CUADERNO DE UN NÁUFRAGO
Hace 500 años nació Santa Teresa de Ávila, excelsa escritora en lengua española y, al mismo tiempo, grande y reveladora figura mística.
Ambas cosas no son fáciles de lograr, aunque quizás una ayuda a la otra: la fe y la certeza en una creencia se pueden volver poderosas armas para quien usa la palabra como herramienta, profesión y destino.
¿Que es el misticismo? Es algo complejo como todas las pasiones interiores. ¿De dónde provendrá ese estado de gracia donde el ser humano se asume en permanente comunión y comunicación con su deidad viajando a un etéreo universo lleno de claroscuros y sobresaltos?
Lo interesante es que las religiones orientales (budismo, hinduismo, sintoísmo y demás) impelen ir hacia la vida mística, mientras que el cristianismo nos vuelve más mundanos si no somos parte de la llamada iglesia viva.
Santa Teresa de Ávila escribió “El castillo interior”, un libro donde compara el interior de su alma con un castillo, así como las diversas moradas que habita el alma, como una guía para encontrar a Dios en las neblinas del cuerpo humano y la bujía de la duda.
La duda ya se volvió un requisito para ser santo, como lo demostró el proceso de una figura homónima reciente, la Madre Teresa de Calcuta.
Creer ciega y fanáticamente en Dios y los dictados de su iglesia no es suficiente, eso lo puede hacer cualquier loco o enajenado. De hecho, Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz tuvieron conflictos con sus autoridades inmediatas y Graham Greene, católico, decía medio en serio y medio en broma que sus obras eran libros de caballería. (Los grandes santos enfrentan molinos de viento: San Bernardo regañaba a los Papas de su tiempo y no falta quien diga que Lutero pudo haber sido canonizado si no hubiera ido demasiado lejos al casarse y entrar al juego político de los príncipes de la Alemania embrionaria).
Ahora bien, si todos los santos son un ejemplo para sus creyentes, el misticismo no es recomendable como forma de vida. Los santos que se han ido a ese extremos son casos similares a figuras del amor, como Romeo y Julieta: acontecimientos extremos y no siempre de final feliz para sus familiares y contemporáneos, pero que se vuelven una referencia y piedra de toque de la historia.
Hubo santos que practicaron el ayuno de manera tal que al final de su vida solo se alimentaban de los sacramentos. Otros se retiraron del mundo y la vida normal a extremos difíciles de entender, incluso para almas pías.
Teresa de Ávila eligió ser monja y fundó varios conventos, a veces con grandes dificultades económicas y buscando la caridad. Una de sus frases clásicas decía que “Dios usa a los pobres para confundir a los poderosos”.
Hay versos suyos poderosos sobre el tema de la fe en una vida más allá de la muerte. “Ven, muerte tan escondida / que no te sienta venir / porque el placer de morir / me puede volver la vida”, poema de una sencilla desarmante y certera.
Durante una crucial parte de su vida, esta dama castellana tuvo fuertes ataques de fe que la hacían desmayarse y tener visiones, las cuales luego plasmaría de las más diversas maneras. Esos estados de éxtasis han sido reproducidos por pintores clásicos como Velázquez y Goya en devotas representaciones.
No es necesario ser creyente para apreciar la belleza de su poesía. El camino abierto por esta dama aconteció en un mundo donde la creación estaba limitada y condenada para la mujer. A su manera fue revolucionaria y un ejemplo para figuras posteriores como Sor Juana Inés de la Cruz y una cantidad inmensa de damas que profesaron su fe y creatividad en callado silencio.
En 1923 le negaron la posibilidad de ser proclamada Doctora de la Iglesia sólo por su sexo: seria el Papa Paulo Sexto quien eliminaría ese obstáculo.
Uno de sus polémicos caminos abiertos es la posibilidad de que el amor a Dios tuviese una cercanía con el amor apasionado y compartió visiones donde un ángel le metía y sacaba del corazón un dardo de oro con fuego. Al final de su vida tuvo muchos éxtasis alucinantes y la iglesia le prohibió abandonarse a ellos, pero no pudo evitarlo a la hora de sumirse en oración y de ahí se desprenden su ideario y fuego místico.
Por estos días se cumplen 500 años de su nacimiento: la iglesia festeja a sus santos en la fecha de su fallecimiento, pero la literatura lo hace recordando como un don el momento en que vinieron a cambiar este mundo. Leamos su obra con orgullo, con devoción, con el respeto de un castillo que no se ha fisurado en medio milenio de existencia.