Home Nuestra Palabra MI VIDA ¿ES MI VIDA? (POST MORTEM: AL DOCTOR LORENZO PÉREZ PEÑA)

MI VIDA ¿ES MI VIDA? (POST MORTEM: AL DOCTOR LORENZO PÉREZ PEÑA)

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“El final se acerca ya,
lo esperaré serenamente…”

“A mi Manera”: canción popular.

Estoy haciendo fila ante la ventanilla para adquirir un viaje hacia lo desconocido.  Amigos de mi generación, anteriores y posteriores, ya se fueron.  Otros lo hicieron sin formarse.

En cierto tiempo cobran preeminencia, noticias que ayer parecían ajenas por tener protagonistas afectivamente irrelevantes.  Hoy, familiares, amigos y conocidos, son nuevas víctimas de alguna enfermedad que, de pronto, los ubica con un pie en el estribo.  Ante estos escenarios, las reflexiones en torno al Ángel de la Muerte se hacen inevitables:

“Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir” escribía el poeta español Jorge Manrique en sus célebres Coplas a la Muerte de su Padre, ejemplo universal de elegíaca tristeza.

El humano es el único ente biológico que sabe, morirá algún día; sin embargo, por un sabio mecanismo de defensa, la madre naturaleza en las primeras etapas de la vida, hace que no se obsesione por ello aunque “nacer, es empezar a morir”.

Mientras más avanzamos en el camino entre el Alfa y el Omega, un ejemplificativo dolor nutre en nuestro numen la inminencia de Tanatos.  Lastima observar a los seres queridos postrados en el lecho del dolor.

Recuerdo a mi Madre-Maestra, recientemente fallecida: llena de vital autoridad ante el pueblo.  Su recio carácter la hacía jueza natural en las controversias, inclusive maritales, que sus ex alumnos, aún en edad adulta confrontaban.  Durante tres generaciones fue conductora y guía, sin trazas de abuso o mínimo enriquecimiento ilegal.  Después, en sus últimos días: pequeñita, con huellas de infinito sufrimiento en su moreno rostro; a pesar de su delgadez extrema y de los estragos de la terapia intensiva, conservó gran parte de sus facultades mentales.

Mi padre, sencillo “hombre de a caballo”, humilde amigo de sus amigos, siempre gallardo y con la frase picante a flor de labio, también sucumbió a los estragos de sus noventa y nueve años.  Fue un anciano noble, intelectualmente completo, pero físicamente incapaz de valerse por  sí mismo en los últimos días.

Los sueños me permiten recrearlos, al margen de las miserias humanas.  Los veo, silenciosos, jóvenes, plenos de amor, deambulando por los espacios compartidos, allá en la casa familiar.

La angustia no se ha ido, la terrible orfandad del hijo único se hace presente en cada momento y sin embargo, recuerdo lo que un amigo sabio me preguntó: “Si Dios te concediera la gracia de revivir a tus padres en las mismas condiciones en que se fueron ¿lo harías?”  Sin mucho pensarlo, la respuesta fue ¡No!  Vivieron su tiempo, agotaron sus procesos vitales; sufrieron y finalmente descansan en paz.

En ese mismo escenario, otro queridísimo camarada, el Doctor Lorenzo Pérez Peña (Q.E.P.D.) gravemente enfermo me decía apenas ayer: “como médico, la vida me dio la oportunidad de contemplar muchas cosas; entre ellas el terrible egoísmo de los familiares que retienen por la fuerza a quienes ya deben morir.  Por medio de  terapia intensiva y otros recursos de la moderna tecnología, les transmiten vida artificial, sólo para que ellos (sus deudos) no sufran o incrementen sus sentimientos de culpa.  Yo creo que nadie tiene derecho a obligar a un ser humano a vivir en contra de su voluntad.  Un acto supremo de libertad sería decidir previamente la propia desconexión o, más aún decretar que no te conecten”.  Con esa congruencia vivió y murió mi querido vecino y admirable ser humano.

Hace mucho tiempo asistí a la obra teatral Mi Vida es mi Vida, en cuya trama, la protagonista entabló un juicio en contra del Gobierno de un país X, para que éste le permitiera quitar las mangueras de su falsa vitalidad.  Tras múltiples peripecias, obtuvo el triunfo en los tribunales y cayó el telón, cuando ella exhalaba su último suspiro.

Aunque en esta época se registran tímidas rupturas de los eternos tabúes jurídicos, éticos, religiosos, sociales…  como las diversas leyes de voluntad anticipada, queda mucho por legislarse.

El escritor y activista del movimiento estudiantil de mil novecientos sesenta y ocho, Luis González de Alba, eligió el dos de octubre (cuarenta y ocho años después de la simbólica fecha) para quitarse la vida.  Su suicidio fue programado, plenamente consciente.  Este caso, tal vez por tratarse de un personaje singular, no logró consenso en el repudio social.  ¿A cuántos detendrá el temor al más allá, para una determinación similar?  ¿De veras, mi vida es mi vida?

Vaya a manera de epílogo el siguiente

SONETO:

Morir por voluntad, ideal supremo,
Cuando ya nada queda en el tintero.
Cuando el verso postrero y el primero
Funden su identidad como ancla y remo.

Morir por voluntad, ideal blasfemo,
Inexistente grito lastimero,
Que sólo vivirá si yo me muero.
Amo a la Muerte pero, igual, le temo.

En el Alfa crucial de mi existencia
No fue mi voluntad un argumento;
Simplemente nací.  Sólo un momento
De biológica, simple intrascendencia.
El Omega me niega su presencia.
¿Soy el dueño de mi último momento?

*El presente artículo se escribió, en lo sustancial, una semana antes del sentido deceso del Maestro, Dr. Lorenzo Pérez Peña.

Octubre 2016.