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Un día después del Día del Libro

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Cuaderno de un Náufrago       

 

El Día del Libro también es el día mundial de la imaginación. En los libros no sólo se ejerce ese don: también se ejercita la mente para visualizar, comprender y hasta lograr mejores cosas.

La imaginación es el único territorio donde el hombre puede ser libre. (La frase es de Luis Buñuel, que además de cineasta, fue gran lector).

La literatura, pienso yo, es la única nación donde el hombre es libre.

Digo nación como noción de un espacio con fronteras, con leyes propias; terreno ya explorado por otros, medido, legislado y en vigilancia. Un territorio es un lugar aún sin colonizarse o habitarse por sociedades.

No hay nación perfecta, ni siquiera la de la literatura. Pero vale la pena soñarla despierto. Vale la pena, en este Día Mundial del Libro, hacer una apuesta por la imaginación. Entrar a ese territorio salvaje y plantar ahí nuestra bandera propia.

Toda literatura, prácticamente por definición, ayuda a comprender un fenómeno, incluso los de la corrupción, el del narco y la violencia generada a través de él, así como las grandes dictaduras.

La literatura ayuda a corporizar el mal en la mente de inconsciente colectivo. En su momento, los autores latinoamericanos encararon el tema de las dictaduras y de esa forma le dieron forma y corporeidad a un flagelo del continente.

Para ser escritor, es necesario darlo todo, sacrificarse continuamente, pero no es menester arrojarse al vacío. Los académicos encerrados en la cátedra o los vagabundos que trotaron por diversos mundos no siempre entregan una “Mona Lisa” o ya de pérdida un “Guernica”. “Para escribir una obra maestra, primero tu vida tiene que ser una obra maestra”, dijo Antoine de Saint‑Exupéry.

No siempre vivir en un mundo aparte hace malos escritores. Hay académicos alejados de la violencia de mundo con obras de valía. Vivir en una torre de marfil puede ser positivo también para el artista.

 

Existen escritores que en el aula fueron docentes bastante peculiares. Hay testimonios de que Juan José Arreola, al impartir en la UNAM la materia de Literatura Medieval, convirtió a sus alumnos en expertos de dos temas muy amplios y plenos de ramificaciones: la historia de Zapotlán el Grande y la historia de Juan José Arreola. Cuando un alumno le exigió que retomara el programa, Arreola le aconsejó remitirse a los libros, que él sólo iba ahí a transmitir una pasión¼ ¿Será esa la principal obligación del docente y del escritor? ¿Compartir su asombro ante la zarza ardiente?

Arreola, como buen oriundo de Jalisco, era fanático del futbol y algunas generaciones lo recuerdan por su participaciones televisivas durante los mundiales de dicho deporte.

Los escritores más reconocidos a escala mundial que han participado en el futbol, a nivel de ser decorosos jugadores en ligas no profesionales, son los guardametas Vladimir Nabokov y Albert Camus… apurándose un poco, podemos incluir a un autor teatral que también fungió como portero durante su juventud en Polonia, Karol Wojtila.

Vale la pena repetir siempre que Albert Camus jugó como portero en el norte de África porque a su abuela no le gustaba que se acabara antes de tiempo los zapatos. De Wojtila, todos sabemos cómo terminó.

Nabokov tuvo una vida tranquila. Dos especies de mariposas fueron descubiertas por él y existe un problema de ajedrez con su nombre. Pasó sus últimos años, al llegarle el éxito, como huésped en un hotel de lujo en Montreux, Suiza. No era malo vivir ahí: era como tener un palacio con sirvientes sin gastar tanto dinero. Vivió con su esposa en cuatro habitaciones unidas y se mudaron ahí para estar cerca de su hijo Dimitri, estudiante y luego cantante profesional de ópera en Italia.

El único escándalo que vivió fue la publicación de su novela “Lolita”, que le llevó a enfrentar acusaciones de pornografía, a pesar de que el libro no describe ninguna escena erótica. Fue lo escabroso del tema lo que provoco esta serie de recriminaciones.

He mencionado a propósito a la Torre de Marfil y al fútbol como escapes del mundo. La literatura también es un escape y una misión. Puede ser punto de fuga y denuncia.

Pero no hay que confundir ambos conceptos ni contextos. La literatura se sirve a si misma y en el camino aprendemos y nos prendemos todos. Es la mejor vía de escape. Esta semana ‑y todo el año‑ préndase y sorpréndase con un libro.