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LA MUERTE Y OTROS MIEDOS.

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    •    “Un día nos vamos morir, Snoopy.

    •    Cierto Charly, pero los otros días no”.


Diálogo metafísico.

De manera consciente o subconsciente, desde la más tierna infancia, los seres humanos (y quizás otras especies animales) vivimos en medio de terribles temores e incluso pánicos por los más diversos motivos, o sin ellos.

Tal vez el más común es el miedo a la oscuridad; obsesión que llega a perdurar hasta la edad adulta: monstruos desconocidos viven allí, dispuestos a hacernos daño.  El austero Presidente Don Adolfo Ruiz Cortínez, con su característica socarronería jarocha decía: “Yo no creo en las brujas, pero existen”.  A “contrario sensu”, el problema de los miedosos es que sí creen en los seres de la oscuridad, aunque no existan; el misterio los lleva a imaginar un gato negro, en las tinieblas de un sótano, donde no hay gato alguno.  Un monstruo es como un cuchillo sin mango, al que le falta la hoja.

Otro miedo: La soledad, da sentido a la expresión de Octavio Paz, cuando afirma: “las multitudes de hoy son grandes aglomeraciones de solitarios”.   La soledad destruye, mata…  Aunque algunos seres excepcionales la buscan; su compañía es la única que toleran.

Las expectativas de pobreza, provocan patológicas reacciones en numerosas personas, sobre todo en aquéllas que salieron de ella con muchos esfuerzos.  Diferentes tipos de avaricia se nutren en la confusión del dinero como fin y no como medio.  Los avaros mueren en la miseria por miedo a la miseria.

El miedo al ridículo puede ser peor que otros con apariencia de mayor seriedad.  Aunque cuando se supera suele ser modus vivendi de estrellas de la farándula o de la política.  Dicen los enterados que cuesta mucho trabajo perder la vergüenza, pero que se vive muy bien después de haberla perdido.  De las anteriores premisas, inferí la siguiente conclusión de validez universal: “El cinismo integral es el estado perfecto del hombre”.

El miedo al rechazo social, lo traemos algunos, agazapado en la conciencia ancestral de nuestros orígenes, ante una sociedad excluyente.  No creo exagerar si afirmo que vemos como normal discriminar a los indígenas, a los pobres, a los marginados, a los que nada tienen.   El color de la piel aún es fuente de epítetos humillantes…  Los güeritos se sienten los dueños del mundo.

El miedo al fracaso profesional.  Es triste asistir a ceremonias de graduación en múltiples carreras técnicas y licenciaturas.  En ellas, togas y birretes están indebidamente presentes; más que símbolos académicos, se consideran burguesas presunciones de suficiencia económica y seguridad en un éxito profesional que difícilmente llega.  Los padres que cifran en sus hijos profesionistas la coronación de sus esfuerzos, no imaginan que el título es sólo principio y que en la realidad, el miedo al fracaso inhibe a un alto porcentaje de las generaciones.  Aun así, las “escuelas patito” proliferan.  El mejor antídoto es nacer “Hijo de papi”.

Si se me permite una digresión personal, siempre he expresado que Médico es lo último que yo sería en la vida.  La enfermedad me espanta, el dolor ajeno me involucra; la impotencia ante la muerte me apabulla.  La convivencia que los profesionales de la medicina tienen diariamente con la Parca (La Muerte, no el luchador), en algunos aspectos los torna insensibles pero, generalmente los hace tan humanos que ubican a la vida como valor supremo y su preservación da sentido a su vocación.  El paso de los años actualiza cada día el acoso punzante de ese fantasma.  Enfermedades y vejez marchan juntas: vi morir a mis padres, veo morir a mis amigos y me veo caminar lentamente hacia el mismo destino.

Pregunto  ¿El objetivo de la vida es prepararse para la muerte?  ¿Existe otra vida después de la vida o es sólo una estrategia de las religiones para ganar adeptos?  ¿El vivir, bien o mal, tendrá sentido ante un desconocido tribunal para nuestra absolución o condena?

Finalmente todos tenemos miedo al miedo.

Finalmente, el fin justifica los miedos.

Julio, 2017