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Ser y no estar II

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Terlenka         

No tengo dudas de que una de las señales de la decadencia en que vivimos es la velocidad, el ritmo desbocado e intransigente con que se realizan hoy en día hasta los asuntos más insignificantes. Sobra decir que si alguien requiere un trasplante de hígado o una atención médica urgente entonces la velocidad con que se realicen los trámites o diligencias serán muy importantes. Pero fuera de esos asuntos de vida o muerte, la velocidad con que vivimos es impuesta por los comerciantes o por aquellos que no tienen tiempo de mirar hacia atrás, es decir, que no toman de su tiempo para poner atención en la historia de las cosas ni en el pensamiento que les precede.

 

La velocidad nos convierte en generación espontánea y casual. No hay frase más tirana y tramposa que la que reza “El tiempo es dinero”, porque relaciona o liga de manera tajante el tiempo de la existencia con el poder del dinero. Yo no acepto una imposición así e intento vivir y trabajar respetando el tiempo de la única vida que voy a vivir. El tiempo no es dinero, es vida que se consume y que debemos desperdiciar o aprovechar como queramos o como mejor nos convenga. Por ello me desagrada tanto la imposición de la aturdidora velocidad en casi todos los aspectos de la vida social. Me dirán que no hay nada más lento que nuestra burocracia y el sistema de impartición de justicia, y tendrán razón. Pero no es a eso a lo que me refería, como creo resulta evidente. Me refiero a todo este tsunami de la comunicación, la publicidad comercial, la ambición por tener más y la tecnología mal utilizada que impone un ritmo maniático y abusivo en las relaciones entre las personas más diversas. La televisión es ejemplar si uno quiere ilustrar lo que acabo de decir. ¿Quién se toma una pausa para pensar o simplemente para hablar cuándo se encuentra ante las cámaras? Los comentaristas de cualquier clase se arrebatan la palabra y hablan a velocidades incomprensibles si quien los escucha no marcha a su ritmo. Los anuncios comerciales quieren contar una historia en tres o cuatro segundos y los símbolos de sus productos aparecen en todos lados, como un salpullido que amenaza convertir todo paisaje en una celda cercada de etiquetas.

 

Un mundo acelerado a niveles desquiciantes nos aproxima a la desaparición de la pausa, de la reflexión y de la historia. En su libro Convertir la paja en oro (Editorial Sexto Piso; traducción de Eduardo Rabasa), Morris Berman dice que nos estamos acercando rápidamente a los límites de nuestra civilización, y lleva a cabo una sencilla y profunda descripción del mundo en que somos obligados a vivir. No tenemos por qué acudir a teorías ampulosas ni omnipresentes para señalar las cosas que nos disgustan. Basta con mirar atentamente, sin envidia ni deseos de poder, para encontrar o al menos imaginar un lugar en donde vivir tranquilamente sin ser afectados por la ansiedad de un progreso que no necesitamos. Berman nos dice que para vivir una vida auténtica es necesario salirse de nuestro propio sistema de creencias para mirarlo desde fuera como si fueran las creencias de algún otro y entonces reflexionar acerca de ellas. Yo mismo he insistido, aunque sin aludir a la idea o concepto de “vida auténtica” en la urgencia que tienen las personas más jóvenes —o de cualquier edad— de no permitir que les impongan una forma de vida en la que no participen con su conocimiento, su ser propio y su reflexión. Llevar una vida modesta y medianamente alegre no es sencillo de lograr porque la mayoría de la gente se halla en este momento haciendo cosas que le molestan o a las que ha sido obligada por su situación económica.

He recordado un pensamiento de Imre Kertész sobre la necesidad que tienen los seres humanos de emprender el camino de vuelta hacia sí mismos hasta convertirse en individuos reales y conscientes de lo que en verdad son y desean. Para ello no deben aceptar modelos, velocidades y narrativas (ideas absurdas y comerciales del éxito o de la felicidad) que no les conciernen y que los transforman en cosas o en marionetas que llevan vidas ausentes e incompletas. En el libro de Kertész, Un instante de silencio en el paredón (Herder), el tema principal es el genocidio judío y la conciencia de lo insignificante que uno resulta ante las políticas del terror y la degradación de las personas. Sin embargo, no estamos lejos de una catástrofe de magnitudes inimaginables: la desaparición del hombre como individuo consciente de su papel en la comunidad y la extinción de la cultura, la reflexión y la historia de las cosas y las ideas como sedimento para levantar una casa modesta, pero tranquila y amable. Es difícil llevar a cabo una acción así porque todo indica que ya nada podrá detener esta maquinaria de barbarie que nos acosa. Cuando los bárbaros tomaron Roma ésta ya se había vuelto bárbara, cita Kertész en su libro. Y por ello creo que mis palabras y reflexiones al respecto de nuestro deterioro están de más y deben sonar huecas a muchos oídos.