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Arte contra las balas, la fórmula de la maestra Marisol

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El año en que Marisol comenzó los talleres la violencia en Sinaloa se había desbordado. El 2010 hubo 2.210 homicidios en todo el Estado -seis al día- mientras que un año antes habían ocurrido 1.251. En los diez años de la guerra contra el narco emprendida por el expresidente Felipe Calderón y perpetuada por Enrique Peña Nieto en Sinaloa han ocurrido casi 13.000 asesinatos

En el cuarto de una casona de paredes anchas y amplios ventanales Marisol le pidió a sus alumnos que guardaran silencio para leerles Donde viven los monstruos, un cuento que narra las aventuras imaginarias de Max, un niño que desde su habitación viaja a una misteriosa selva.

La figura espigada de la maestra comenzó a recorrer el improvisado salón de clases mientras leía pacientemente las páginas del libro. A su alrededor, unos 30 niños sentados en el piso la oían. Ahí, entre los muros de la vivienda donde dos puertas de madera sostenidas en cubetas servían de mesas, sus alumnos lograban olvidar lo que se vivía en sus casas y en las calles del pueblo. Era la primavera de 2010 y La Noria —un poblado serrano de Sinaloa— resistía los embates de la guerra contra el narco que iba dejando cientos de desplazados, miles de desaparecidos y familias incompletas.

En esos meses de 2010, mientras la maestra reunía a los niños y organizaba a la comunidad para terminar de habilitar la casona antigua como taller, los ataques eran recurrentes. Las autoridades informaban sobre hombres encapuchados que incendiaban las viviendas apostadas en los cerros y los militares emprendían la búsqueda de pistoleros que entraban en la madrugada a las comunidades y rafagueaban casas.

En medio de las persecuciones y los enfrentamientos a balazos las familias huían despavoridas con lo único que llevaban puesto. La Noria -de unos 1.250 habitantes- se iba deshabitando poco a poco.

Marisol Lizárraga cuenta que la gente estaba tan asustada que permanecía encerrada en sus casas. Los niños, que acostumbraban a correr en la plazuela por las tardes, también estaban bajo llave. “En las carreteras tiraban descuartizados, se llevaban gente, llegaban y tumbaban las puertas de las casas”, dice la maestra.

El miedo se apoderaba tanto de sus vecinos que llegó a pensar que el pueblo podía quedar solo. “Fue entonces cuando me dije: si estas personas ven una población sola, eso se presta para que la tomen, así que pensé: vamos saliendo, dejemos de estar encerrados y fue cuando se me ocurrió empezar actividades con los niños”, recuerda.

Las actividades artísticas comenzaron en la plazuela del pueblo y en el 2010 con sus ahorros pagó el alquiler de una casona donde comenzaron formalmente las clases de pintura y lectura.

Actualmente, además de servir de aula para sus talleres, es un museo donde se exhiben jarrones indígenas, ollas antiguas, monedas y petroglifos que los pequeños recolectan en el monte. La renta del lugar la continúa pagando de su bolsillo. “Actualmente debo casi un año de rentas, pero la casera me espera, poco a poco le voy abonando”, explica.

Aunque presentó ante las autoridades del Gobierno del Estado, la propuesta para crear un centro comunitario, sólo ha obtenido indiferencia.