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El estudiante viejo 

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LIBROS Y OTRAS COSAS

Tengo 65 años de edad y una de las mejores decisiones que he tomado en este último lustro ha sido la de asistir formalmente a clases de literatura, en un curso dedicado a enriquecer y actualizar los conocimientos de profesores universitarios, entre cuyas filas estoy formado de un tiempo a esta parte. 

 

De martes a jueves doy clases; se supone que imparto conocimientos (no me toca decirlo: sólo puedo afirmar que hago mi mejor esfuerzo); el viernes, en cambio, estoy en el aula para escuchar, y lo hago lápiz en mano, listo para pergeñar mis apuntes. Puedo jurar que aprendo, pues la profesora es magnífica. Así, entonces, mi semana está llena: tres días de profesor y un cuarto día de alumno. 

He vuelto, pues, a ser estudiante; no me da ninguna pena convivir con personas que son unas cuantas décadas más jóvenes que yo; muchos de ellos podrían ser mis nietos. Soy inmensamente feliz cuando esos viernes me levanto temprano y me voy a mi salón de la Ciudad Universitaria. 

La clase dura tres horas: los minutos se pasan volando, como un enjambre gárrulo —algunos de los asistentes dirían que con esa frasecita sobre la huida o el vuelo del tiempo estoy recordando, glosando o parafraseando a Virgilio: tempus fugit, según leemos en las Geórgicas, cómo no. Los alumnos son profesores de letras clásicas, de dramaturgia y de letras hispánicas. La mayoría sabe más que yo; pero eso no es mucho decir, así que lo pondré de otra manera: son un puñado de sabios y de ellos, como de la profesora titular de la clase, aprendo continuamente. 

Siempre me ha llamado la atención esa forma de ver la enseñanza que decreta lo siguiente: una vez fuera de la facultad (o de la prepa, o de la secundaria), no volveré a las aulas porque ya aprendí todo lo que me hacía falta saber en la vida. Quienes así piensan han dejado atrás la vida del estudiante; en un sentido estricto, formal, es verdad, pero en otro sentido no debería serlo, según yo: ¿por qué no seguir aprendiendo siempre, a lo largo de los años, incesante, incansablemente? 

Una vez le oí decir a un escritor admirado: “No entiendo cómo la gente no se la pasa escribiendo”. Yo no entiendo cómo la gente no está todo el tiempo allegándose noticias, enterándose de mil y un asuntos fascinantes, ya sea por medio de la lectura, la conversación o las clases formales (o informales, con tal de que sean buenas).

Quiero creer que con ello me revelo como un curioso de tiempo completo. Dicho de otra manera, siguiendo la lección de Helen Vendler: la gente en general siente, o debería sentir, cierto grado de curiosidad por saber cómo funciona el mundo, de qué forma se organiza el lenguaje, en qué consisten sus sensaciones y sus emociones, cómo se expresan las ideas originales, extrañas o intrigantes. 

Por esa curiosidad soy estudiante: un estudiante nada joven, pero satisfecho con sus clases de los viernes. Es decir: insatisfecho con la propia ignorancia.