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LAGUNA DE VOCES

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•    El arte de escuchar

Llegaba siempre a la hora de la comida para aprovechar la pausa que da la botana entre trago y trago y empezar a soñar que entre todos los parroquianos, era el elegido para invadir de sueños la pequeña cantina con un San Judas Tadeo en la repisa arriba de la rocola. De algún modo todos los que se invitaban de tarde en tarde, buscaban con ansiedad la oportunidad de que el mundo cambiara, y por supuesto ellos en ese torbellino de los que anhelan y suspiran porque el destino estuviera en sus manos para moldearlo a su gusto, ajeno a los vaivenes de la realidad que por constancia se negaban a aceptar.
    Nadie conocía tanto de tragedias y alegrías como Mateo, el hombre de bigote tupido que aprendió a escuchar con el paso de los años, porque se trata de un arte que solo se puede heredar y llega cuando debe llegar, es decir en el momento justo que con un simple saludo empezó a darle como resultado que el más fiero cliente empezara a resollar hasta desembocar en el llanto, y luego quedarse quieto, hasta sereno se diría.
    No recuerda cuándo fue ese momento, pero supo en ese instante que por fin había alcanzado el nivel más alto en el arte de servir bebidas a la clientela, que a partir de entonces fue casi la misma, fiel a la necesidad de buscarlo cuando la existencia se hacía pesada, un fardo en la espalda que simplemente ya no se podía cargar.
    “Escuchar, dice, es lo que hago, porque toda la gente está necesitada de que la escuchen con paciencia, con verdadero interés, sin esperar consejos ni nada por el estilo. Solo quieren ser escuchados y no importa quién sea el que llega por ese motivo, lo mismo puede ser una persona preparada, sin escuela, con un gran empleo o sin trabajo. No importa si al entrar a la cantina dan la apariencia de que en cualquier momento romperán vidrios y sillas, o lo contrario, apesadumbrados, incapaces de saludar siquiera. No importa porque al final de cuentas todos los seres humanos somos iguales, y como tal debemos ser tratados”.
    Es uno de los pocos lugares donde pasadas las horas y las copas, se registra un fenómeno único que tiene que ver con la aparición del alma, limpia unas veces, sucia hasta la negrura otras, pero con la necesidad de que sea apacentada en su largo caminar por la vida.
    Por supuesto no es su labor enderezar jorobados, pero sí mostrarles la vereda por donde se pueda presentar la llamada esperanza. Algunos la encuentran, otros nunca y es tal su carga en los hombros, que un día cualquiera se aparecen, deciden no hablar, toman durante horas y al otro día se corre la noticia de que murieron sin querer dirigirle la palabra a nadie.
    Son casos tristes, porque ya no querían ser escuchados, y cuando eso pasa no hay poder humano ni divino que pueda hacer algo por ellos.
    Hay esperanza en tanto disfruten la música, caminen paso a paso rumbo a ese estado en que de pronto platican sin cesar, de un tema otro, del amor, de lo que han perdido o ganado, de lo que el futuro piensan les depara. Hay todo un espacio para colocar el alma del parroquiano en la misma repisa del San Judas, y hacer que la mire con el aprecio que debe tenerse a la parte más importante del cuerpo. Siempre surte un efecto positivo, porque pase lo que pase en las horas siguientes, sobrevivirán a ellos mismos.
    Y sí, esa es la tarea primordial del hombre de bigote tupido, que la clientela sepa sobrevivirse a ella misma, porque no hay tarea más complicada que esa: hacer entender a una persona que pese a ella misma, a veces, puede salir, respirar el aire frío de la calle, y tener la certeza de que al otro día todo empezará de nuevo.
    No importa cuántas veces regrese, será escuchado porque hay esperanza.

Mil gracias, hasta mañana.
jeperalta@plazajuarez.mx/historico/historico
twitter: @JavierEPeralta

CITA:
Nadie conocía tanto de tragedias y alegrías como el hombre de bigote tupido que aprendió a escuchar con el paso de los años, porque se trata de un arte que solo se puede heredar y llega cuando debe llegar, es decir en el momento justo que con un simple saludo empezó a darle como resultado que el más fiero cliente empezara a resollar hasta desembocar en el llanto, y luego quedarse quieto, hasta sereno se diría.