OPINIÓN
Muchos ciudadanos no ven con buenos ojos la campaña que ahora empieza, pero lleva meses en los medios: les recuerdan el despilfarro, el desprestigio, la propaganda incesante e insensata y el cinismo de los partidos políticos. Sin embargo, el éxito del proceso electoral depende de la participación ciudadana. Sólo parece funcionar el día de la elección cuando los partidos ya no pueden participar, las urnas son manejadas por ciudadanos y los electores se forman para sufragar, aún si llueve o hay un partido de futbol. Al final de esta jornada los partidos regresarán a lo suyo: no reconocer sus derrotas, impugnar el resultado y el proceso, desconocer al vencedor, proponer otra vez cambios a las reglas y continuar viviendo del presupuesto.
Contra los pronósticos de muchos, lo más probable es que la jornada electoral sea otra vez pacífica y con una participación un tanto superior al promedio para elecciones intermedias en vista del número de estados con elecciones para gobernador (nueve) y la posibilidad de que el desánimo persistente se vea reflejado en un mayor voto antisistema.
De una lectura de la cobertura mediática, dentro y fuera de México, podría un observador imparcial concluir que la realización de elecciones con casillas manejadas por ciudadanos y en paz sería imposible. De esta misma lectura parecería que no hubiese una vida cotidiana y que los ciudadanos no invirtiesen en su propio futuro. Éste es quizá el primer elemento sobre la importancia de la elección: su realización es una muestra de que el país no es un estado fallido (como a veces se pretende), una prueba del funcionamiento (perfectible) del orden constitucional y una reafirmación del objetivo del respeto de la voluntad ciudadana.
La elección es también importante porque confirma la existencia de un país plural (algunos lo calificarían de dividido). Siempre lo ha sido, aunque no hace mucho la pluralidad quedaba representada en un solo partido donde cabían todas las corrientes, todas las regiones, todas las clases sociales y en que se privilegiaba el orden (la institucionalidad) como engrudo de la unidad (la revolución). Hoy, la pluralidad es mucho más abierta y evidente, pero no necesariamente más compleja.
A pesar del comportamiento letárgico de la economía en los dos últimos años y los escándalos de corrupción y conflictos de interés, es probable que el PRI y el Verde tengan casi mayoría en la Cámara de Diputados. Algunos analistas extrapolan la derrota del partido en los Pinos en las tres últimas elecciones intermedias para predecir una importante caída del PRI. No obstante, las circunstancias no son las mismas; en 1997 el PRI perdió la mayoría en diputados por la severa crisis de 1995 que ocasionó un descenso en niveles de vida, crecimiento explosivo de pasivos y colapso de activos y del salario real y por la elección, por primera vez, de un jefe de gobierno perredista, Cuauhtémoc Cárdenas, con la consecuente pérdida masiva de curules para el PRI en el DF. Ahora, la economía no va bien, pero tampoco está en crisis y el voto de la izquierda estará dividido. En 2003 y 2009 el PAN perdió curules por la sobrerrepresentación de las elecciones presidenciales previas y por la poca participación ciudadana que favorece al PRI. Así, la elección resultará otra vez en una composición plural y saludable pero con un cierto riesgo de que PRI y Verde alcancen mayoría absoluta.
La elección es también importante para el gobierno y los partidos. Enrique Peña Nieto requiere, para cantar victoria, que PRI y Verde no pierdan terreno en diputados y ganar seis de los nueve estados en juego, en especial Nuevo León. El PAN requiere ganar cuatro o cinco e incrementar su participación en diputados. El PRD aspira a no colapsarse: mayor número de votos y curules que Morena, así como no perder las principales delegaciones en la ciudad de México. Morena requiere poco para ganar: ocasión para aumentar la exposición mediática de Andrés Manuel López Obrador, descenso inevitable del PRD para volverse la única alternativa de izquierda en 2018 y posiciones en el DF que le permitan una plataforma eficaz.
Regionalmente, la elección cobra una mayor importancia en Guerrero. Allí se necesita de una muy alta participación ciudadana para avanzar en la institucionalización democrática. Ojalá también sirviere para que los guerrerenses se pronuncien a favor de la reforma educativa y el desarrollo económico. Ningún candidato se atreve a ofrecerlos.
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