
RETRATOS HABLADOS
Toda la tragedia humana dio principio cuando muchos, se les dice mayoría, decidieron ceder el poder que toda persona tiene de nacimiento, a otra, por considerar que su manejo resultaba una tarea que implicaba la carencia de todo escrúpulo, pero fundamentalmente de un sentido claro de lo que era bueno o malo. Aceptaron que tampoco debe existir sentimiento de ningún tipo para su utilización. De tal modo que dieron origen a una casta cuasi divina, que impulsó el encumbramiento de personajes como Alejandro Magno, Julio César, Napoleón, y otros especímenes, que en un principio trascendieron como “conquistadores”, “genios militares”, pero que, a la luz de estos tiempos, fueron simplemente ambiciosos sin medida, arquetipos del enfermo de poder.
Esa mayoría se hizo a un lado y delegó toda responsabilidad de lo que había hecho a las futuras generaciones, y así conservar sus manos limpias, porque otros serían los que tendrían que manchárselas, mientras sus conciencias estuvieran tranquilas.
Nuestros ancestros cometieron el grave error, de considerar una verdad absoluta que el poder se hizo para esa casta cuasi divina, a la que detestaban y consideraban indigna siquiera de sus miradas.
Se lavaron las manos, y dejaron que en ese lodazal donde siempre es la pelea por el poder, otros se mancharan, pero no ellos. Y esos otros, tarde o temprano, siempre logran su ansiada venganza contra quienes los despreciaban, y siempre terminaban asesinados, desterrados y olvidados, por las “buenas conciencias” que lo habían encumbrado para labrar fortunas sin mancharse las manos.
Hace falta recuperar la verdadera noción de lo poderosa que puede ser esa gran mayoría, si decide entender que el poder que entregaron a esos casi dioses, nunca fue a tiempo indefinido; que siempre era prestado, porque de otro modo la enfermedad se hace locura y contra esa solo la muerte, generalmente violenta, es la solución.
La tragedia humana que vivimos, tuvo su origen cuando se confundió la búsqueda de acuerdos para el funcionamiento de una sociedad, con la construcción de una casta que aprendió a confundir los términos, y dar por hecho que ellos encarnaban las ilusiones y deseos de toda una sociedad. Cuando simplemente dejaron de entender el acuerdo o contrato socia.
Mil gracias, hasta mañana.
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