnita: ¿Será mi vejez, digna antesala de una muerte respetable o terminaré como devaluado, inútil y molesto mueble, el cual recibe lástima como piadoso sentimiento por parte de amigos y parientes?
Nadie tiene al alcance de su libre albedrío un poético desenlace o un patético final.
Agosto, 2017
Prisciliano Gutierrez