La orden ejecutiva para construir la divisoria echa por tierra años de estabilidad y dinamita la visita de Peña Nieto a Washington
La jugada no se limita al giro estratégico. En el corto plazo, supone una bomba para Peña Nieto y arruina su reunión con Trump prevista el martes próximo para revisar el tratado. Al igual que hiciera a finales de agosto en su visita relámpago, el republicano humilla públicamente a su vecino. En aquella cita lo hizo a las pocas horas de haber estrechado la mano de Peña Nieto. En un multitudinario mitin en Phoenix, cuando en Los Pinos se pensaba que la partida estaba ganada, el magnate proclamó: “México pagará el muro. Al 100%. Todavía no lo saben, pero pagarán por el muro”
Donald Trump cumple promesas. A tan solo cinco días de jurar el cargo, ayer firmó la orden ejecutiva para construir el muro con México. La decisión abre una inmensa fisura entre ambos países. Aunque ya exista una divisoria física de casi 1.100 kilómetros, la medida echa por tierra años de estabilidad y buena vecindad. A cambio impone una vuelta al pasado y dinamita los intentos del Presidente Enrique Peña Nieto por encauzar las relaciones con el incontenible republicano. Una era de hostilidad ha comenzado.
La orden va mucho más allá del intento de frenar un problema migratorio. Este apenas existe. O al menos ya no es masivo. Desde hace años el saldo migratorio es negativo y salen más mexicanos de EU que los que entran (140.000 más sólo en 2014). Pero eso, en el contexto trumpiano, pesa poco. El muro más que una obra, es un símbolo.
Como buen constructor, Trump sabe que la política necesita cemento. Tiene que verse y tocarse. El muro sirve a este fin. Y la andanada no viene sola. Le acompañan la demolición del Tratado de Libre Comercio, las restricciones a la inmigración y la amenaza fiscal para aquellas empresas que busquen abaratar costos en México. Los pilares de su nacionalismo proteccionista. El credo que le ha permitido ganar el voto de las masas blancas empobrecidas.
Lejos de la caricatura con que se suele retratar de Trump, su decisión no es fruto del impulso, sino de la estrategia. “Es una conducta autoritaria y cínica, pero tiene un propósito”, señala la experta en Migración y Seguridad Eunice Rendón.
Con el muro, el republicano barre el orden heredado y abre el interrogante sobre las relaciones futuras. Todo está en cuestión y eso le permite avanzar en sus fines, entre ellos, frenar la inversión hacia el vecino y reequilibrar una balanza comercial que en estos momentos es favorable a México (120.000 millones de dólares en 2015). Un golpe que, pese a sus efectos sociales, los mercados estadounidenses llevan meses esperando, como demostró el máximo histórico registrado por el Dow Jones tras anunciarse la orden.
Para México, el muro condensa la peor de las pesadillas. Es la expulsión de la tierra prometida. La entrada en el Tratado de Libre Comercio le abrió las puertas a la modernidad. Las exportaciones a EU pasaron de 3.800 millones de dólares en 1994 a 20.000 millones hoy. Un país con fuertes trazas de subdesarrollo ingresó en un área donde se sentía proyectada y con un porvenir.
La reactivación de la divisoria, en un momento en que la presión migratoria es mínima, oscurece ese futuro. El tratado se hunde y la frontera se vuelve un muro. Los fantasmas del pasado emergen otra vez. México nunca ha olvidado la anexión territorial de 1846 ni la ocupación estadounidense de Veracruz de 1914. Con el America First, el peor de los rostros de Washington vuelve a vislumbrarse en el horizonte.
“Regresa el paradigma del maltrato al débil, de la amenaza y la persecución. Con Trump hay un rechazo a la vecindad misma. Pero es una medida contra la ley de la gravedad. Un intento de frenar la historia. La integración es irreversible. México es parte de EU y a la inversa”, señala el escritor y pensador Héctor Aguilar Camín.