Terlenka
Hijos, mascotas, televisión, democracia, futbol, comercio, domingos familiares. No es sencillo volverse una buena persona.
Guillermo Fadanelli
Aprender a ser una persona común es una de las actividades más agotadoras y poco apreciadas a las que uno puede dedicarse. Sus acciones públicas podrían descubrir que se trata nada menos que de un inadaptado o de un ser cuya influencia es nociva para la convivencia de la especie.
Las personas normales odian a las que no lo son. Buscan ponerlo en entredicho, le ponen trampas con el propósito de que tropiece y se revele como un “raro”, como la anomalía que en verdad es. En México esta actitud se denota más pronunciada que en otras sociedades. Por fortuna no existen estadísticas que respalden mi apreciación. Esta ausencia de números le da al juicio una mayor sustancia moral. El que sobresale es como un tumor que tarde o temprano será extirpado o desactivado. La medicina no contempla la salud como una enfermedad. Sin embargo el silencio de la salud podría volver loco a quien posea buenos oídos para reconocer el trajinar de la muerte. El hombre raro es más sencillo de detectar y la medicina social lo clasificará como un resfriado o como un cáncer. Y adiós. Por ello hay que saber fingir y acomodarse entre los elotes como una pieza más. “El tema latente del humanismo es la domesticación del hombre; su tesis latente es: una lectura adecuada amansa.” (Sloterdijk). Uno debe auto amansarse, ser mesurado e imitar las formas de la gente buena. La “gente buena” avanza, se procrea, se ríe de las mismas bromas, practica la mentira porque tiene derecho a hacerlo. Los esposos le mienten a sus esposas porque están cuidando la institución familiar. Se vuelven ladrones, evasores de impuestos, corruptos porque sus hijos deben poseer un futuro. No permiten malas palabras ni improperios más que en situaciones especiales: cuando beben se vuelven otros, distintos, viles, patéticos, pero nadie se los reprocha porque son gente buena y simple. Se tocan las piernas por debajo de la mesa, mienten, prohíben públicamente la pornografía, las drogas, pero fornican en la imaginación mientras charlan de cualquier tema.
Llegados a este punto me dirán: es la historia de la vida, del drama burgués y ha sido una pésima elección para la columna de esta semana. Cabría aclarar que los juicios que llevo a cabo poseen un sustrato que no es sociológico: es la visión de un escritor que se expresa en palabras y que no necesariamente da lugar a una mentira o a una apreciación subjetiva. No obstante es probable que mis letras posean alguna verdad consistente una vez que cierta persona las escucha y la “música” que exhuman estas letras le concierne. Hace poco fui a comer a un restaurante pequeño pero no modesto. Como el salón cuenta con pocas mesas llegué temprano. Es más sencillo que me acepten mal vestido si el lugar está vacío, Y como lo último que a mí me interesa es vestirme bien —¡Que tontería! ¡Qué manera de desperdiciar la atención humana!— entonces es buena idea llegar temprano. Después de unos minutos de ser mal mirado alguien se acerca a atenderme. No falla. Había terminado de comer y tomaba una copa de anís cuando sentí encima la atención de un padre de familia. Se encontraba cerca de mi mesa al lado de su esposa y sus hijos. Habían sido anotados en la sala de espera y esperaban a que yo me marchara. “Pierde su tiempo, señor —le dije—. Regularmente tomo varios anises y me voy ya entrada la tarde.” Me reprochó mi desidia y aludió a sus hijos: ¿cómo podía yo soportar la presencia de unos niños hambrientos que llevaban de pie casi media hora? Me habría gustado decirle: “Son sus hijos, no los míos. Pertenezco a su especie por pura casualidad, señor.” ¿No es verdad que soy un arrogante? Lo admito. Y les describo otro suceso ya narrado con anterioridad. Los animales me resultan muy extraños: no les guardo ningún rencor y procuro no acercarme, y menos tocarlos. ¿Cómo puedo tener amor o siquiera una opinión acerca de un ser con plumas? ¿Qué clase de broma es ésta? Finjo que no existen, los animales, me hago a la idea de que son una alucinación y continúo mi camino sin mirarlos. Los animales encarnan en sí una realidad aparte. Quiero subrayar que las mascotas no son animales. Yo creo que las peores mascotas son las que aman a sus dueños a pesar de que éstos sean criminales o secuestradores. Es una mansedumbre y un amor que se antojan por lo menos detestables. Cuando me he encontrado de frente con otro paseante que se hace acompañar de su mascota, evito mirar al perro y me concentro en las pupilas del dueño. Obrando de esa manera me entero si corro peligro y si será necesario retroceder o torcer el sendero. En la mirada del amo se revela el humor de la mascota. Ambos se han unido vía una sustancia espiritual que recorre las cosas vivas. Hijos, mascotas, televisión, democracia, futbol, comercio, domingos familiares. No es sencillo volverse una buena persona.