CALLEJÓN DE SOMBREREROS
El martes 31 de marzo en la noche, en el Palacio de Bellas Artes, en el Festival del Centro Histórico, la Orquesta Sinfónica de Minería, dirigida, como director huésped, por Robert Mlkeyan, interpretó el “Requiem” que Tigran Mansurian escribió en 2011 a la memoria del millón y medio de armenios exterminados metódicamente en 1915, hace 100 años, en el Imperio Otomano.
Fue en Damasco, en marzo de 1929, donde Franz Werfel reparó en unos niños armenios sobrevivientes de ese genocidio; mutilados y hambrientos, trabajaban en una fábrica de tapices. Entonces se decidió “a desenterrar de la tumba del pasado el inconcebible destino del pueblo armenio”.
Entre julio de 1932 y marzo de 1933 escribió un largo relato épico en la forma de una novela cuya lectura fascinante preserva recuerdos atroces, insufribles, que la tristeza más desasosegada apenas puede configurar: Los cuarenta días del Musa Dagh, la cual, se dice, se leía en el gueto de Varsovia como un presagio.
Hay algo de inminente en la historia cuyos indicios y señales acaso pueden descubrirse cuando los hechos se han concatenado y ya se han consumado inexorablemente. Como en las tragedias antiguas, una conversación circunstancial, un gesto suprimido, una palabra desgastada puede devenir un augurio y un aviso. Como en ciertos filmes de terror, el mal obra subrepticiamente en lo que se cree una representación cotidiana del Paraíso.
También en el libro de Werfel, la vida apacible de una aldea armenia en el Imperio Otomano, su convivencia con los turcos se van perturbando con signos que parecen nimios como un saludo otrora respetuoso, una formalidad, una frase común, y terminan por reconocerse como una amenaza. No pocos intentan persuadirse de que no deben malinterpretarse esos indicios, de que los rumores de un peligro suelen resultar falsos, de que los agoreros no cumplen su palabra. Sin embargo, el relato de hechos aciagos se va haciendo cada vez más común hasta que se convierte en una realidad inmediata que se repite en pueblos varios.
Inquietantemente, la burocracia otomana empezó a trabajar con eficiencia. Los avisos del ministerio fueron puntuales y las órdenes implacables: Los armenios debían ser desterrados de todos los valiatos. A pesar de la oposición de algunos vecinos turcos, en cada pueblo armenio se sucedió una historia semejante. Incluso en aquellos a los cuales no llegaban el ferrocarril ni el telégrafo. Los funcionarios otomanos formaban a todos los armenios: niños, mujeres, ancianos, jóvenes, enfermos y los obligaban a abandonar sus bienes, de los que eran despojados, y a caminar en una caravana que, al encontrarse con otros caminos, se unía a otras caravanas similares.
Entre amenazas de latigazos, sables, pistolas y fusiles, los armenios caminaban pesadamente. Los hombres eran separados de las mujeres, las cuales solían ser violadas. Muchos morían de inanición porque la comida era magra y la bebida escasa. “El itinerario de este ejército se había concebido con todo el refinamiento de una verdadera estrategia”, escribió Werfel. “Sin embargo, los jefes ocultos de estos cortejos olvidaron una cosa: los víveres”. Quienes caían debilitados, eran arrojados en fosas cavadas en los caminos para que terminaran de morir ahí.
También los niños. Alguna madre desesperada intentaba sacar a su hijo de la fosa, se lanzaba al suelo y hundía las uñas en la tierra. Otros eran ultrajados y asesinados con sevicia. El destino de los sobrevivientes era el desierto.
Según le refiere Enver Pachá a Johann Lepsius en el liibro de Werfel, esa disposición siniestra y atroz se derivó de la deslealtad y la traición de los armenios durante la Primera Guerra Mundial. Deslealtad y traición que no han podido demostrarse.
A pesar de que los funcionarios otomanos dejaron de registrar a aquellos que morían, su historia se preserva en París y en Buenos Aires, en Berlín y en Nueva York, en Beirut y en Londres. También en México, donde se refugiaron algunos sobrevivientes que le confirieron rasgos peculiares a ciertas calles de La Merced, como la de Uruguay y la de Alhóndiga. Uno de ellos fundó la mítica juguetería Ara.
Esas historias personales se preservan en la forma de un recuerdo doloroso. Según escribió Hampartzoum Mardiros Chitjian en sus memorias: Al filo de la muerte: “Nunca aprendí a sobrellevar esas imágenes. Me han acuciado y atormentado en todo momento… en esta época y en este momento de mi vida, el dolor y el tormento se han intensificado porque no he visto reparación del daño, ni justicia”.
En la conversación que sostuvo con Mario Lavista y Sergio Vela en El Colegio Nacional hace un par de semanas, el compositor armenio, nacido en Beirut, Tigran Mansurian reveló que “la música vino a consolarnos en el momento en que nos corrieron del Edén; es una luz que se nos da, el elemento que nos recuerda el Paraíso”.
En el Festival de Estambul estrenará una sonata para viola, instrumento que considera místico.