Casa tomada

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LAGUNA DE VOCES

En algún lugar de la casa donde vivía debe seguir la historia construida a lo largo de 22 años, porque si no, resulta difícil entender el porqué de tanta nostalgia al visitarla, recorrer el mismo espacio de 90 metros cuadrados que dio soporte al futuro que entonces pensaba construir, presente que hoy se aparece en las manos, siempre dispuesto a convertirse en agua por la incapacidad de distinguir dónde empiezan  los sueños y dónde la realidad.
Por lo tanto debo ser un fantasma, el mismo que escribe, en eternos ecos que acaban por confundir cualquier acentuación, cualquier tono que permita dar rostro y ojos al que mira a mis espaldas una vieja pantalla con rayas exactas del paso de niños que también han dejado de existir.
Hasta los libros se han hecho viejos, inútiles como uno de color verde con la Economía Política de P. Nikitin, últimos rescoldos de mi paso por el CCH, allá en la ciudad de México. Discos en acetato tamaño familiar, no faltan los de Mireille Mathieu, imposibles de ser escuchados porque el descuido y la inexistencia de tornamesas, amén de los CDs que sustituyeron los recuerdos, los han convertido también en una pieza de museo, como el estante del librero donde esperan, pacientes, una segunda oportunidad, la que no tuvo el carpintero que fabricó estos muebles para acabarse suicidando un día por el doloroso amor de su mujer.
Mucho de lo que fuimos se queda en cada casa que se habita, y resulta que ya no se es del nuevo lugar donde uno va a parar, ni de aquí, ni de allá como la canción, y por eso las angustias existenciales, porque además de todo cuando llegué a esta casa ni los 30 había cumplido, y hoy sin orgullo legítimo rebaso los 55, ya con enfermedades que se aparecen por todos lados, achaques dirían los sabios, pero fundamentalmente que el cuerpo acaba por cobrarse todas.
Sigo pensando que quien mira al que escribe dejé de ser yo, y cuando hay oportunidad de comprobarlo, es el descubrimiento más terrible, porque efectivamente se es una persona totalmente diferente a los 20, a los 30, a los 40, a los 50, y no se diga a los 60. Ni rastro queda del veinteañero cuando se es quincuagenario, porque al final del día no hay lugar donde uno se siente que no se quede dormido.
Pero hablaba de la casa, de los lugares más esenciales en la existencia de cualquier persona. Por eso debiera existir algo así como una preparación desde la infancia para elegir la casa de nuestra vida, y con eso me refiero a que debiera ser la única, pasara lo que pasara, siempre, porque luego ya no hay tiempo para echar raíces o querer por razones a lo mejor hasta absurdas, un lugar para comer, ver la tele, escribir, leer, comprar un refresco.
Se deja de pertenecer al mundo cuando la casa donde se vive resulta desconocida con todo y lo bonita que pueda estar. Sin embargo sólo la casa antigua conserva la fachada, el alma que nos brindó durante 22 años. Afuera casi ninguno de los vecinos originales, igual que nosotros, se quedó. La mayor parte se fueron.
Unos porque estrenaron vivienda, otros porque mujer, otros porque simplemente un día desaparecieron o los desaparecieron. También el lote baldío como el poema de Eliot se llenó de pronto con una privada de muchas casitas con aires de gente popof, y lejos está lo que un tiempo fue esta colonia. Poco queda en realidad. Por eso la nostalgia del último espacio donde uno fue el que esperaba con impaciencia ver de frente el futuro, tentarlo a sugerirle finales desconocidos, únicos. Hay nostalgia, sin duda, y la pregunta constante de si a los tantos años no sería mejor ya no empezar nada, sin concluir todo.               
Mil gracias, hasta mañana.
jeperalta@plazajuarez.mx/historico/historico
twitter: @JavierEPeralta

CITA:
Pero hablaba de la casa, de los lugares más esenciales en la existencia de cualquier persona. Por eso debiera existir algo así como una preparación desde la infancia para elegir la casa de nuestra vida, y con eso me refiero a que debiera ser la única, pasara lo que pasara, siempre, porque luego ya no hay tiempo para echar raíces o querer por razones a lo mejor hasta absurdas, un lugar para comer, ver la tele, escribir, leer, comprar un refresco.